lunes, 13 de mayo de 2013

EL MAL ES NADA

Y seguían llegando cada semana cartas del estudiante que estaba en la fecunda Germania de entonces ciertamente como en Atenas, pasando de la Academia al Liceo, lleno de Platón pasaba al joven Aristóteles. Su íntimo amigo Florencio era el beneficiado por tal regalo de Dios. Esta carta acababa de escribir mientra caían los copos de la nieve en el semestre de invierno mientras escucha el clave (obras de Galuppi) en un concierto de la radio local. No hay cosa más propia para la pureza del pensamiento. El aire transparente del saber lo envolvía y la música y la pintura acompañaban su juventud y era el correlato del otro hemisferio donde Flora y Florencia habían tenido tal conversación bajo la bóveda del cielo. Esto era lo sustancial de la carta:
"Los hálitos estivales impulsan vuestras vidas que nacen así en el misterio sacramental surgiendo como dos cisnes en un lago de esmeraldas. Poco tratado el sacramento del matrimonio hasta ese momento. El poder de la gracia en todo sacramento santifica dentro de la dimensión del ser, a la cual se accede por el simple "sí" de la fe. Porque si nos vamos a la inmediatez de los entes corroboraremos que nada hay que provenga de la gracia y que interrumpa el curso de los impulsos. Parece haber un abismo con respecto a las puras ideas que son vistas como heladas y bien puestas en sepulcros transparentes. En realidad lo hay entre quienes creen en lo que han sabido y quienes descreyendo se someten a la inmediatez experimentada. Esto separa unos de otros que pueden optar como la María a la cual alabó Jesús. Es la función de los abismos: separar como lo supo Hesíodo.
Si habéis elegido la "optima pars" lo ha sido según el juicio de quien subrayó un clara prohibición: la del divorcio, sin duda para proteger con su dictamen lo más sagrado: la unión originaria del hombre y de la mujer. Y hay que verlo como una tierna condición con jóvenes como vosotros a quienes Él mismo ha unido en el noviazgo. Esto no es una moral abstracta sino la de los hechos, basada en el hecho verdadero: Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros en el seno de un hogar.
Los que quedan del otro lado de tal sacralidad tienen y tendrán su campo propio y su propio infinito: siempre podrán agregar un novedad que los motive a una creciente liberación.
No es el caso nuestro en donde el señalado "aburrimiento" de lo mismo no nos tomará como a aquellos que nos contemplen desde afuera medidos por la realidad cambiante donde las monedas serán iguales en valor en el cosmos donde todo se cambia por fuego y el fuego por cada cosa, según vio Heraclito.
Sin ese fuego, la observación de la realidad histórico social será su Dios, el que sí se muda, no como el de Santa Teresa, el que se adapta al cambio y los dirige por la fuerza ciega de un destino vacío de otro contenido que no sea: ¡cuerpos  de todo el mundo demoled!
¡Oh sin embargo vuestra navegación en lo mismo es paradigmática! La veré, tendré el honor de asistir a ella, como ese movimiento quieto de las estrellas que es análogo al del espíritu que avanza al origen y se enriquece en la mismidad donde lo nuevo es íntimamente nuevo, no como en el caso de las cosas exteriores que se van haciendo otras y que solamente avanzan dejándose atrás en una enajenación sin retorno". Vale, Martinus vester. Cuando concluyó la carta ya estaba en curso la suite número tres de Juan Sebastian Bach. "No sino haceos miel y paparos han moscas" hubiera dicho Sancho Panza.
 En la ternura espiritual de este estudiante bienaventurado era miel sobre miel más que sobre hojuelas (ser joven y estudiar tales cosas con tales maestros es para repetir lo de don Celso: "punto menos que la gloria") pues recibir las suites de Bach con las nieve daba un anticipo de la bienaventuranza que ningún hecho de este mundo puede borrar.
Simplemente cuando vinieran con el decurso de la existencia harían pensar en aquello que la excepción confirma la regla. San Agustín lo estampó en su oración preliminar a los Soliloquios: A LOS QUE SE REFUGIAN EN TI LES MUESTRAS QUE EL MAL ES NADA.

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