Ahora las tardes de primavera obligaban a los esposos a caminar entre los almendros, ciruelos, duraznos y damascos en flor para no perderse lo efímero de su manifestación que es una clara alabanza de la gloria ¿O puede ser simple biología funcional? ¿Cantan los pájaros para cosas específicas? Sin duda lo harán pero, como dice don Quijote a los barberos del mundo: ¡cuan ciego es quien no ve por tela de cedazo! Sin duda tendrá barbada el alma quien no perciba el plus de vida que explota en un huerto semejante.
Los esposos revisaban su huerto donde ya había algunos frutales grandes y tocaban, como quien palmea a los jovencitos que tienen algún éxito en el deporte, a los que ellos habían puesto.
Se formaba ahora un bosquecillo al pie de la loma, detrás de la casa donde se elevaban también unos pinitos alepensis protectores de hongos. La acequia pasaba rumorosa por el borde y debajo por el costado de la casa comenzaba la huerta y más allá, a los cien metros, porque era larga, los cercos de alambre tejido del gallinero, las conejeras, los chiqueros y la lagunita donde se estiraban los patos y un cisne que trajeron de repente no sé sabe de donde. Había pavos, gallinas y también hermosos patos. Ya todo esto estaba a unos trecientos metros hacia debajo de la casa y del otro lado de la lagunita estaba la casa de Amelia y Bernardo con los niños Mónica y Daniel que esperaban un hermanito.
En verdad es que había mucho trabajo y esto se daba entre medio de muchos animalitos. Ahora todo ordenado bajo la figura de la Cooperativa que con tanto ímpetu juvenil creara Florencio.
Había mucho que hacer pero todo era gozoso. Dar de comer a los chanchos siempre ha sido agradable y aún gracioso. Lo mismo a las gallinas a lo cual se le suma la junta de huevos y la aparición de pollitos. Los vistosos pavos son aún más graciosos. Los conejos son naturalmente amados por los niños. Pero esto no era un criadero: simplemente debía abastecer modestamente a tres familias y con lo que sobrara: ¡trueque! Por ejemplo el almacenero era interesado siempre en los huevos. Ya Florencio acariciaba la posibilidad de los dulces y otros envasados como los tomates que darían ocasión de lo mismo. No eran pocos los frutos que darían los mencionados frutales sumados a las higueras que ya existían que requerían sólo azúcar proveniente de la compra o bien del trueque, porque le leña de las cocinas salía del generoso monte. Pero había que trabajar. De hecho Bernardo cuando no vigilaba a los animales juntaba leña y después en el verano, azadón en mano, sacaba yuyos sin cesar. Creo cansar con la repetición de un concepto: es un trabajo ennoblecedor y lo sabe quien lo ha probado. Sin mencionar el empleo del caballo que es noble por esencia. Ellos usaban un carro jardinero para ir a pueblo y daba envidia verlos cuando los cuatro se subían con sus canastas y partían enganchando dos yeguas por el camino hacia la tranquera. El trote de los caballos ya es como el avanzar de los compases en una sinfonía. Ya hemos dicho que el campo se venía encima en el viaje y sobre todo ahora que había llovido. Los aromas de los chañares y las breas formaban una atmósfera espesa que el vehículo parecía desenmarañar y las sierras atraían, llamaban y absorbían a quienes cabalgaban o desembarazados eran llevados por crujiente carro hacia ellas
¡Nunca dejaron de sentir tal hechizo al hacerlo Florencia y Flora en cincuenta años! Y en las primaveras y veranos usaban la misma jardinera, luego en años sucesivos, ya cargada con los productos de la huerta que hemos mencionado.
La vida, como el poder, busca crecer mas ella es dulce y siempre produce más vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario