viernes, 19 de octubre de 2012

LA IAMGEN DE LO ETERNO

Amaneció totalmente despejado como es regla de este valle mediterráneo y entonces las sierras emergían como un sueño, el de Dios, que es pura realidad para nosotros. Se levantaron Tobías y el sacerdote, se despejaron y rezaron laudes. Entonces el cura se despidió de su amigo y llegó caminando a través del sendero a la casa de Florencio y Flora a quienes encontró desayunando. Sí que los zorzales y jilgueros le habían dado en su asoentre los árboles del monte una función coral desbordante. Él tomó una taza de té mientras esperaba que apareciera el taxi del pueblo. Desde allí se veía la tranquera. La mañana era resplandeciente. El cura lleno de pasión divina les dijo:
"Cada día que comienza es como la historia de la creación: tiene un origen, un desarrollo y un fin. Hemos sido creados por Él, en Él y para Él y mirando esto hemos de vivirlo porque sólo así viviremos plenamente en la realidad. Sé que el mundo parcialmente ha olvidado esto y meramente "vive". Otros sienten el sinsentido de la vida y algunos la declaran irreal. Estos últimos tienen una mitad de razón: la declaran ilusión y se precipitan en el vacío que presienten detrás de todo. Aquellos se aferran a la realidad de las cosas tienen otra mitad de razón y van resbalando hacia el vacío. Es cierto que no es fácil y, menos ahra, dadas las circunstancias empujadas por quien nos dijo: "seréis como Dios conocedores del bien y del mal".
En cada día late esta historia. Nos esforzaremos hoy para ser aquello que San Pablo expresó gloriosamente en su himno a los Efesios: Hemos sido hechos antes de la constitución del cosmos para ser santos e inmaculados ante  su presencia en el amor". Y dicho esto rezaron este himno completo que llena las vidas del entusiasmo de hijos de Dios a quienes esperan verlo cara a cara como fin y consumación de sus vidas.
Mientras tanto el auto ya había llegado y esperaba la despedida del cura. Abrazó a sus hijos con ternura y se volvió al pueblo mientras Flora acompañaba a los niños a buscar las lecheras y Florencio se iba a la huerta a trabajar. Con el sol brillaban ya las hojitas de las lechugas, el perejil, las albahacas, las zanahorias, acelgas, espinacas que habían recibido la llovizna pasada como una bendición. Florencio gozoso fue a buscar a Flora que regresaba con su tacho de leche. Y entrada luego ella por los caminos de la huerta daba exclamaciones, admirada ante aquel espectáculo de vida. Estaban en la puerta de la primavera  y la vida natural explotaba. Los canteros eran una obra de arte. Pasaron a ver los brotes de los árboles y pronto estuvieron en el paraíso total: almendros en flor y algunos durazneros vistos con la sierra de telón de fondo.
Sus corazones jóvenes ardían y creían estar alabando la gloria de Dios cuando simplemente estaban en su orden bello, donde ellos habían incidido. Era simplemente "el escabel de sus pies", "lo poco en donde debían ser fieles" Quien ha sido joven y ha visto en una mañana de primavera los almendros delante de las divinas sierra esplendentes asentirá a lo narrado aquí. Era una imagen de la gloria eterna.

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