El primer mes del verano pasaba. Esto lo notaron porque sus nuevos amigos concluyeron sus vacaciones y partieron. Siempre esto indica la finitud de nuestra existencia aquí pero al mismo tiempo que estamos hechos para otro estado mas lisonjero. La felicidad misma ahora produce dolor ¡cuanto más producirá la infelicidad!
Así lo decía Flora una mañana:
"Soñé que te gritaba y que perdíamos esta armonía que ahora poseemos".
Florencio contestaba:
"Creo que debemos preocuparnos por los días de las vacas flacas cuando el Señor nos dé las noches. Toda experiencia indica que a mayor plenitud espiritual le corresponden. Hay virtudes que adquirir y gracia que impetrar y penitencia que frecuentar".
"Y juntos recibir la eucaristía: que para ello fue instituida" dijo Flora consolada.
"No hay que confiar en la bondad natural porque se deteriora pasito a pasito sin que se note y adentro de uno anidan imperfecciones pequeñas que crecen. De todas formas el ataque vendrá, llegará el día en que seremos tentados para que desconfiemos uno de otro. Hay un especialista en ello según el cuento más conocido del mundo", decía con solidez Florencio.
"Y sobre mí vendrá según se acentúa en el relato" decía temerosa Flora.
"Sí, tu sueño te indica el comienzo. El sueño es un remedo de la nada de donde venimos o mejor de donde no venimos pues ya éramos en Él", decía el amigo del filósofo.
"A mí me compete la piedad directamente, no la filosofía" contestaba Flora
"Seguramente como hija de María que muestra el sacramento de la piedad" decía agudamente Florencio.
"De todas maneras no estamos solos como Adán y Eva en el paraíso. Tenemos la visibilidad del orden sagrado, a nuestro padre Mateo. A él me asiré yo para que no me aleje de la madre de Dios" decía la delicada Flora.
" A eso iba -contestaba el esposo- : no hay salvación sin sacramentos completos porque la furia del contradictor no requiere menos. Además decía mi amigo que la existencia en su condición de tal es como un juego de ajedrez y nuestro opositor juega con fichas negras con cada uno de las personas buscando jaquearlas. Hay una película de Bergman donde el caballero juega contra la muerte a quien sin saber le ha confesado como sacerdote sus secretos. No hay para qué personificar a la muerte si tenemos al homicida que busca aniquilarnos como dicen los apóstoles".
"Ah querido y cada uno juega su propia partida. En eso no estamos juntos. Parece que el jugador de negro está moviendo las fichas por momentos" dijo Flora con cierto desaliento.
"Somos uno sacramentalmente pero nuestras personas nos hacen únicos y separados. Nuestra relación no debe interrumpirse pues quedaríamos aislados. Estamos uno frente y hacia el otro. Pero sí puede lograr aislarnos. Y no basta jurar: ¡no lo dejaremos! Sin el auxilio de la gracia quizás no pudiéramos", dijo con buen conocimiento su esposo.
"Pues entonces no nos perderemos el auxilio de los sacramentos y ahora "cada día tiene su afán" le contestó Flora mientras salía corriendo al encuentro de los niños que traían las vacas al ordeñe.
Florencio seguiría con su tarea mañanera de control junto a Bernardo lo cual exigía montar a su alazán e internarse por los senderos aspirando el aroma indefinible de los árboles y arbustos del monte.
El trabajo de cada día indicaba sin duda al pan que había que comer con el sudor de la frente. Una lucha consigo mismo como ya la conoció Platón en el Laques.
Así lo decía Flora una mañana:
"Soñé que te gritaba y que perdíamos esta armonía que ahora poseemos".
Florencio contestaba:
"Creo que debemos preocuparnos por los días de las vacas flacas cuando el Señor nos dé las noches. Toda experiencia indica que a mayor plenitud espiritual le corresponden. Hay virtudes que adquirir y gracia que impetrar y penitencia que frecuentar".
"Y juntos recibir la eucaristía: que para ello fue instituida" dijo Flora consolada.
"No hay que confiar en la bondad natural porque se deteriora pasito a pasito sin que se note y adentro de uno anidan imperfecciones pequeñas que crecen. De todas formas el ataque vendrá, llegará el día en que seremos tentados para que desconfiemos uno de otro. Hay un especialista en ello según el cuento más conocido del mundo", decía con solidez Florencio.
"Y sobre mí vendrá según se acentúa en el relato" decía temerosa Flora.
"Sí, tu sueño te indica el comienzo. El sueño es un remedo de la nada de donde venimos o mejor de donde no venimos pues ya éramos en Él", decía el amigo del filósofo.
"A mí me compete la piedad directamente, no la filosofía" contestaba Flora
"Seguramente como hija de María que muestra el sacramento de la piedad" decía agudamente Florencio.
"De todas maneras no estamos solos como Adán y Eva en el paraíso. Tenemos la visibilidad del orden sagrado, a nuestro padre Mateo. A él me asiré yo para que no me aleje de la madre de Dios" decía la delicada Flora.
" A eso iba -contestaba el esposo- : no hay salvación sin sacramentos completos porque la furia del contradictor no requiere menos. Además decía mi amigo que la existencia en su condición de tal es como un juego de ajedrez y nuestro opositor juega con fichas negras con cada uno de las personas buscando jaquearlas. Hay una película de Bergman donde el caballero juega contra la muerte a quien sin saber le ha confesado como sacerdote sus secretos. No hay para qué personificar a la muerte si tenemos al homicida que busca aniquilarnos como dicen los apóstoles".
"Ah querido y cada uno juega su propia partida. En eso no estamos juntos. Parece que el jugador de negro está moviendo las fichas por momentos" dijo Flora con cierto desaliento.
"Somos uno sacramentalmente pero nuestras personas nos hacen únicos y separados. Nuestra relación no debe interrumpirse pues quedaríamos aislados. Estamos uno frente y hacia el otro. Pero sí puede lograr aislarnos. Y no basta jurar: ¡no lo dejaremos! Sin el auxilio de la gracia quizás no pudiéramos", dijo con buen conocimiento su esposo.
"Pues entonces no nos perderemos el auxilio de los sacramentos y ahora "cada día tiene su afán" le contestó Flora mientras salía corriendo al encuentro de los niños que traían las vacas al ordeñe.
Florencio seguiría con su tarea mañanera de control junto a Bernardo lo cual exigía montar a su alazán e internarse por los senderos aspirando el aroma indefinible de los árboles y arbustos del monte.
El trabajo de cada día indicaba sin duda al pan que había que comer con el sudor de la frente. Una lucha consigo mismo como ya la conoció Platón en el Laques.
No hay comentarios:
Publicar un comentario