Por el pueblo las cosas no transcurrían con menor tranquilidad. Hemos mencionado al cura, al jefe de correos, al dueño de los ramos generales, al profesor, al médico. Sin duda que había un intendente, un jefe de policía, muchos carniceros y varios panaderos, dos tenderos, un taxista, un negocio de periódicos que llegaban desde las ciudades y una pequeña oficina de teléfonos donde para hacer una llamada había que esperar horas, lo cual en aquellas épocas y lugares solía ser hasta gozoso, dado el ritmo de antaño ¡Qué hermoso y gigantesco ceibo había en la cooperativa telefónica: daba gusto sentarse a esperar!
Y entrada la ligera y vanidosa modernidad se tiene por atrasada aquella vida. Y de acuerdo a todo lo que no se podía hacer allí medido por lo que cada vez más se puede hacer y ver en las ciudades rectoras es cierto y evidente. Pero quien ha probado esta vida pensando la experimenta como incierta, la ve sin dirección hacia el bien, tal cual lo concibió Platón en una Atenas que se había desbordado. El hombre sino se vuelve lobo para el hombre por lo menos se deshumaniza crecientemente. Se abren avenidas y se van llenando de automóviles y los barrios van perdiendo su ethos en un proceso inexorable, por no mencionar los problemas sociales que se van acumulando con el crecimiento de la población.
Nuestro pueblo si bien parecía dormido, alguna vez sería despertado del sueño. Pero para entonces nuestros personajes habrían bebido toda la paz que puede caber en este mundo, dada por quien nos dejó la paz. Es verdad que las condiciones del pecado original que cerró el paraíso deslucen y corroen sin cesar este don y cierran el entendimiento de las gentes. Pero siempre Dios se reserva personas que no doblan sus rodillas ante los baales y más en la zona de influencia de algún santo intercesor: aquí había sido el cura Brochero que llevara paisanos a hacer los Ejercicios de San Ignacio contra toda esperanza. Solían partir contingentes de estas sierras hasta su parroquia. Y esto valía mucho en medio del poco acoso de la gran sociedad sobre las mentes campesinas.
No era el caso de nuestro profesor ni de nuestro médico que junto con el cura, formados ellos como estaban, intentaban con algún éxito, dada sus respectivas funciones sociales, levantar la mirada de los hombres de buena voluntad. En el mundo toda labor educativa se queda corta. He aquí porqué Platón escribió sus diálogos y especialmente la República. Mas ahora había algo más que Juan el bautista, a quien sin embargo estaba consagrada la parroquia. La vida en el misterio antes escondido y ya revelado, la sabiduría en el misterio se mostraba en esta parroquia por nuestro cura y pronto tendría el apoyo de la oración de una congregación de monjas contemplativas que se asentarían en las alturas del pueblo en las sierras, tesoro de belleza y soledad fecunda. En este caso se completa el lugar con lo que por tantos sitios del mundo se ha desparramado, el monasterio, como puede verse atravesando Europa y aún América.
Esta sustancia espiritual fue originando la convivencia humana en forma precisamente más y más humana, ya que en la vida espiritual el hombre se diferencia de su naturidad desordenada. Pero la mundanidad le hace más resistencia hasta que verdaderamente se vuelve autónoma y orgullosa.
Nuestro pueblo en su atraso viene a recibir tarde lo que en Europa fue causa de su existencia y allí han venido nuestros personajes a fecundarlo por más que la ola de la rebelión de la cultura no tiene oposición posible y es también un misterio: quizás el de la iniquidad que está operante.
A nuestros personajes como a una cantidad no fácil de contar de personas en general nadie les quita lo recibido ya que al escuchar la flauta han danzado. Y las sierras, los arroyos que desde ella se despeñan, los campos, los árboles ostentan su sacralidad bajo el cielo aquí y en cada rincón de la tierra. ¡Y a fe que la creación alaba a su creador cada día!
Y entrada la ligera y vanidosa modernidad se tiene por atrasada aquella vida. Y de acuerdo a todo lo que no se podía hacer allí medido por lo que cada vez más se puede hacer y ver en las ciudades rectoras es cierto y evidente. Pero quien ha probado esta vida pensando la experimenta como incierta, la ve sin dirección hacia el bien, tal cual lo concibió Platón en una Atenas que se había desbordado. El hombre sino se vuelve lobo para el hombre por lo menos se deshumaniza crecientemente. Se abren avenidas y se van llenando de automóviles y los barrios van perdiendo su ethos en un proceso inexorable, por no mencionar los problemas sociales que se van acumulando con el crecimiento de la población.
Nuestro pueblo si bien parecía dormido, alguna vez sería despertado del sueño. Pero para entonces nuestros personajes habrían bebido toda la paz que puede caber en este mundo, dada por quien nos dejó la paz. Es verdad que las condiciones del pecado original que cerró el paraíso deslucen y corroen sin cesar este don y cierran el entendimiento de las gentes. Pero siempre Dios se reserva personas que no doblan sus rodillas ante los baales y más en la zona de influencia de algún santo intercesor: aquí había sido el cura Brochero que llevara paisanos a hacer los Ejercicios de San Ignacio contra toda esperanza. Solían partir contingentes de estas sierras hasta su parroquia. Y esto valía mucho en medio del poco acoso de la gran sociedad sobre las mentes campesinas.
No era el caso de nuestro profesor ni de nuestro médico que junto con el cura, formados ellos como estaban, intentaban con algún éxito, dada sus respectivas funciones sociales, levantar la mirada de los hombres de buena voluntad. En el mundo toda labor educativa se queda corta. He aquí porqué Platón escribió sus diálogos y especialmente la República. Mas ahora había algo más que Juan el bautista, a quien sin embargo estaba consagrada la parroquia. La vida en el misterio antes escondido y ya revelado, la sabiduría en el misterio se mostraba en esta parroquia por nuestro cura y pronto tendría el apoyo de la oración de una congregación de monjas contemplativas que se asentarían en las alturas del pueblo en las sierras, tesoro de belleza y soledad fecunda. En este caso se completa el lugar con lo que por tantos sitios del mundo se ha desparramado, el monasterio, como puede verse atravesando Europa y aún América.
Esta sustancia espiritual fue originando la convivencia humana en forma precisamente más y más humana, ya que en la vida espiritual el hombre se diferencia de su naturidad desordenada. Pero la mundanidad le hace más resistencia hasta que verdaderamente se vuelve autónoma y orgullosa.
Nuestro pueblo en su atraso viene a recibir tarde lo que en Europa fue causa de su existencia y allí han venido nuestros personajes a fecundarlo por más que la ola de la rebelión de la cultura no tiene oposición posible y es también un misterio: quizás el de la iniquidad que está operante.
A nuestros personajes como a una cantidad no fácil de contar de personas en general nadie les quita lo recibido ya que al escuchar la flauta han danzado. Y las sierras, los arroyos que desde ella se despeñan, los campos, los árboles ostentan su sacralidad bajo el cielo aquí y en cada rincón de la tierra. ¡Y a fe que la creación alaba a su creador cada día!
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