sábado, 13 de octubre de 2012

LLEGÓ LA LLUVIA DE PRIMAVERA

Las horas resbalaban frente a aquellas sierras como las gotas de la lluvia en el ventanal de la cocina de Florencia. Ese día se inauguraron las lluvias, bien que en una medida pequeña. Pero llovió pausadamente, más bien lloviznó durante dos días. La alegría de ellos era enorme. Miraban sus minúsculos despuntes de lechugas y los brotes de los árboles con dulce expectativa. Se iban comunicando los avances en uno u otro cantero. Florencio se levantaba y los revisaba como un oficial a su tropa formada. Estos dos días prometían el surgimiento, la aparición del verdor divino. Todo estaba lleno de dioses a su alrededor. La primavera los encontró como cazadores de la belleza. Ellos habían nacido enfrente del mar mediterráneo y sabían de la Nereidas. Su adolescencia había sido helénica sin duda, vivían a vuelo de pájaro de la Magna Grecia. Mallorca era además como una Grecia y estaban cubiertos y acaparados por Roma, lo cual para muchos era una pesada carga de la historia pero no para ellos, porque no todos somos unos, los que consumen el pan y habitan sobre la tierra ni tampoco los escritores que aceptamos el magisterio de la fe y de ciertos maestros que no admiten comparación.
Las sierras se descubrían por momentos de los grisáceos mantos que caían sobre sus cumbres y laderas y dejaban ver alguna loma latiendo en su intimidad sutil. Los azules se expandían en esa masa gris como surgidos de la paleta de Tiziano. Ellos hacían sus labores desde la gran mesa de la cocina. Florencia ya había tocado el armonio dos veces aquel día ¡Cómo sonaba en ese ámbito! Practicaba música litúrgica de la escuela francesa de los siglos XVI al XVIII. En es momento se hallaba practicando la Pequeña fuga a cuatro voces sobre el himno “Ave Maris Stella” de Jean François Dandrieu. Iba a venir el padre Mateo y le tenía preparada esa sorpresa. En el horno de la cocina económica ya daban olor unos panecillos y unos bizcochos de manteca que servidos con la ricota que se hacía en la Bendición vendrían muy bien a la hora del té.
Florencio estaba enfrascado en un relevamiento de los animales anotados en un cuaderno. En ese momento se vio en la tranquera el auto del taxi del irlandés que traía al cura. Avanzó derramando azules por la atmósfera saturada de humedad ¡Hay que ver la emoción que se tiene en un campo al recibir una visita! Parece que la densidad interior se vaporiza y resuena algo así como lo que verificamos en una pava cuando rompe el hervor. En ese momento comenzó a llover. Las gotas daban en el techo como notas de un clavecín. Las sierras se velaron y en la galería sonó la voz vigorosa del padre. Florencio salió a recibirlo y dejó abierta la puerta.
-Adelante padre, pase confiado a la cocina- dijo estirando su mano abierta.
La respuesta del padre no se hizo esperar mientras lo abrazaba con su rostro que daba hacia adentro: ¿qué escucho y además qué huelo? En efecto habían llegado a sus oídos las notas de la pequeña fuga y a su olfato los panecillos. No se puede recibir un mejor incentivo para entrar en una casa a la hora del té un día de lluvia. Así ingresó para ver por vez primera el armonio de Florencia. ¡Santa María! exclamó admirado y se precipitó para tomar entre sus brazos a su hija predilecta.
Florencia se puso de pie y recibió el saludo de su nuevo padre no sin emoción. “Bienvenido, padre, en buena hora ha llegado” y después se fue a abrir su horno para vigilar el dorado de sus panecillos. El agua estaba colocada y las tazas del té preparadas.
El padre se sentó al armonio y dibujó algunos arpegios que llenaron la casa. Allí se puso a alabar el instrumento y luego ya sentado a la mesa se puso a hablar del canto llano en la Iglesia y de la evolución de la música litúrgica como buen habitante de la ciudad de Colonia. En aquel momento se siente la sacudida de los pies en la galería y aparece Tobías quitándose el gabán y colgándolo en el perchero.
-“Bueno valió la pena mojarse un poco ¡Además los espinillos y talas despedían tal aroma bajo la llovizna benefactora que querría seguir caminando en el monte! Se ve que habéis pescado al pez gordo que bajaba por el torrente serrano” dijo sonriendo y estrechando entre sus brazos al cura.
La vida parece sublimarse en aquellos momentos en que Dios reparte sus dones prometidos. El gusto de la amistad y de la comunión desbordaba en aquella cocina esa tarde del anuncio primaveral. Hay que decir que la lluvia en el campo es una bendición cabal y jamás podría calificarse de mal tiempo como en las ciudades siempre de espaldas a la realidad real.
Las tazas preparadas y la tetera ya llena de agua sobre las hojas del verdadero té inició el encuentro con el descubrimiento de los panecillos dulces que se untaban con ricota fresca. Toda la luz azulada de los campos se entraba en la cocina  resaltando aquellos rostros beatificados por el tiempo pleno. Los jóvenes con su tío paradigmático benefactor y el sacerdote que halló los hijos que con el celibato se había privado. La tarde inusual cubierta de nubarrones que se desgajaban en las sierras y la profundidad espesa del monte los incluía y pacificaba de tal manera que la conversación se encendió animada en la cocina:

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