Me es raramente gozoso avanzar en un tiempo que no avanza sino en el origen de una decisión: la de la verdad presentida por esto dos jóvenes a quienes les seguimos el rastro de un espacio donde no nos es dable ver el movimiento.
Estamos en verano donde el día solar es más largo pero la sierra aporta su mismidad. Arde como llama de amor tierno con fuego que consume y que no quema del alma en el más profundo centro en un mismo día.
Una cosa es ir por una carretera eludiendo automóviles o estacionando en una ciudad a la hora del atardecer entre las múltiples cosas del sistema de las necesidades y muy otra recibir la totalidad de la sierra encendida en una llama sin obstáculo alguno en el ritmo de antaño con el coro de los mugidos y el concurso de un millón de pájaros de la orquesta estable de la Bendición, patria de pastizales y algarrobos, talas, chañares, quebrachos, jarillas, tuscas, breas, y piquillines.
La sierra llagaba el corazón de Flora y Florencio bajo un cielo ya rosado y este renovado atardecer duraba extensamente en ese espacio vacío y lleno de todo lo que puede sazonar la existencia que sin embargo habían detectado ellos mismos como tocada por la finitud que debía ser objeto de atención.
En el vacío se experimenta el vacío. Y no valen moralinas para decir que el amor lo llena porque termina siendo una fuga del gran llamado de la Palabra del ser precisamente a ser...personas.
Florencio y Flora estaban en esa estela que llamamos tiempo. Admirados contemplaban el discurso de su vida matrimonial y seriamente se preguntaban cómo ser personas sin sucumbir al torrente de los entes en su arrastre creciente cuya aceleración habían visto en las ciudades que crecían en orgullo.
Y qué encontrarían entre ellos para trabar este viaje hacia sí mismos en su ser recibido. El cura y su ámbito debían ayudar.
Estamos en verano donde el día solar es más largo pero la sierra aporta su mismidad. Arde como llama de amor tierno con fuego que consume y que no quema del alma en el más profundo centro en un mismo día.
Una cosa es ir por una carretera eludiendo automóviles o estacionando en una ciudad a la hora del atardecer entre las múltiples cosas del sistema de las necesidades y muy otra recibir la totalidad de la sierra encendida en una llama sin obstáculo alguno en el ritmo de antaño con el coro de los mugidos y el concurso de un millón de pájaros de la orquesta estable de la Bendición, patria de pastizales y algarrobos, talas, chañares, quebrachos, jarillas, tuscas, breas, y piquillines.
La sierra llagaba el corazón de Flora y Florencio bajo un cielo ya rosado y este renovado atardecer duraba extensamente en ese espacio vacío y lleno de todo lo que puede sazonar la existencia que sin embargo habían detectado ellos mismos como tocada por la finitud que debía ser objeto de atención.
En el vacío se experimenta el vacío. Y no valen moralinas para decir que el amor lo llena porque termina siendo una fuga del gran llamado de la Palabra del ser precisamente a ser...personas.
Florencio y Flora estaban en esa estela que llamamos tiempo. Admirados contemplaban el discurso de su vida matrimonial y seriamente se preguntaban cómo ser personas sin sucumbir al torrente de los entes en su arrastre creciente cuya aceleración habían visto en las ciudades que crecían en orgullo.
Y qué encontrarían entre ellos para trabar este viaje hacia sí mismos en su ser recibido. El cura y su ámbito debían ayudar.
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