martes, 29 de mayo de 2012
El lunes venía de la infinita noche de lejanía y se tocaba con lo más cercano: recorrer los senderos y vigilar la represa, punto posicional de contemplación y al mismo tiempo de control de los felices animales. El lunes post dominicam era para el domingo y éste significaba el único y mismo día, donde el tiempo vuelve y adónde el tiempo mismo vuelve.
Hay un día eterno que se comienza y ¿qué mejor para ellos a su llegada que plantar árboles? Después de almorzar tras una inmersión en el azul de la mañana transitando senderos entre algarrobos y jarillas venían Bernardo y Rosendo a enseñarles el sistema de riego por acequias que debían hacerse cuidadosamente sobre la tierra. Es así que fueron viendo dónde querían colocar sus arbolitos y diseñaron el entramado desde la fuente que las alimentaba que era el tanque australiano. Rosendo con una pala filosa fue tallando una acequia por donde el agua corría lentamente si el terreno iba hacia abajo y aún podía subir un poco si iba hacia arriba. Mientras Bernardo mostraba cómo se hacían las tazas donde viviría el árbol.
La emoción de Flora era tan intensa como si escuchara una sonata para clave. La luz, el cielo que caía sobre ellos aquella tarde, la ilusión de plantar árboles por propia mano: todo ello la embargaba en su tierna juventud. Operaba aquello mil veces repetido como algo sagrado: Varón y mujer poseyendo el hogar en el acorde íntimo de un mismo pensamiento…
Próximamente se comprarían los árboles en un vivero provincial y debía estar todo preparado. También debía aprovecharse la oportunidad para el huerto detrás de la huerta sobre la loma donde irían los frutales que proveerían de fruta a la cooperativa. ¿Era todo esto demasiado bello para ser verdadero?
Plantar árboles de sombra, plantar frutales, regarlos, obtener el “fruto cierto” es sin embargo lo más antiguo y simple que existe. En su formación literaria allí estaban Horacio con su Beatus Ille y Fray Luis de León con la Oda a la Vida Retirada que los habían tocado de jovencitos. Ahora debían leer los Nombres de Cristo. Nada más asequible, pero en la posesión del tiempo sin urgencias de un futuro impuesto desde fuera. Aquí el tiempo fluía como la acequia, cantando y esparciendo diamantes bajo el eter. Nada más primordial que el agua, como lo supieron Píndaro y Homero, nada mas aprovechable que aquellos hombres de buena voluntad que a pesar de haber pasado milenios siguen regando a las personas que han sido admitidas en el sosiego simple del camino del campo.
Las personas resuenan cabe sí como los árboles son agitados cada tarde por el viento que desciende de la sierra:
Sopla viento de la sierra
ya que siempre te he amado…
Esto escribirá muchos años después Florencio para quien Homero, Sófocles, Dante, Shakespeare, Cervantes y semejantes celebridades son personas libres del embotamiento que produce la circunstancia propia y reciben espíritu de la Providencia de quien conduce todo a su fin. Él sentía, tras largas conversaciones con su amigo, el filósofo vasco, que rompían tales escritores (para no mencionar a los filósofos y demás artistas) esa fatal continuidad de la inmanencia de una historia de la cultura donde todos las vacas son pardas. Por lo menos para él serán objeto de correspondencia permanente como si estuvieran junto a ellos con sus versos, siempre presentes cada vez que se los llama e iluminando desde adentro en la memoria cada vez más rica, habiéndose ellos procurado una “apacible soledad” donde cupieran estas voces fundamentales. Habían traducido a Cicerón de jóvenes y eso valía por toda la historia de los hechos de los romanos. Habían escuchado a Antígona y a Electra y esto valía por las idas y venidas de los griegos. Habían escuchado a Romeo y Julieta y esto valía por sobre la organización del commonwealth.
Y había un espacio donde resonaba más y más lo que desde mucho ha se ha llamado “persona”. Allí, claustrados por nuestras impalpables sierras hechas del material de los sueños.
Nada de extraño. Compartían con el caballo su querencia, la cual está tan arraigada en él que sufre todo alejamiento temporario de sus árboles, sus aromas, su aguada con ansias vivas de volver. Comprendían la exhortación incesante de la sociedad por incluir e incorporar pero no es su imperio creciente más que una amenaza para la catequesis de la persona: en algún momento escuchamos la querencia, su paráklesis, su aliento, su acercamiento. Y entonces comprendemos el día domingo, el día del Señor a quien pertenecemos y cómo lo demás es humildad en el servicio, es decir el silencio altísimo de “María”.
Precisamente lejos de la ira y la concupiscencia acontece en los campos un llamado en la cercanía significado por el vuelo de un ave, sepultado por lo que los hombres que se fueron del paraíso creen imprescindible y más y más los envuelve en la evolución.
Aquí y ahora, delante de un barbecho bajo la intensa luz dorada de la tarde, antes que el sujeto y el objeto, está lo que acontece en la cercanía, hoy y aquí. Y presto se halla a quien acompaña y da la suavidad del pensar y enseña todas las cosas: quien permanece y da la permanencia.
Ese algo muy suave, muy dulce, que abraza y va haciendo la querencia es lo que Flora y Florencio sentían cuando hacían las tazas de los arbolitos que iban a plantar. No era la comuna quien plantaba en una calle de todos sino ellos mismos volviendo así a lo originario, como los caballos que resoplaban con hondo gozo en los senderos de los montes.
Es algo muy simple el camino del campo y si hay disposición despejada habla a la inteligencia lo que ha hablado ya en las sabidurías mencionadas (para ellos valían lo que para don Quijote los libros de caballería) que conformaban la experiencia educativa de estos y de tantos otros jóvenes. Mas ¿cómo invocar a aquel en quien no han creído y cómo creer si no hemos sido predicados? decía Agustín “que te busque invocándote y te invoque creyendo en ti pues me has sido ya predicado”.
Narramos pues en esta historia sólo lo que se mueve en el mismo sitio porque no quiere ser llevado sino por quien llama en la cercanía. Las cosas que hagan Flora y Florencio le pertenecerán a este habitar y querrán principalmente lo que los trajo aquí. El ser nada quiere sino a las personas que lo poseen: el Verbo las llama y el Espíritu las unifica en lo que se ha llamado amor y que es muy otro que el usual.
No hay otro secreto ni hay que esperar a otro. El Padre habla por el Hijo de su amor y expresa precisamente al Espíritu Santo, quien nos acerca como lo más próximo de lo próximo.
No deberá luego parecer raro sabiendo como sabemos, con perfecta claridad por lo menos desde que San Agustín escribiera el De Trinitate, que las Personas Divinas desde su comunión nos llaman a participar de ella y que por lo tanto nuestros héroes no han de aburrirse en su pequeña comunión en viaje hacia un don tan prodigioso, expedito en la plenitud de los tiempos para todo aquel que quiera recibirlo.
Las palabras de San Pablo: "en la santificación está vuestro fruto mas vuestro fin es la vida eterna", no pueden ser tan ajenas a dos personas que tuvieran abierto el sentido interno para escucharlas y que estaban arraigándose en ese campo entre dos olas perpetuas de un azul vivo en matices cambiantes y bajo la fuga monumental del cielo nocturno.
Su vida fue insertada en es música monumental de lo cercano y lo lejano. Muy otra cosa pensaron y pensarán quienes los consideraron y consideren enterrados en vida. Como decía el autor del Principito de los hombres grandes diremos nosotros de los hombres de ciudades: no ven elefantes dentro de las boas y ven cultura y reuniones y gloria unos para los otros. Ya lo hemos dicho: suum quique, cada uno a su propia cosa.
Trazado el diseño del riego y señalados los sitios donde debían arraigarse los arbolitos se retiraron a sus casas los integrantes de la pequeña cooperativa y mientras Flora ayudaba a los niños a traer las lecheras con sus terneros el cielo empalidecía y se sonrosaba, la sierra grande era una llama de amor viva, el sol se marchaba acariciante, la tierra sólo habitada por vacas pampas, dorada y seca, los quebrachos, chañares, talas, algarrobos, tuscas, espinillos, breas, piquillines, conteniendo tropillas de caballos y cincuenta especies de aves.
Todo esto para sus sentidos y admiración interna, para ellos, aceptados como custodios de tal tesoro.
Muy simple y muy real. Esto acontecía para ellos, que después de emplear algún tiempo en estar con los niños de Bernardo y Amelia en la cocina los despidieron con caramelos y se recogieron en lo más íntimo de lo íntimo, en lo más simple de lo simple: su propio hogar.
Si os pareciera que defendemos la decisión de nuestros personajes digo en nombre de ellos que así como Cervantes se excusa en la primera parte de don Quijote de sus locuras ante los lectores me admiro yo de Flora y de Florencio y los envidio porque ahora ya leen la lectura del lunes con toda la Iglesia, ya desean recibir el pan de vida, ya se preparan para la cena “que recrea y enamora”, ya se introducirán en la plenitud temporal del lecho, que Ulises ha fijado sobre los brazos de un olivo y constituía la más firme de las convicciones de los esposos que juntos acababan de preparar el riego para sus árboles, entre los que se contaba el sagrado olivo de la diosa Atenea.
domingo, 27 de mayo de 2012
LA CERCANÍA DE LO LEJANO
/Ellos se introdujeron así en sus diversas ermitas. Tobías a pura oración, que es una potencia causativa, se sumergió en la suya sabedor que el "misterio de la iniquidad está operante" y el obsequio de la oración vocal, mental, la meditación, alabanza y contemplación constituye el camino estrecho de este comienzo donde no vemos el triunfo de la verdad que pregustamos.
/Florencio y Flora ingresaron en su templo hogareño de lo mismo concientes; porque el realismo del sacrificio de la Misa no les dejaría pensar otra cosa: la rememoración pone el vencimiento del mal a través de la cruz que brinda el hecho real de la máxima realidad actual que es la eucaristía. Allí, en el pan Dios está presente y operante y el hombre se compenetra de este trágico realismo inefable por el cual se alimenta de Dios y hombre crucificado. No es algo para reir ni glorificarse sino para llorar y ser consolado por la Persona del Espíritu del amor del Padre y del Hijo.
/Así desde el té con panecillos y manteca casera más algún dulcecito casero de la Bendición se fueron al espectáculo del Génesis (película recomendable para todo público). La noche los fue envolviendo con su inmensidad y lo cercano de la aldea se volvió lejanía cósmica.
/Los esposos sentados en su cama de su abrigada pieza escuchaban y veían a la luz de la lámpara de kerosene a Abraham que fue sacado fuera a mirar las estrellas: "ve si puedes contarlas...así será tu descendencia". Ellos sabían que eran unos de su descendencia, que el tiempo se espaciaba para la emergencia de cada uno de los hijos que iban viniendo como las palpitantes lucecitas que podían verse sobre su techo.
/Ellos se sentían en ese instante navegantes de ese infinito en la nave del matrimonio, aquella noche invernal, medidos por vía láctea de cuya escuadra formaban parte. Así el tiempo alcanzaba su densidad máxima; el campo quería ser una "mimesis" del cielo pero la cuña sonora de la lechucita, el ladrido de alguno de los perros alertado por no se sabe qué (quizá el sigiloso paso de algún puma en la espesura del monte), la tropilla transeunte de los caballos más próximos, el mugido de alguna vaca, daban un hálito de vida cercana;en aquellos días los hombres más obedientes a la noche poco anadaban por los caminos que eran de tierra o de ripio.
/Es entonces cuando en "la noche oscura" y "estando ya la casa sosegada" se produce "en secreto una dichosa ventura" cuando la noche "es guía más amable que el alborada", la noche que "junta Amado con amada, y amada ya en el amado transformada".
/Los esposos, recién llegados de aquellas ciudades importantes, se sentían absorvidos por la noche efectiva de aquel rinconcito del universo, que vivían según las resonancias de su poeta preferido:
"En la noche dichosa
en secreto, que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía
sino la que en el corazón ardía".
/Patrimonio de su pueblo eran los versos mas la noche la recibían en aquellas apartadas tierras delante de las sierras de su valle y ninguna otra cosa apetecían. Muy simple y pleno era el camino del campo.
sábado, 26 de mayo de 2012
SOBREMESA FRUCTUOSA
/Mateo dijo entonces en la sobremesa:
/ “El domingo es el día del Señor y solamente suyo. El hecho de que los judíos hayan murmurado porque Jesús curara en sábado no le quita ni una “i” al día del Señor, precedido por la ley y los profetas. He aquí que el mundo se fue yendo para otro lado y santificó otras fiestas, que concluyeron con hacerse imprescindibles y Dios sabe en que concluirán, sin Dios como objeto.
/Es cierto que el culto termina en formalismo cuando pierde Dios su implicancia en el espíritu, cuando deja de ser mi propio contenido. Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí, aseguraba San Pablo donde la Iglesia aparece, se concibe y se transforma en sacramento vivo, es decir en realidad operante.
/ El domingo es el día, el día séptimo de la creación que incluye el devenir de los seis días como resultado y es la eternidad bienaventurada. Por eso cada domingo recapitula litúrgicamente las misas semanales, lo cual a su vez es signo de la gran semana que confluye en la Pascua de Resurrección. Todo el año litúrgico con sus témporas constituye el tiempo sagrado que va de la Navidad a la Pascua, la cual abre el paso a la eternidad bienaventurada donde concluyen las condiciones actuales derivadas del pecado el cual continúa operante en el mundo de los hombres.
/La pascua proyecta en el tiempo Pascual las consecuencias del ingreso en el cielo del hombre Dios y produce la venida del Espíritu Santo, que implica la plenitud de Dios en la creación. Con la promesa cumplida y consumada el tiempo alcanza su plenitud y al revelarse la vida ad intra de Dios se nos hace partícipes de ella. Y así misa tras misa el tiempo litúrgico vuelve a su comienzo en la Navidad a través de lo que se llama tiempo ordinario y día tras día de la semana se vuelve al dulce domingo, signo de la pascua”.
/Así concluyó Mateo con su discurso pues siempre tenía llena su alma de lo que hacía y de ello hablaba habitualmente porque de la abundancia del corazón habla la boca.
/ “Dices bien Mateo” contestó Tobías, no es arbitraria la numeración de los días y su vuelta en la semana: suele explicarse todo por costumbre cultural, como si lo que hacen los hombres fuera meramente cosa propia”.
/ “El siete es un número que expresa plenitud: los dones son siete como las bienaventuranzas y los sacramentos. San Agustín les acopla las tres virtudes cardinales y las cuatro cardinales en el Sermón del Señor en el Monte. Y es un número sagrado porque el candelabro del tabernáculo tenía siete brazos de donde colgaban las siete lámparas. Era de oro puro y constaba de una base y un tallo vertical del cual derivaban tres brazos a cada lado, paralelos, sobre un mismo plano que formaban un semicírculo. El sacerdote con tenacillas de oro echaba los desechos de las lámparas en unos vasos de oro, mañana y tarde, según los preceptos que dio Moisés en el desierto”, agregó Mateo.
/ “Es así que el oro que hay en nuestros altares no procede de ostentación ni avaricia sino del Antiguo Testamento” dijo Florencio admirado. Y el mallorquín obsesionado con el tema usual del análisis moderno, la cultura, dijo: “Dios se dirigió a Abraham con una promesa, a Moisés con la ley y se definió a sí mismo con el YO SOY. Habla y no hay más que decir sino escuchar y atesorar su palabra sustancial. Y quien tenga oídos para oír que oiga”.
/Mientras tanto Flora con la cocinera del cura, con la cual había hecho buenas migas, vinieron trayendo el mate, la pava y las hierbas aromáticas nacidas en el suelo bendito de las sierras.
/ El momento era de plena intimidad y los integrantes se hallaban traspasados, más que por el agrado, por el gozo de la verdad que de la caridad procede: había un no sé qué en esa sala frente a las sierras que se sentía con agradecimiento. La fe como sustancia estaba debajo como fundamento y debe ser subrayada para comprender lo que iban experimentando desde su llegada los recién casados: un gozo que se explica por la disposición de recibir lo que Dios ha dado y regala a quien lo quiera ya
que por ello su reino se acercó en la plenitud de los tiempos. Dentro de esta “gracia divulgada” nuestros jóvenes sentían lo cotidiano como un paraíso, a la manera del hermano del staretz de los Hermanos Karamazov.
/Entonces la conversación giró en torno del médico y su peculiar posición, junto a la del extravagante profesor de literatura que habitaban en ese pueblo por aquel consejo del célebre autor anterior al siglo de oro español que escribió aquel libro liminar: “Menosprecio de corte y alabanza de aldea”: “Oh bendita tú aldea do la casa des más ancha, la gente más sincera, el aire más limpio, el sol más claro, el suelo más enjuto, la plaza más desembarazada, la república con menor rencilla”.
/El cura los mencionó porque eventualmente podían visitarlo ya que se sentían libres y con la confianza de hacerlo dentro de esa privacidad que habían elegido para sus vidas, que los volvía hombres celosos de su intimidad, la cual los ocupaba casi totalmente fuera de sus oficios de servicio. Pero la amistad es una necesidad perentoria aún para el solitario y para el misántropo que si se le da calor, nuevamente, sin sentirlo se va acercando porque está con su persona a flor de piel. Y persona exige personas. Eso había logrado el cura.
/Por cierto se cumplió la expectativa y sonando la puerta la cocinera vino con el médico del pueblo quien no carecía de gran curiosidad por conocer a los recién venidos, de quienes, por otra parte había de ser médico, para beneficio de ellos, ya que era un gran estudioso y diligente sanador. Fue presentado por el cura a los jóvenes e inmediatamente ellos quedaron prendados de su personalidad de científico y artesano. Y él los rodeó de preguntas acerca del mediterráneo y de sus experiencias en aquellas célebres ciudades. Después volviéndose a Tobías lo reconvino por su pereza para venir a consulta:
“Voy a tener que visitarlo yo”, dijo el médico
“Pues bien lo espero en mi ermita, pero para estar” le respondió , “yo vendré a su consultorio para lo otro”. Y quedaron concertados para la consulta. Hacía una década que lo atendía y el médico lo venía llevando muy bien.
/Reencendidas las vueltas del mate el cura le fue tocando todos sus asuntos preferidos para que los jóvenes lo conocieran y conocieran el pueblo cuyos habitantes eran más conocidos por el médico que por nadie: “Aquí los hogares son sencillos y podían vivir una vida desahogada por la carencia de gastos ya que cada uno tiene su horno de pan, su chacrita, muchos tienen telar, algunos hilan su lana serrana y todos aprovechan desde antaño la fruta producida por los frutales en clima privilegiado ¿Diversiones? Las pocas que pueden procurarse en lugares semejantes pero que tienen mucha cercanía y ocasiones de compartir cosechas y tareas. Como en todos lados está la peligrosa taberna que aquí es un almacén tipo pulpería. Pero no es algo constitutivo. Algunas carreras cuadreras, asados para el primero de mayo, locros en el veinticinco, casamientos y baile de carnaval. En cuanto al fútbol se puede decir que cada vez gana más adeptos en la juventud pero es algo por ahora extraño a su idiosincracia el así llamado “club”. Por estas zonas ha dejado una honda huella el ejemplo del cura Brochero en los paisanos que concurrían a los célebres retiros y una tradición gaucha se deja sentir. La tradición en general ha aportado hasta ahora gran estabilidad. Fíjense que según estudios de un historiador local en un período de setenta años hubo en las parroquias vecinas nada más que siete hijos naturales. No hay educación muy extendida pero tampoco hay lo que ésta trae consigo en la complejidad social: pérdida de las normas morales implícitas en la tradición y necesidad del pensamiento que las conciba que se llama filosofía. Es paradógico el progreso que aporta medios y no colabora a la adquisición de las virtudes que vuelven espiritual al hombre. Esto todavía está casi muerto al así llamado progreso pero eso solamente es cuestión de tiempo. Nosotros claro está traemos la ciencia y su aplicación pero hay algo “podrido en Dinamarca” que parece incontenible o imposible de conducir hacia el fin último de lo humano y que lo trasciende”. Con esto se presentó este hombre que había dejado la gran ciudad donde la ciencia rebosaba y se había incluido en el misterio de la mansedumbre de estas sierras para ser él mismo y hacer sus cosas.
/Entonces fue el momento para que Florencio le contara acerca de su cooperativa como medio educativo desde el trabajo y esto lo maravilló: no es para menos porque es el medio más concreto de educación y promoción humana, es una aplicación filosófica y si se quiere platónica. De ello hablo abundantemente el joven catalán que estaba feliz de poder realizar lo que amaba en el pensamiento puro. ¡Sí que el médico se entusiasmó con ese camino ya emprendido! Prometió colaborar en él de algún modo viendo en ello una solución a la aporía que había planteado poco ha.
/En esa atmósfera se regocijaba Mateo, se alegraba Tobías, se emocionaba Flora y el domingo iba cobrando una densidad inusitada. Repercutía otra vez aquello de la epístola de Santiago: Estote factores Verbi…
/La reunión sin embargo debía concluir porque el día de invierno era corto y los habitantes de la “Bendición” debían retornar a sus moradas antes de que las sombras avanzaran por los caminos. Ellos como sabemos, obedeciendo a la noche, tenían obligación con el hogar y su enjundía y ya ansiaban estar en su armonía, nunca debidamente descrita y enteramente experimentada. Es así que se despidieron con pena y emprendieron la marcha con alegría. Muy poco le faltaba al sol para sumergirse en la sierra chica y mientras se abrasaban las sierras grandes fronteras, que ahora tenían a la espalda, el Ford en suave sinfonía mecánica, cuidada por el especialista en motores del pueblo, hombre alto y taciturno, se deslizó camino abajo. Cuando dejando atrás tranqueras, molinos, mugidos y montecitos de algarrobos llegaron a abrir la tranquera principal de la Bendición vieron con agrado el humo de las casas como el de dos embarcaciones que en el puerto los aguardaban para la partida a navegar por el océano del ser mencionado por Dante.
miércoles, 16 de mayo de 2012
LOS RAVIOLES PERMANECEN
/ A media mañana partieron para la Misa. Tobías orgulloso con sus sobrinos y ya hijos espirituales, que son verdaderos en grado sumo. La herencia de la tierra en este caso se transfundía con la del espíritu en sentido paulino. La promesa se ha cumplido (si acaso no fuéramos precipitados por la profecía de Zarathustra en su contradicción con esto) y la novedad está en los torrentes de gracia que ya derramaba San Pablo en sus cartas a los cristianos junto con el gozo, la paz, la paráklesis, la parresía y la piedad. Ese estrecho camino paralelo a la modernidad siguen nuestros, quizá por ello extravagantes, personajes que con ser verdaderos no se puede pedir más a esta historia.
/ Así como don Quijote veía a la reposición de la orden de caballería como necesaria nuestros tres mediterráneos veían lo nuevo dado de nuevo en sus vidas, tan espontáneas como cualquier modernidad, cuando se remitían al camino del campo. Esto no podía alejarlos de la fiesta dominical de ningún modo, ni del sentido de lo sagrado que habían recibido no en acueductos sino en los propios manantiales, lo cual ahora sería providencialmente confirmado por la presencia del cura de Colonia en aquellos lugares.
/Éste precisamente terminó el oficio de la Misa aquella mañana, a la cual ellos asistieron con esa unción que se ha tenido siempre (por muchos o por pocos) por esa pieza maestra de la salud de los hombres pobres en lo que al espíritu respecta, a los que requieren con urgencia la ayuda como los mendigos en los caminos o en las calles, como le sucedía a la mujer hemorroísa quien pensó en tocarlo entre quienes lo oprimían, al leproso aquel del “si quieres puedes limpiarme, al ciego Bartimeo que gritaba junto al camino, a Zaqueo espectador sobre el sicomoro, a la viuda de Tiro que comía de las migajas de los perrillos, al centurión del “no soy digno de que entres en mi casa”, en fin: a aquellos que tuvieron fe como un grano de mostaza y trasladáronse los montes.
/Por ello no hay más explicación que esta: se posee esta unción por la Misa, se posee una obligación o bien se la pierde en la modernización de variadas maneras. Subrayamos en los protagonistas de la historia (del día eterno) esta condición delectante con respecto a lo que podría ser más tarde considerado como una antigualla. Pero ellos en todo serían así: la emoción por leer la Vida es Sueño o la Divina Comedia les impediría comprender el hecho fácilmente comprobable de que muchos no vibraran en sumo grado ante los tercetos de Dante para no mencionar a Homero o a Sófocles y considerarlos “antiguos”. En todo caso creían que los modernos tenían que validarse con obras semejantes y no con el mero consenso epocal.
/ Con esa condición mencionada, que quizás los hacía niños, ingresaron después de La Misa en la casa parroquial del amigo y del maestro. También eran de aquellos que luego de sus padres hubieron menester de maestros que se consideraran tales y así lo había percibido, desde la llegada de ellos, Mateo, quien gustoso de recibir a sus discípulos, les tenía preparado el almuerzo que fue una agradable sorpresa para los esposos aprendices de vida hogareña. La cocinera había hecho ravioles enteramente por mano propia, receta que le pasó por cierto a Flora, quien no ansiaba otra cosa sino hacer y hacer en su cocina los elementos materiales que hacen feliz a un hogar. El entusiasmo de los primeros tiempos y el gozo de esta labor la ocupaba toda entera en estos momentos iniciales y esto nadie ni nada puede borrarlo en el curso de la vida; y es un hecho conocido cómo se transmite en materia culinaria a la próxima generación. Unido a la salsa con hongos de los pinos serranos la experiencia fue liminar para los esposos. Se habló pues de los condimentos que se producían por estos lados y de las naranjas de invierno y del vino local consumido ese día con el sello del valle: un vino de mesa que parecía un elixir cuando se le agregaba jugo de naranja.
/Todo resultó amable hasta que a los postres (flan casero) Mateo se inspiró en el siguiente discurso que se oirá, en el siguiente capítulo que como decía Cervantes de los de don Quijote bien se podría excusar.
miércoles, 9 de mayo de 2012
SANTIAGO APÓSTOL: SED AUTORES DEL VERBO
/ En el día, de claro en claro, se hacían las tareas necesarias a la manutención de los hombres que comerán el pan con el sudor de su frente al salir fuera del paraíso y de aquel estado contemplativo puro.
/En la noche, de turbio en turbio, se leía lo que hombres ya dentro del mundo han contemplado por las rendijas que aquél deja o directamente por el mismo claro que se abre por ventura ante los ojos que quisieron ver como aquel ciego de nacimiento, que expresó su necesidad al ser preguntado: “¿qué quieres que te haga?”; “que vea” contestó. “Pues ve” dijo Él. ¡Y tuvo la primacía de verlo!
/La rutina del día, con todo, era una ruta hacia lo que desde siempre y para siempre ha de ser procurado: el alimento perfecto que sale de la tierra. La de la noche era ruta por las narraciones evangélicas y en la necesidad de la vida eterna: el alimento del pan y la palabra de vida.
/ Así las vacas lecheras, el ordeñe, el ensayo primero del dulce de leche, la gordura para la mantequera, cuya manteca se convierte en “la mejor del mundo”, la colección de los huevos, la preparación de algún pollo (¡ay!) para engorde, el trabajo dentro de la casa para adecuarla a las necesidades (armarios, alacenas etc), la decoración de las cosas del habitar, la preparación de los lugares para flores alrededor de la casita; la vigilancia de la hacienda en general en el campo y en las aguadas, el estado de los terneros (si maman o no bien), la traída de la yegua con su cría, el manear el molino si arreciaba el viento: todo esto llenaba el día.
/ No era menor la actividad nocturna que abarcaba desde la puesta del sol hasta la medianoche. La oración de vísperas y completas; la lectura de la liturgia del día y la jornada de la “Vida es Sueño” frente a la chimenea; la lectura entera del Génesis paso a paso; el diálogo final en el lecho nupcial; entendido por diálogo lo que corresponda al cuerpo y al alma en su jerarquía e índole.
/ A mitad de semana, cada quince días se apersonaba el director espiritual, salvo ocupación de urgencia, e utilizaban el privilegio de la confesión con un sacerdote que a ello se había consagrado: a llevar la salvación a los hijitos del Padre, así como hacen los buenos padres en lo inmediato con sus hijos. Nada para extrañarse. Fue dado al mundo.
/ Y el sábado era el día cooperativo: vinieron tempranito y Florencio propuso como moción:
“Hoy debemos terminar ese cerco y habría que iniciar la esparraguera. Por eso propongo que los varones alambradores vayan a lo suyo y se esmeraren para concluir y las mujeres conmigo preparemos la tierra en el extremo sur ya alambrado”.
/ Todos aprobaron y después de unas rondas de mate se pusieron en filas cada uno con sus propias herramientas, Flora inclusive, con gran expectativa y entusiasmo.
/ La tierra era dada vuelta por Florencio y Zunilda y los demás, con los niños que lo tomaron como un juego, trabajan con azadones y rastrillos. El mediodía los tomó oliendo el asado que preparaba ¡Tobías! Quien los aguardaba como el rey o el amo de las vivas figuras del escudo de Aquiles a los trabajadores y aradores.
/No mucha comida porque había que seguir ya que el día es corto en invierno y si tenían tiempo prepararían las almácigas para la lechuga de invierno y la acelga que iban por los laterales. Los varones a todo vapor ya llevaban la mitad del trabajo y llegarían sin duda porque se trataba de un alambre ligero que no exigía lo del alambre de los cuadros. Bernardo, Rosendo y Silvano, experto poceador, bastaban y sobraba para terminarlo ¡Había que ver como hacía un pozo circular sin hacer mucha fuerza y, bueno, con el hacha cómo cortaba los postes mejor que una máquina! Entre chanzas avanzaban aunque eran muy serios los tres y la chanza era más bien la ironía con la cual expresaban sus pensamientos de cuando en cuando. Sus almas eran hechura del sosiego de estos campos, de la dignidad de los caballos que montaban y criaban, del buen ejemplo que les había dado Tobías y sobre todo del azul penetrante de las eternas sierras que resplandecen sin escatimar coloridos matices y formas. Y de noche la vía láctea, cuando no hay luna que avance con sus ensoñaciones por las ramas de los talas y algarrobos y por los alambrados. Las disonancias en sus vidas consistían en lo que a música hace, en los mugidos de los vacunos, la protesta de los toros, el cacareo de los gallos, la amenaza de las catas sobre el maizal, la monotonía del crespín, del carpintero…
/Porque en lo que hace a las guitarras las había, por herencia española, buenas y acompañadas por algún virtuoso bandoneón a piano, eran en algún casamiento un “regalo el oílle y el escuchalle”. Y cuando algún gaucho solitario con guitarra pasaba por los lugares podemos imaginar que esto era para estas gentes como un concertista en el mejor de los teatros del mundo donde entre galerías y paraísos atestadas de adictos las gentes se apiñaban (“si es tan chico este corral porque meten tanta oveja” decía Anastasio el pollo). En cambio aquí en la pobreza, debajo de algún algarrobo abuelo, al aire encendido por los rayos del sol poniente, acaso se arrimaran algunos paisanos del lugar. La música no era algo diario ni semanal ni aún mensual. Por eso se valoraba la ocasión.
/Por fin llegó entonces el sol a hundirse en las sierras chicas y terminaron con gran esperanza el día de la cooperativa. Todo quedó consignado en libro de actas, el cual quedaría para ejemplo de las generaciones que podrían ver cómo el hablar de los hombres puede llegar a ser obra: ESTOTE FACTORES VERBI ET NON AUDITORES TANTUM.
/ Alegría sobre alegría en la serenidad, los esposos se redujeron a su hogar donde les esperaba el pucherito que Flora había puesto en un recreo en la cocina a fuego lento. Toda la rutina del camino fue cumplida, de un camino despejado de vicios que se adquieren cuando no se trabaja el alma como se hace con la huerta: dando vuelta la tierra, desmenuzando cascotes, rastrillando hasta hacerlos polvo, abonarla, regarla finamente. Entonces, sí, da un aroma bendito y puede recibir la semilla para dar noventa, sesenta o treinta de fruto.
/ Y al otro día el gozo de la misa porque sería domingo, el día del Señor.
domingo, 6 de mayo de 2012
LO MAS PRÓXMO DE LO PRÓXIMO
La ciudad con la dinámica del progreso del siglo que por él se justifica seguirá su curso y quizá pudiéramos trazar la paralela del progreso “espiritual” en abstracta consonancia cuando esta palabra ha perdido connotación y significa moral en general en el siglo cuyo profeta sacudió, quizás por ello, su yugo.
Nuestros personajes le habían dado la espalda, no a la bella ciudad sino a su evolución, no viendo en la cada vez más intensa luz artificial de las calles que tapa el cielo y lisonjea la noche ni el cemento que cubre la tierra y ahoga los árboles un hecho auspicioso unido al proceso de cambio hacia la masificación y la mera utilidad que se veía en las actividades nobles como el deporte y el hecho artístico. Los grandes estadios venían a ser las nuevas catedrales de una fiesta sin altar (ni alabanza de la gloria de Dios que agració al hombre) que ya había conocido Roma.
En cuanto a la Atenas de la democracia habían estudiado el capítulo sexto de la Politeia y confirmado este sentimiento adverso a la indiferenciada multitud sin rostro cuando Platón muestra como los ruidos y las aclamaciones de la asamblea y la valoración de los agraciados para gobernar difícilmente podían conservar el proceso de la formación o paideia del individuo singular que consistía en hacerlo apto para la de la idea de lo bello que significa posesión de la forma y el secreto de la medida o proporción, de la cual surgía la idea de lo justo. El filósofo verdadero era pues arrojado afuera de esta atmósfera festiva multitudinaria como algo extemporáneo, una especie de inútil mira cielos en la nave del estado. Y no podría surgir en esta ciudad liberada de la medida invisible del bien un alma filosófica sino por un don divino que la preservara.
En cuanto a la formación del individuo que despierta a la autoconciencia de la libertad del espíritu el ayo en el Emilio lo sustrae de las ciudades de 1750 dramatizando de forma análoga el peligro que corre el joven con la célebre expresión: la sociedad corrompe lo que la naturaleza deja ser para confluir en lo humano del hombre.
La ulterior evolución de las ciudades se basa precisamente en lo contrario: todo lo real es social y sólo lo social es real. Se multiplican las cosas útiles al hombre hasta rápidamente alcanzar en todo la superfluidad La desnaturalización del deporte es lo que nuestros jóvenes tenían más a la mano y la cautividad mencionada de la belleza de la naturaleza bajo la destrucción progresiva de las casas con jardín en pro de grandes habitáculos cada vez más utilitarios. La utilidad como hemos visto no la sentían orientada a lo que habían descubierto: el Bien. Y el causante de esta actitud extemporánea sin duda había sido el filósofo del Fedro, del Symposio, del Fedón y de la República, diálogos que ennoblecen y entusiasman a las naturalezas sensibles a lo bueno y a lo bello que el descubrirlo lo toman como medida de sus sentimientos lo cual inaugura en ellos lo que se llama “in-teligencia” sabiendo un poquito de latín (ellos lo empezaron a los trece años): Intus-legere.
La circunstancias fueron favorables para su partida pero su elección sin embargo la comprendieron por haber sido elegidos a esa nada, que por ello, eligieron: contemplar todo el día el cuadro de las vacas con terneros, la yegua con su potrillito y sobre todo estas sierras, lo más antiguo de lo antiguo donde sin ningún ruido más que el antiguo y natural sonido concertado de los campos poblados de sus nobles habitantes, los árboles, comenzaron a ver que el tiempo no se iba inexorablemente, como en las ciudades, medido por las últimas noticias, sino que retornaba con las horas acariciantes sobre el ser que los amparaba en el sosiego pleno en matices, entre los cuales la intimidad les era muy cara. Habían descubierto, como todo verdadero noviazgo, la intimidad e instintivamente buscaron resguardarla, como una suerte de instinto de conservación, porque les decían algunos: “¿tan jóvenes os vais a enterrar en el campo?” Y ellos contestaban: “¿irse solo con una joven tan hermosa o con un joven tan apuesto estando enamorados os parece locura?”. Y nosotros adivinamos que buscaban algo absoluto.
Puesto que más había en el aldehuela que se suena: venían del hogar donde nacieron y crecieron, a la estancia, a permanecer en lo que sentían como verdad. Y fueron adquiriendo un sentido para lo más próximo de todo lo próximo como pensaba aquel pensador, por aquellos días, junto y en la montaña europea.
Sus montañas, ahora lo eran, hechas brasa, por donde ese día salía la luna llena, enorme, por la cima justamente cuando se ponía el sol y el monte se oscurecía, mientras lejanos mugidos indicaban el recogimiento, respondían en el sentido de esa accesible proximidad de lo que” llama en la cercanía con el vuelo de un ave” cuando, cada atardecer, corta ese cielo de añil y da de pensar: ¡qué recogimiento callado e intenso tienen esos bosquecillos y los campos cerrados por ellos! ¿No será que ya está aquí el reino de la cercanía del ser que nos está cerca y es ya accesible, como nos dice el comienzo de toda predicación de la buena nueva?
Ellos instintivamente obedecieron este llamado y luego lo fueron conociendo con aquella inteligencia formada en lo bello y lo bueno.
jueves, 3 de mayo de 2012
Flora y Florencio hicieron estudios terciarios ( en música y ciencias agrarias) en una institución donde todavía se creía que las disciplinas formativas fundamentales:la Filosofía y la Teología,a imagen de los seminarios. De este modo mientras algunos de sus amigos iban a la Universidad ellos quedaron en sus escuelas salesianas en estudios terciarios. Debemos saber que habían estudiado el ibro sexto de la República en el curso de Filosofía y no les había sido difícil comprender
la idea del Bien por la analogía con el sol,que da Sócrates a los jóvenes que lo asedian. Repetimos, ellos no tuvieron obstáculos ideológicos para ello por el bachillerato humanístico que preparó perfectamente la buena tierra para lo divino del orden y la medida de lo filosófico propio de Platón.
Con tal paideia se acostumbraron a la interior actividad de la inteligencia no desestimando subir por el LOGOS,por la ana-logía,a la posesión del Bien, pues de ello se trataba, bajo a iluminación efectivade la verdad y del ser como esencia. La analogía de la línea puso la claridad en su saber y la alegoría de la caverna fue todo su saber ya que desde un cuento pudieron situarse en la existencia de acuerdo a su íntima experiencia. Los hizo ver lo que ya sospechaban: el interior de la caverna ra el mundo que veían y el exterior era el cielo al cual presentían por sus sentimientos,tocados por invisible mano en la cual creían desde niños.
Fuera de las sombras, simulacros, ruidos,palabras de los hombres transeuntes, glorias vanas de los fijados en ellas, penumbras gratasa todos los ojos, creyeron necesitar dónde contemplar el cielo: el lugar donde el sol visible iluminara las cosas a las cuales da él mismo el crecimiento (en ese laboratorio que es la hoja):las plantas,los árboles,los animales, los ríos y lagos,las montañas y la atmósfera dependiente de este verdor de la clorofila, que llamaron los antiguos poéticamente "cielo y eter",que resplandece con los rayos del sol; el lugar llamado tierra donde todo lo construído se asienta y donde se puede morar y poseer por la humildad y mansedumbre; el lugar de la morada donde la paz es signo de la gloria (esto es lo que no podía advinar Platón: vió con la inteligencia pura el Bien inteligible y sus ideas inmutables, la justicia, por ejemplo,que no puede cambiar).
A ese lugar los convocó Tobías. Gracia sobre gracia cultivó en ellos "el no sé qué que se alcanza por ventura" "de aquella fuente que mana y corre aunque es de noche" desde donde él ahora volaba dándole a la caza alcance".
Tobías estuvo en ello perseverando y es refrigerio ofreció a nuestros jóvenes para obedecer al Maestro Divino.Les dio el sitio, delante de estas sierras y les sivió de modelo.
e
martes, 1 de mayo de 2012
LOS SENTIMIENTOS DE FLORENCIO
Reconozcamos que el mundo es uno y que también el campo está, aunque en muchísima menor densidad, lleno de hombres con su libre albedrío, en el mundo. Los hombres son potencialmente iguales donde estén. Sucede que la ciudad esta llena de obras humanas y el campo de naturaleza.
Lo más humano de las ciudades son las obras de arte, frecuentadas por pocos y las del campo son los “montes y riberas, los prados de verduras plantadas por la mano del Amado de flores esmaltados, la cristalina fuente, y las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos, la noche sosegada en par de los levantes de la aurora, las aves ligeras, los gamos y los ciervos saltadores , las frescas mañanas escogidas, el monte y el collado do mana el agua pura, las cavernas de la piedra que están bien escondidas, el aspirar del aire, el canto de la dulce filomena, el soto y su donaire, la llama que consume y no da pena…”.
Florencio a pesar de vivir en una ciudad privilegiada fue sintiendo que el árbol no era una cosa para usar y al mismo tiempo, si la cosa fuera bella como un edificio algo para admirar, sino un signo de lo que “se alcanza por ventura”. La ciudad tenía árboles en calles escogidas pero si eran admirados por algunos el crecimiento de las obras municipales los iba raleando o apretando con las calzadas y el objeto de interés estaba en los estadios, autódromos y cosas semejantes. Esto no lo podía soportar y lo veía avanzar día a día. Sucedía otro tanto con las casas que admiraba que comenzaban a dar lugar a edificios altos e inferiores y que ya no significaban ya lo que la casa que hace soñar con la intimidad de “aquello que se alcanza por ventura”.
La ciudad va unificando todo y haciendo prevalecer la diversión sobre la concentración. Él se había habituado por educación de sus padres a caminar bajo las arboledas de ciertas calles y de niño salía con su padre a caminar horas buscando aquellas calles más solitarias y siempre era estimulado por su madre a valorar los jardines, los cercos,los árboles en flor.
Cuando fue adolescente era invitado a fincas montañesas, propiedad de sus amigos y en un momento llegó a experimentar lo que podemos llamar “rapto” natural: era enteramente arrebatado por el lugar sublime que no daba ya ocasión de ser quien era en la vida cotidiana. Todas las cualidades de su carácter eran arrasadas dando lugar a la burla de sus amigos que tenían planes en la montaña, deportivos, de diversión y encuentro con personas de la misma edad…Él, que en la ciudad practicaba deportes y tenía firmeza en su carácter y estudiaba una disciplina práctica perdía de vista las cosas que eran objeto de las relaciones sociales ante las enormes montañas, lagos y bosques admirando secretamente a quienes ocasionalmente habitaran solos en el extremo de un lago rodeado de montañas. Una vez trató con un matrimonio mayor que vivía en una casita frente a un verde lago y se introdujo esto en el depósito de sus íntimos deseos ¿Qué harían en los días de su vida soledosa? Y un bello sentimiento lo embargaba imaginando en el interior de esa casita la magna intensidad de la existencia.
Cuando los árboles eran ellos mismos en los bosques, y ya no acompañaban su caminar meditativo lo arrasaban dejándolo sin habla y lo hacían depositario del misterio del así llamado paraíso donde el mundo es como si fuera una maqueta de papel.
No tenemos que decir lo que sentía viendo a los hombres talar y explotar los bosques y cavar las montañas. Llegó a columbrar así el pecado original cuya necesidad se hacía valer en la cultura del hombre porque así fueron “conocedores del bien y del mal”, lo enteramente necesario para un ser cognoscitivo.
Pero he aquí que el concepto de utilidad se le desvanecía conforme iba llegando a la edad en que conoció a Flora. Al mismo tiempo su amigo íntimo se hizo estudiante de Filosofía y lo veía absorbido por la idea del Bien que habían comenzado a ver en la preparatoria. La alegoría de la caverna era objeto de largas conversaciones en una confitería preferida con vista a una plaza poblada de tipas donde Florencio se abismaba en el 506 a y b de la República y quedó fijado para siempre en el más importante conocimiento sin el cual los demás no obtenían utilidad. La lectura de los diálogos en que estaba concentrado su amigo Martín le confirmó que lo útil verdaderamente era lo bello y lo bueno sin lo cual la utilidad de las acciones que versaban sobre las cosas se desleía.
La noción de fin último aristotélica que le era conocida por sus cursos de teología en la especialización agraria cobraba, con los avances de su amigo que le hacía partícipe de sus estudios, una forma clara y definitiva: no había fines sin el fin último pues es lo que hace a los fines ser tales y a los medios adquirir sentido.
Este amigo era aquel conocedor de la poesía griega y latina y también con ello lo sepultaba en la enjundia de los griegos. El compromiso con todo aquello, compartido con su amigo, lo acompañaría toda su vida pues entre amigos todo es común.
Lo que era difícil de comunicarle eran sus raptos, a cuántas brazas se hundía en aquello de la contemplación que por otra parte no tenía elementos mensurables. Dice San Pablo del paraíso celestial que el hombre no sabe decirlo. Florencio no había sido llevado al tercer cielo pero el efecto era quizás el que narra Rousseau con la naturaleza que en su caso se sumaba al sentimiento del Dios revelado que deja su impresión clara del espíritu de la verdad que es el Verbo, aquel que dejó a las creaturas “vestidas de su hermosura”. Poema este muy tratado en su adolescencia en aquella escuela que fue columna vertebral de su vida, es decir: de la firmeza y consistencia de su vida que de este modo tenía la inteligencia y voluntad bajo una luz que impediría que fueran llevadas por la indeterminación de la cultura más y más ampliada, como una fotografía donde se desvanecen así las imágenes.
Tampoco le era desconocido un San Agustín explicado con entusiasmo por su maestro, aquel que él prefirió en su escuela y al cual seguía con devoción. Y esto sobre Platón es miel sobre hojuelas.
Mas todo se sublimó cuando sintió los azules ojos de Flora clavados en él cuando ella estaba apoyada en una columna de su escuela en un acto de apertura. Era el tiempo más apropiado para enamorarse. Flora concentró todo lo que deambulaba en el alma de Florencio (estudios humanísticos, amistad, contemplación) en un haz con el que respondió a la luz de aquellos ojos como un barco entre las olas ante las señales de un faro, de aquel del soneto 116 de Shakespeare.
En ella se conoció y su alma se hizo espíritu autoconsciente y fue al ser uno con ella , uno consigo mismo y por vez primera experimentó la tan nombrada libertad. Por las calles de Barcelona o por las de Palma caminaban tal como lo dicen los versos de este soneto que escribió treinta años después:
ENCUENTRO ORIGINARIO
Como caen los copos de los copos de la nieve
en blanco jazmín así desciende
mi palabra de amor que el alma enciende
y un raro puente a construir se atreve.
El viento lentas nubes grises mueve
y nuestro invierno íntimo se extiende
en un tiempo sagrado que suspende
su paso y mientras… mansamente llueve.
Las calles, nuestras almas transparentes,
el suave andar de amor que no se sacia,
los ojos que bendicen a las gentes
con dulce beatitud donde se espacia
-en la simplicidad del ser presentes-
la paz, cercana gloria de su gracia,
Sus paseos, tomados de la mano, por el puerto sea de Palma sea de Barcelona, contemplando el mar desde la explanada originaron más tarde otros versos dedicados en los sucesivos cumpleaños de Flora en la Bendición. No podían quedar tan menguados los años de aquel enamorado con la amistad de Martín que lo impregnaba de las obras maestras reforzado con la extravagante vecindad de Aurelio.
Había caminado por la costa de aquel mar de Homero, de San Pablo y de Hölderlin con la suave Flora en la nupcial mocedad de los días. Si los barcos daban que soñar en horizonte transmarinos el poeta primogénito del mar lo puso como premisa mayor: la
conclusión estaría en el interior del continente, donde el remo se volviera trillo. Lo supieron por un viejo maestro homérida.
La movilidad de los puertos, la versatilidad de la cultura ciudadana, la fácil utilidad de la técnica, la necesidad de darle el espacio al mal como bien y al bien como mal les hubiera estorbado la libertad de aquel íntimo acorde del pensamiento que sólo era de su propiedad y no debía concluir sino con las nueve sinfonías, los conciertos para piano y orquesta y finalmente ya ancianos con los cuartetos para cuerdas ¡Tenían mucha música para componer y sentían la vocación clara! Suum quique. No era para ellos el Omnia omnibus.
Entonces sólo faltaba la chispa para encender el reguero de pólvora y esto aconteció con la proposición de Tobías. No fue muy bien comprendido por su amigo y nada por el resto de sus parientes y conocidos. Y no les faltaba motivo: la lejanía abrumadora, el mar inmenso entre medio, lo desconocido del país y sobre todo el lugar, lo invalorable en ese caso del futuro económico que le aguardaba y todas consideraciones de este jaez justificaban la conciencia cotidiana sobradamente.
Pero, claro está, todos desconocían el fundamento que el mismo Florencio sólo intuía percibiendo la vibración en su alma de sentimientos profundos como los que experimentaba en la montaña pero unificados en Flora como los colores del arco iris.
El fundamento era lo que suele denominarse al bulto como “místico”. En verdad lo era: hogar, unión del pensamiento y sentimientos en un sitio donde las raíces no serían amenazadas como los árboles de la ciudad por el cemento.
El noviazgo, que se cree uno de los hechos mas efímeros, voltarios y accidentales, correlativo del acné, debe ser sin embargo (y por eso lo es) obra del autor de los sacramentos, cosa que cuando lo descubrió así Florencio con la necesidad del silogismo escribió su primer poema que vale aquí como aclaración de las premisas de esta novela sin el interés de las acciones y pasiones de las incesantes olas del “afuera”, que nombramos, sometidos a un sustancialismo acrítico con el dogmático:
“porque ésta es la realidad”.
El inocente poema fue éste:
IMAGEN Y SEMEJANZA
¿No era Suyo el amor
que tu persona me inspiraba?
¿No era por Su luz la belleza
que revelaban tus ojos?
¡Porque mi amor era infinito!
¿Cómo puede cerrarse aquel cielo?
Cuando la resonancia de tu voz
se imprimía en mis entrañas,
cuando tus manos me llevaban
por aquellas dulces tardes,
cuando tus susurros concordaban
con las gotas de la lluvia,
con la brisa entre las hojas.
Y caminábamos aguardando
en un mismo sitio,
en un tiempo nuestro,
con un mismo pensamiento,
con un solo corazón
-estremecidos-
cuando sólo Él nos religaba
Así lo descubría ya mayor Florencio: había obedecido una vocación, que por común que parezca fue cantada por la poesía provenzal y por Dante, antes del tumultuoso romanticismo.
EL MISÁNTROPO SERRANO
No podía faltar algún escritor considerado “loco” por él mismo y por los demás, el cual era profesor de literatura en la escuela secundaria cuando fue fundada, porque antes lo fue de la primaria. Pertenecía a la clase escasa de los misántropos, que por serlo terminan siendo maestros, al hallar en la escuela el otium segregado del mundo del negotium ,de los negocios que existen también en el ámbito académico y quizás allí con más virulencia por el cursus honorum de los especialistas.
Aurelio Agustín Ruvituso, que así se llamaba el hombre de letras, había estudiado todas las literaturas con igual pasión. Por eso era diestro en lenguas clásicas, más aún en lengua francesa, bueno en la inglesa y aceptable en la alemana. Por cierto sus lenguas eran la española y la italiana, por parte de padre y madre. Hubiera estado destinado a la Universidad en la facultad de Letras pero su misantropía lo llevó primero a los riscos y las cañadas y luego quedó preso de su propia ternura y humanismo cuando una directora lo conoció y lo comprometió con la escuela. Así dio un paso hacia la escuela y terminó dando dos hacia la misma mujer que, valorándolo, hizo que también ella fuera parte de su vida, según aquello de una de las obras más antiguas de las letras: NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTE SOLO.
Además, extravagante como era y navegando sin timón en el los mares de la existencia era bueno que no sólo lo tuviera sino aún quilla y blancas velas, que habrían de ser los hijos que todo hombre que no sea religioso debe tener para sentir al ser imagen de Dios, quien es verdaderamente Padre y quien reside toda paternidad en el cielo y en la tierra.
Caminaba por las calles del pueblo siempre absorto en alguna obra que rescribía, es decir narraba, para presuntos alumnos que no había tenido y que tampoco hubieran tenido tiempo para escuchar toda la Divina Comedia verso por verso y canto por canto o bien cada una de las Comedias de Shakespeare obtenidas de una original lectura en la lengua propia donde sonaba la rima y las palabras hablaban por sí mismas.
Él hacía esto por respeto y homenaje a la literatura, que consta de palabras como la pintura de formas y colores. Detectaba los tropos y las figuras retóricas en discursos y parlamentos, puesto que los escritores en lengua romance habían aprendido de los clásicos y gozaban con la visión de la literatura como un todo presente. Nunca se enteraron lo que historiadores de la cultura y los críticos habían de endilgarles correcta o incorrectamente, ocupados hasta hoy si Shakespeare tuvo tales amoríos para quitarle la autoría de casi todas las obras.
Y él quería hacer tal análisis que procedía de las preceptivas que de niño venía estudiando por consejo de su padre: de profesión relojero y lector empedernido, quien le dejara una casita en las afueras del pueblo sobre el mismo pie de la sierra.
Así con este amor a las obras maestras de todas las épocas las narraba en la forma más estricta (breviter ac dilucide), con un método propio, como manera de mantenerlas vivas, por lo menos en su memoria, ya que encontrar a quien participara en esta fiesta, nunca lo encontró, bien que tampoco lo buscó, porque quienes podríamos llamar “sus colegas” estaban concentrados o bien en los autores destacados por la crítica, coetáneos, o bien en las estructuras de las cosas hodiernas, es decir en la lingüística en detrimento de la filología. Él era en este sentido un amante del logos.
Las palabras, decía él, las profieren con amor los escritores y son, luego, dejadas de lado para ir a parar a las cosas de la cultura, es decir no escuchadas en su tesoro, en su calidad de fuente de agua viva, que exigiría vender lo que se tiene y bajar colgado como don Quijote a las profundidades tenebrosas de la cueva de Montesinos traspasando los grajos y las cambroneras.
Pues bien, tal extravagante profesor a veces se encontraba con el médico, no solo en calidad de paciente (todos, sean misántropos o no, lo requieren para sí o para los suyos)
sino que en ocasiones hablaban en el único bar confitería del pueblo de cosas impalpables e inauditas. Y a veces compartían temas locales con los vecinos que no se asustaban de sus conceptos: el jefe de correos, el viejo empleado de la comuna, y otro visitante circunstancial que hubiese en este pueblo tan intenso cuanto de extensión menguada. En lógica: mucha comprensión y poca extensión para beneficio de la libertad.
Lo que mucho le costó fue ir a Misa pero finalmente debió ceder por la primera comunión de sus hijos y no bien conoció a Mateo nada tuvo que objetar por mor de lo que los hombres versados en lo más humano de lo humano padecen frente al formalismo de los meros observantes del catolicismo y de sus insípidas e insipientes moralinas.
Aquí vio, Scheeben mediante, primero la vida del espíritu verdaderamente universal, la vida en el misterio del Pleroma de la gracia y como nunca abandonó el griego y el latín (lengua de la caudalosa patrística), podemos decir que se salvó también de las moralinas no católicas más activas y modernas, aunque él decía, como sano misántropo, que la moralina era como el lago de pez hirviente a borbollones por donde, intrépidos, había que arrojarse como el caballero para ver el sol que “luce con claridad más nueva”.
¡Si! la gran literatura (leída con amor de lector, en un rincón bajo el haz de luz de una lámpara de pie o delante de las sierras en un banco bajo un algarrobo) nos salva de rinocerontes que acrecientan la manada de la cultura dándose gloria unos a otros, para decirlo con un autor preferido de Aurelio. Así sentía este admirador, también, de Timón de Atenas.
Se observa al punto que era un hombre inestable y quijotesco, lleno de recelo contra todos a quienes experimentaba cuando los conocía como sordos para la nobleza caballeresca, pero se calmaba por lo mismo que a todos tranquilizaba: estas sierras grandes que a quienes habitaban a sus pies los cubría con su sombra como el Espíritu Santo.
¡Había que vivir esos días con la delectación morada de Lugones, dando la vuelta a las estaciones bajo la fragancia de esas cañadas y laderas que palpitaban con las horas, lleno de conceptos virgilianos horacianos y rubenianos, cada vez comprobando tras las tormentas de verano que el Psalmo Pluvial de Lugones era la crónica de la tarde serrana!
¡Había que vivir desasido del torrente de la cultura ciudadana y atender a los torrentes que bajan de la montaña en esos veranos solitarios! Cuando Aurelio partía entrada la tarde por esos caminitos que se hacían senderos, bordeando el río que recordaba aquel del salmo XCII de la escritura:
LEVANTAN LOS RÍOS YAHVEH
LEVANTAN LOS RÍOS SU VOZ
LOS RÍOS LEVANTAN SU BRAMIDO
Piadosamente comparados con el Dios vivo:
MÁS POTENTE QUE LAS AGUAS CAUDALOSAS,
MAS POTENTE QUE LAS OLAS DEL MAR
MÁS POTENTE ES YAHVEH EN LAS ALTURAS.
Esa experiencia poética poderosa cuando se perdía por los senderos hacia arriba, valía más para él que todas las universidades del mundo. Y si él no había sido atento a la salmodia, en sus comienzos, era de los pocos quizá entonces que conocía las elegías de Hölderlin, desde las cuales crecen gigantescos sentimientos inauditos. Y esto no podía hacerlo estable y accesible. ¿Qué otra cosa hacía que ir de cumbre en cumbre como montañista de la literatura?
Y yendo por sus soledades y por sus soledades viniendo, habitaba en su propia aldea, rodeada de huertos con olivos, nogales, frutales que en primavera producían su intensa floración, en verano los frutos admirables y en otoño los colores que tanto amaba a falta de galerías de arte; caminaba por sus calles, saludando a los que compartían aquella atmósfera densa, azul morada de las horas, entre el sulky que pasaba y el caballo overo atado al palenque del correo hacia adonde acudía con más frecuencia (estaba en el otro lado del pueblo, de espaldas a un campito cercado por álamos criollos) aprovechando para comprar el pan que salía crocante de la cercana panadería; pasaba las mañanas en la escuela desde el izamiento siempre sublime de la bandera hasta la algarabía de la salida de los niños y los jóvenes. Cada vez se veía bienaventurado por todo esto y podía cantar con Lope:
NO SÉ QUE TIENE LA ALDEA
DONDE VIVO Y DONDE MUERO
QUE CON VENIR DE MÍ MISMO
NO PUEDE VENIR DE MÁS LEJOS.
EL MÁS ACÁ DE LAS SIERRAS
Las sierras mediterráneas dan motivo para que se radiquen escritores, músicos y pintores, sea por motivos de salud sea buscando un esplendido aislamiento. No fue la excepción en este caso: la Providencia hizo que se reunieran el cura alemán, el eremita catalán (causa de que vinieran los recién casados, personajes de esta historia sin historia) y otros personajes que iremos presentando por turno.
Toca hablar del médico que había venido del otro lado de la sierra a este valle que mira con privilegio, sin obstáculos, la puesta del sol, artista sublime en sus postrimerías porque recién en su caída es que escribe obras sublimes, como La Odisea, Edipo, La Eneida, el Quijote se han escrito cerca del ocaso.
Nuestro médico si no había sido discípulo de Quirón ni de Esculapio lo fue de dos de los que llaman celebridades en una época brillante de la medicina del país. Y se radicó en nuestro pueblo con ese tesoro y su amor al estudio teórico que es fundamento de la praxis. Es decir que por estar en un pequeño pueblo no solo no dejó de estudiar sino que la soledad y los pocos pacientes que recibía en comparación de la gran ciudad le dejaban tiempo y espacio para su pasión: el saber. Y digo espacio porque era gran caminador y amante de la biología y la botánica y tenía en la sierra una fuente caudalosa de la vida en estado originario con cincuenta especies de hierbas aromáticas algunas de las cuales eran objeto de negocio para los acopiadores y trabajo para los lugareños.
A pesar de su formación científica –y esto podría explicar por qué había salido de los centros- no era ni anticlerical ni había perdido la fe de sus padres como iba siendo común desde la ilustración, el positivismo y todos los movimientos sucesivos que dejaron a los padres con gran pompa pero les sucedió lo inverso que a Saúl: los científicos hodiernos fueron en busca de un reino y obtienen más y más los asnos perdidos de Saúl, como graciosamente escribió Ortega y Gasset.
El “sí” y el “no” al denominado “progreso” los manejaba este amante del conocimiento científico con exactitud, ya que era ésta su característica. No era como aquel torero que se había bebido una botella de aguardiente y veía dos toros, toreando así al toro que no era y corneado por el toro que era.
A su juicio los ligeros vanguardismos que fueron surgiendo con alarde de victoria y gran desenvoltura eran como aquellos saltadores que se arrojan a la pileta haciendo piruetas y se encuentran con poca agua, dejando la dentadura en el fondo.
Coincidente con su sentido del habitar y sin exagerar en el estudio –cosa que hacen los hombres que han perdido el sentido del misterio y por su fe en la técnica su aptitud para él avanzando en aquel pecado llamado “curiositas”- pasaba algunas de sus horas en el profundo oficio de la carpintería, lo cual lo hacía más cercano a su esposa, ya que el artesano está donde obra y el científico vive encerrado en el laboratorio y acaba en obsesiones o simplemente se empobrece como hombre cuya esencia es integral, y el fundamento donde reposa lo accidental es ser primeramente “hombre”.
Creía que los especialistas en su profesión eran pocos y los demás estaban cautivos de la vanagloria, cosa que confirmaba al escuchar ese curso viviente, que era el cura Mateo, el cual sin omisión pasaba en sus generosas exposiciones por cada una de las virtudes y sus partes viniendo desde el ser de Dios y desde la Trinidad de personas pasando por la creación y no se detenía cuando la ciencia sagrada se concluía con los sacramentos y los “novísimos”. Tenía una versión abreviada según lo pedían las circunstancias. Con todo en ese pueblo había una riqueza fundamental: el tiempo.
He aquí que estos hombres sintonizaron inmediatamente entre sí, no sólo por los oficios complementarios (médico de almas y médico de cuerpos) sino más aún por el amor a la pura sabiduría que hallaban en la Serenidad, surgida de estas sierras y el valle que encerraban. Habían llegado a ser personas, es decir: hombres más acá de la superstición mundana de las cosas. Y las personas, solas, ellas mismas dicen cercanía como la gravitación avanza hacia el centro si no encuentra obstáculos ¡Cosas, estructuras, sistemas, organizaciones eran para ellos tan útiles cuanto sepultaban lo originario que reside en la persona!
Una es la creatividad dentro del sistema social o cultural –como era el caso de las vanguardias revolucionarias- que vienen avanzando por una se dicente evolución y otra, muy distinta, la creación originaria de la persona, no buscada como un “yo soy creador” sino como” Él crea en mí”, puesto que la persona es la primera y absoluta creación: lo demás es cuestión de detalle.
Ellos habitaban ante este horizonte del dejar ser al ser: uno en la medicina bien diagnosticada, dejando a la naturaleza que reaccione y a la psiquis que no interfiera, el otro permitiendo que el alma en el orden de las virtudes (muy conocidas por los antiguos) más la gracia dejen mostrarse a la imagen y semejanza en la Caritas del Padre en el Hijo y ambos realizaban su misión: delante de estas sierras.
El doctor Carlos Boniface (así se llamaba el médico), de padre francés tenía la mejor bondad que es la de la inteligencia de la verdad y si por su padre heredó la exactitud científica ilustrada, por su madre una firme vocación de belleza.
Quienes se han independizado de la estructura social y su psicología sienten la medida de aquella belleza revelada por Diótima de Mantinea cuya única exigencia es la pureza. Así tras Erixímaco y Aristófanes (cosmólogos y hombres de mundo) Sócrates narró el diálogo con la sacerdotisa, acerca de lo que está más allá de la esencia: la belleza, lo divino en la unicidad de su forma, el poder ver lo bello mismo divino de esencia única. Y este médico había leído a Joseph Moreau en francés y en eso era paralelo con el cura: por el otro Joseph, Scheeben. Con la Construccion de l’idealisme platonicienne tenía el médico para toda su vida en lo que hace a lecturas filosóficas.
Es notable la influencia decisiva que tienen ciertos libros de encontrar lectores, quienes se harán devotos de “ese libro” para toda la vida.
Esto sin duda da aliento a esta novela que busca a su único y personal lector a quien está destinada en el universo inconmensurable.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)