Los dos amigos en la fe cuya conversación era en los cielos se fueron caminando hacia la ermita y respiraban ese campo fragante y húmedo celebrado por los zorzales. El monte era un tesoro de resonancias que venían de las profundidades soledosas. Es verdad que uno se acostumbra a los ruidos de las ciudades amplficados más y más y no sabría decir qué misterio atrayente puede consistir en aquellas. Es más cuando cae la noche uno se recoge a la luz y a sus actividades que escapan de una concentración en honduras semejantes. El miedo al interior se va acentuando conforme avanzan las posibilidades de información acerca de hechos. Allí adentro nada sucede pero sí acontece algo de lo cual se escapa por indeterminado. Aquello que todos llaman Dios se asoma en esa nada de sucesos y gime una pequeña naturaleza como si correspondiera serenamente y consonante al misterio de su creación. ¿Para qué estamos aquí? Y la serenidad avanza sobre el simple aguardar y nada pasa sino la presencia de lo simple que se hace más y más presente, como si no hubiera un límite dentro del recinto de lo simple.
Los dos amigos avanzaban en silencio dejando que la hondura del monte los cubriera y el concierto del sosiego los aceptara en su sinfonía.
Ellos, claro, tenían a quien agradecerselo. Es en esa interiorización cuando la vocación se deja sentir, lo que Pablo llama PARÁKLESIS. En esa cercanía no se siente una voz externa del misterio oscuro y desconocido sino que se refrescan las palabras íntimas ya pronunciadas y se da el olvido de la múltiple garrulería de la comunicación de los hombres de este mundo que buscan la gloria unos de otros
¿Cuales palabras ya pronunciadas? EL QUE ME AMA ESTARÁ ATENTO MIS PALABRAS Y YO LO AMARÉ Y ME MANIFESTARÉ A ÉL YO MISMO.
La TERESIS es el estado de alerta que tenían las doncellas con las lámparas de la fe. Ellos dos estaban preparados y se ayudaban mutuamente porque tenían la reserva de aceite. A QUIEN TIENE SE LE DARÁ, decía paradógicamente el Señor. Sus palabras objeto de cuidado celoso bullían más y más en su interior conforme avanzaban atravesando el monte hacia la ermita de Tobías. Tal era la PARAKLESIS, la bienvenida que les daba el Espíritu azuzando en sus almas las palabras del amigo, de aquel que los había amado primero y al cual ellos buscaban corresponder. Esa relación de la caritas unitiva que debía llamarse legítimamente religión en la plenitud de los tiempos. Todo esto, lo que dicen las palabras punzantes de la última cena, se recuerda en el aliento del Espíritu prometido como efectuándose de este modo el olvido del olvido o el recuerdo estremecido de aquel jardín primero, ahora dado en el interior del mundo.
Él Señor Vivificante argumenta al mundo de pecado, de justicia y juicio y el paraíso se abre realmente en medio y al interior de la persecución periférica del mundo. Le ha sido dado al hombre así en este maduro paraíso el camino estrecho de la humanización o beatificación a costa suya, por las gradas de las virtudes bien qué con la ayuda de los dones del Espíritu con el mapa ascensional de las llamadas bienaventuranzas.
Ellos habían pasado por la puerta angosta del scramento grande de la Iglesia y aspiraban a subir el monte de las bienaventuranzas. Más subian y más aliento henchía sus almas pues más se veía y más se amaba a quien los llamaba desde la altura en una verdadera EKKLESÍA. En esa gozosa cuanto trabajosa subida estaban frente a aquellas delicadas sierras que eran signo visible del monte en cuyas cimas esperaban ir más adentro en la espesura.
Ahora el amigo los esperaba en la ermita donde rezarían una suerte de completas buscando recibir su paz, tesoro que dejó el Hijo en el Espíritu Santo. Respiraron este viento lleno de aromas hasta llegar.
Los dos amigos avanzaban en silencio dejando que la hondura del monte los cubriera y el concierto del sosiego los aceptara en su sinfonía.
Ellos, claro, tenían a quien agradecerselo. Es en esa interiorización cuando la vocación se deja sentir, lo que Pablo llama PARÁKLESIS. En esa cercanía no se siente una voz externa del misterio oscuro y desconocido sino que se refrescan las palabras íntimas ya pronunciadas y se da el olvido de la múltiple garrulería de la comunicación de los hombres de este mundo que buscan la gloria unos de otros
¿Cuales palabras ya pronunciadas? EL QUE ME AMA ESTARÁ ATENTO MIS PALABRAS Y YO LO AMARÉ Y ME MANIFESTARÉ A ÉL YO MISMO.
La TERESIS es el estado de alerta que tenían las doncellas con las lámparas de la fe. Ellos dos estaban preparados y se ayudaban mutuamente porque tenían la reserva de aceite. A QUIEN TIENE SE LE DARÁ, decía paradógicamente el Señor. Sus palabras objeto de cuidado celoso bullían más y más en su interior conforme avanzaban atravesando el monte hacia la ermita de Tobías. Tal era la PARAKLESIS, la bienvenida que les daba el Espíritu azuzando en sus almas las palabras del amigo, de aquel que los había amado primero y al cual ellos buscaban corresponder. Esa relación de la caritas unitiva que debía llamarse legítimamente religión en la plenitud de los tiempos. Todo esto, lo que dicen las palabras punzantes de la última cena, se recuerda en el aliento del Espíritu prometido como efectuándose de este modo el olvido del olvido o el recuerdo estremecido de aquel jardín primero, ahora dado en el interior del mundo.
Él Señor Vivificante argumenta al mundo de pecado, de justicia y juicio y el paraíso se abre realmente en medio y al interior de la persecución periférica del mundo. Le ha sido dado al hombre así en este maduro paraíso el camino estrecho de la humanización o beatificación a costa suya, por las gradas de las virtudes bien qué con la ayuda de los dones del Espíritu con el mapa ascensional de las llamadas bienaventuranzas.
Ellos habían pasado por la puerta angosta del scramento grande de la Iglesia y aspiraban a subir el monte de las bienaventuranzas. Más subian y más aliento henchía sus almas pues más se veía y más se amaba a quien los llamaba desde la altura en una verdadera EKKLESÍA. En esa gozosa cuanto trabajosa subida estaban frente a aquellas delicadas sierras que eran signo visible del monte en cuyas cimas esperaban ir más adentro en la espesura.
Ahora el amigo los esperaba en la ermita donde rezarían una suerte de completas buscando recibir su paz, tesoro que dejó el Hijo en el Espíritu Santo. Respiraron este viento lleno de aromas hasta llegar.
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