viernes, 19 de julio de 2013

EL GRAN DESAFÍO DE LA EXISTENCIA

La plenitud de sus tareas, como sabemos, terminaban en la oración. Esa tarde después de regar la huerta delante de los colores intensos de sierras y nubes que avanzaban por las cumbres rezaron el rosario caminando hacia la tranquera. Flora tocó el armonio para los niños con alegría. Luego llegó el momento de los salmos que fueron cantados y musicalizados. Luego vino la lectura del día y más allá la comida de tanta variedad de verduras y huevos como tenían. Después el dulce de leche con nueces. La naturaleza creada es pródiga si hay inteligencia y trabajo ordenado.
Después venía el sentarse bajo las estrellas y conversar en los cielos. Así era su vida y sin embargo aún debían vencerse a sí mismos. La fe es ardua en cualquier hombre que sea ya que debe alcanzar la caridad que debe asentarse en una perfecta disposición y orden del alma, por su parte sensible a cualquier desorden.
Tenía razón Flora: cada uno está solo por más cercano, ya que tiene flancos por donde se cuela la grima. Hay pues una disputa en lo invisible y esto requiere una purificación de la fe. 
Lo bueno era que los esposos lo sospecharon desde el principio y tenían por suerte con quien tratarlo. Los santos habían acumulado gran experiencia de todo esto. Ellos tenían el ejemplo de Tobías a quien hacía una semana que no veían: ¡tan ensimismado estaba el viejo!
Ellos hablaban despacio de todo ello como quien captura estrellas una a una en la inmensa noche. Cara a cara con el universo estaban dispuestos a hacerle frente a las noches del espíritu y no tenían intención de distraerse ni siquiera con el arte. Lo primero era lo primero y era el fin último.
Era bello el verano pero sentían la mordedura de la existencia. Entonces bajo aquel infinito recordaban la pregunta de Jesús:

                   ¿DIOS MÍO DIOS MÍO
                     POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

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