viernes, 10 de mayo de 2013

HÁGASE TU VOLUNTAD

En realidad el cura al dirigir a sus hijos espirituales los seguía porque lo que ellos hacían era nuevo y aquello con lo cual él los guiaba era ya, aunque perfecto, algo "sido", un pretérito perfecto. Me refiero al dogma. Era por lo tanto un toma y daca, un dar y recibir que el novelista consigna e interpreta como dado por la Providencia de Dios, verdadero compositor en el ser de las cosas, determinando cómo son y deben ser.
Así estuvo aquel día estival y se retiró con el taxi del irlandés, vecino suyo, que lo vino a buscar.
 Florencio y Flora se quedaron plenos de teología y él de hogar. Ellos tenían mucho todavía que hacer en el riego de arbolitos y huerta aunque en ella se turnaban con la familia la cual conducía los terneros lecheros a su residencia. Por la mañana ordeñaban en primer término y luego daban de comer a los animales de la granja. Esto significa aquí tanto como tomar un colectivo para ir al trabajo. "El abad de lo que canta yanta".
Todo ese día se sumergió en la noche donde el hogar se concentra en sí mismo y el ir se transforma en volver. El péndulo de la existencia es universal. Pero en este espacio no había distracción. Flora había tocado el armonio para Mateo que se deleitaba con las composiciones para "chiesa" de sus partituras y ahora rezaba sus oraciones con su esposo bajo el cielo nocturno ¿Por qué? ¿No habían estado ya con un sacerdote? La elevación de la mente a Dios era una costumbre adquirida tan necesaria como la comida para el cuerpo.
Hay que ver bien esta debatida cuestión. Nuestro ser está en el ser, que nos convoca personalmente a participar de lo que ya tenemos con medida y se nos da sin medida: el Espíritu, que gime sonidos inenarrables. Los hombres tienen su ejercicio musical sin cesar en las ciudades siguiendo una necesidad de manifestación imperativa ¿cómo no hacer ellos  un espacio para la Persona que nos da la santidad, es decir la eternidad? Lo que hace la diferencia entre unos y otros establece sus derechos. Pero los frutos no son los mismos: unos beben agua que da más sed y los otros saltan con ella a la vida eterna.
Es así que ellos hacían del cielo su decorado ¡Y a fe que era inmenso esa noche despejada de enero! Palpitaban sus corazones al compás de esas estrellas que parecían diamantes que se ofrecían a la mano tras la apertura de la cubierta del tesoro. La riqueza de los siglos se les ofrecía  en aquel cielo de un brillo abrumador mas ellos pensaban en sus padres lejanos y en el Padre de todos.
El campo manaba paz entre profundos aromas que desde los montes los envolvían. Algún relincho ponía la nota aguda entre los espaciados mugidos de las vacas cercanas. La lechuza se interponía en estas manifestaciones necesarias y los esposos graduaban esto según la urgencia del día venidero. Eran momentos para ser alargados todo lo posible, todo lo que el sueño les dejara porque el campo los envolvía en su primer verano bajo el cerco de las sierras que invitaban a la meditación divina, ya que la montaña siempre ha sido el seno de resonancias del espíritu, en todo tiempo.
Ellos claro está no eran ermitaños y místicos sino esposos que en prescindencia de la gran ciudad orgullosa de sí misma y su dinámica se habían aventurado en una empresa vieja y nueva como el tesoro del reino de los cielos: entrar en la unión de cuerpo y alma entre sus personas que podían acercarse más y más porque así respondían a un llamado, que románticamente llaman "amor" y teológicamente misterio sacramental.
Florencio pensaba: ¿cómo no querer estar con una joven tan tierna de cuerpo y alma como Flora?
Flora a su vez consideraba: ¿cómo no reposar en la fuerza inteligente de un joven que me ama y llegué a conocer en una escuela de agricultura y que ahora pretende vivir en el campo que se le ha ofrecido por mi tío?
Ambos pensaban: a mis solas quiero estar más y más con quien me enamora por su persona que se muestra en su unicidad destinada para mí. Ambos no podían creer que les había llegado el momento de emprender tan delicado camino de avanzar uno hacia el otro con exclusividad, para toda la vida.
Veían, sentían que eran unidos y que su voluntad se plegaba a la voluntad de quien la hace en el cielo. Por ahora no había obstáculos y sus voluntades se fundían obedientes a la que hace su voluntad en el Bien que es..
Ellos ya habían dicho: hágase en nosotros tu voluntad. Y eran felices en ese despejo por quererlo.

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