martes, 1 de mayo de 2012

EL MISÁNTROPO SERRANO

No podía faltar algún escritor considerado “loco” por él mismo y por los demás, el cual era profesor de literatura en la escuela secundaria cuando fue fundada, porque antes lo fue de la primaria. Pertenecía a la clase escasa de los misántropos, que por serlo terminan siendo maestros, al hallar en la escuela el otium segregado del mundo del negotium ,de los negocios que existen también en el ámbito académico y quizás allí con más virulencia por el cursus honorum de los especialistas. Aurelio Agustín Ruvituso, que así se llamaba el hombre de letras, había estudiado todas las literaturas con igual pasión. Por eso era diestro en lenguas clásicas, más aún en lengua francesa, bueno en la inglesa y aceptable en la alemana. Por cierto sus lenguas eran la española y la italiana, por parte de padre y madre. Hubiera estado destinado a la Universidad en la facultad de Letras pero su misantropía lo llevó primero a los riscos y las cañadas y luego quedó preso de su propia ternura y humanismo cuando una directora lo conoció y lo comprometió con la escuela. Así dio un paso hacia la escuela y terminó dando dos hacia la misma mujer que, valorándolo, hizo que también ella fuera parte de su vida, según aquello de una de las obras más antiguas de las letras: NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTE SOLO. Además, extravagante como era y navegando sin timón en el los mares de la existencia era bueno que no sólo lo tuviera sino aún quilla y blancas velas, que habrían de ser los hijos que todo hombre que no sea religioso debe tener para sentir al ser imagen de Dios, quien es verdaderamente Padre y quien reside toda paternidad en el cielo y en la tierra. Caminaba por las calles del pueblo siempre absorto en alguna obra que rescribía, es decir narraba, para presuntos alumnos que no había tenido y que tampoco hubieran tenido tiempo para escuchar toda la Divina Comedia verso por verso y canto por canto o bien cada una de las Comedias de Shakespeare obtenidas de una original lectura en la lengua propia donde sonaba la rima y las palabras hablaban por sí mismas. Él hacía esto por respeto y homenaje a la literatura, que consta de palabras como la pintura de formas y colores. Detectaba los tropos y las figuras retóricas en discursos y parlamentos, puesto que los escritores en lengua romance habían aprendido de los clásicos y gozaban con la visión de la literatura como un todo presente. Nunca se enteraron lo que historiadores de la cultura y los críticos habían de endilgarles correcta o incorrectamente, ocupados hasta hoy si Shakespeare tuvo tales amoríos para quitarle la autoría de casi todas las obras. Y él quería hacer tal análisis que procedía de las preceptivas que de niño venía estudiando por consejo de su padre: de profesión relojero y lector empedernido, quien le dejara una casita en las afueras del pueblo sobre el mismo pie de la sierra. Así con este amor a las obras maestras de todas las épocas las narraba en la forma más estricta (breviter ac dilucide), con un método propio, como manera de mantenerlas vivas, por lo menos en su memoria, ya que encontrar a quien participara en esta fiesta, nunca lo encontró, bien que tampoco lo buscó, porque quienes podríamos llamar “sus colegas” estaban concentrados o bien en los autores destacados por la crítica, coetáneos, o bien en las estructuras de las cosas hodiernas, es decir en la lingüística en detrimento de la filología. Él era en este sentido un amante del logos. Las palabras, decía él, las profieren con amor los escritores y son, luego, dejadas de lado para ir a parar a las cosas de la cultura, es decir no escuchadas en su tesoro, en su calidad de fuente de agua viva, que exigiría vender lo que se tiene y bajar colgado como don Quijote a las profundidades tenebrosas de la cueva de Montesinos traspasando los grajos y las cambroneras. Pues bien, tal extravagante profesor a veces se encontraba con el médico, no solo en calidad de paciente (todos, sean misántropos o no, lo requieren para sí o para los suyos) sino que en ocasiones hablaban en el único bar confitería del pueblo de cosas impalpables e inauditas. Y a veces compartían temas locales con los vecinos que no se asustaban de sus conceptos: el jefe de correos, el viejo empleado de la comuna, y otro visitante circunstancial que hubiese en este pueblo tan intenso cuanto de extensión menguada. En lógica: mucha comprensión y poca extensión para beneficio de la libertad. Lo que mucho le costó fue ir a Misa pero finalmente debió ceder por la primera comunión de sus hijos y no bien conoció a Mateo nada tuvo que objetar por mor de lo que los hombres versados en lo más humano de lo humano padecen frente al formalismo de los meros observantes del catolicismo y de sus insípidas e insipientes moralinas. Aquí vio, Scheeben mediante, primero la vida del espíritu verdaderamente universal, la vida en el misterio del Pleroma de la gracia y como nunca abandonó el griego y el latín (lengua de la caudalosa patrística), podemos decir que se salvó también de las moralinas no católicas más activas y modernas, aunque él decía, como sano misántropo, que la moralina era como el lago de pez hirviente a borbollones por donde, intrépidos, había que arrojarse como el caballero para ver el sol que “luce con claridad más nueva”. ¡Si! la gran literatura (leída con amor de lector, en un rincón bajo el haz de luz de una lámpara de pie o delante de las sierras en un banco bajo un algarrobo) nos salva de rinocerontes que acrecientan la manada de la cultura dándose gloria unos a otros, para decirlo con un autor preferido de Aurelio. Así sentía este admirador, también, de Timón de Atenas. Se observa al punto que era un hombre inestable y quijotesco, lleno de recelo contra todos a quienes experimentaba cuando los conocía como sordos para la nobleza caballeresca, pero se calmaba por lo mismo que a todos tranquilizaba: estas sierras grandes que a quienes habitaban a sus pies los cubría con su sombra como el Espíritu Santo. ¡Había que vivir esos días con la delectación morada de Lugones, dando la vuelta a las estaciones bajo la fragancia de esas cañadas y laderas que palpitaban con las horas, lleno de conceptos virgilianos horacianos y rubenianos, cada vez comprobando tras las tormentas de verano que el Psalmo Pluvial de Lugones era la crónica de la tarde serrana! ¡Había que vivir desasido del torrente de la cultura ciudadana y atender a los torrentes que bajan de la montaña en esos veranos solitarios! Cuando Aurelio partía entrada la tarde por esos caminitos que se hacían senderos, bordeando el río que recordaba aquel del salmo XCII de la escritura: LEVANTAN LOS RÍOS YAHVEH LEVANTAN LOS RÍOS SU VOZ LOS RÍOS LEVANTAN SU BRAMIDO Piadosamente comparados con el Dios vivo: MÁS POTENTE QUE LAS AGUAS CAUDALOSAS, MAS POTENTE QUE LAS OLAS DEL MAR MÁS POTENTE ES YAHVEH EN LAS ALTURAS. Esa experiencia poética poderosa cuando se perdía por los senderos hacia arriba, valía más para él que todas las universidades del mundo. Y si él no había sido atento a la salmodia, en sus comienzos, era de los pocos quizá entonces que conocía las elegías de Hölderlin, desde las cuales crecen gigantescos sentimientos inauditos. Y esto no podía hacerlo estable y accesible. ¿Qué otra cosa hacía que ir de cumbre en cumbre como montañista de la literatura? Y yendo por sus soledades y por sus soledades viniendo, habitaba en su propia aldea, rodeada de huertos con olivos, nogales, frutales que en primavera producían su intensa floración, en verano los frutos admirables y en otoño los colores que tanto amaba a falta de galerías de arte; caminaba por sus calles, saludando a los que compartían aquella atmósfera densa, azul morada de las horas, entre el sulky que pasaba y el caballo overo atado al palenque del correo hacia adonde acudía con más frecuencia (estaba en el otro lado del pueblo, de espaldas a un campito cercado por álamos criollos) aprovechando para comprar el pan que salía crocante de la cercana panadería; pasaba las mañanas en la escuela desde el izamiento siempre sublime de la bandera hasta la algarabía de la salida de los niños y los jóvenes. Cada vez se veía bienaventurado por todo esto y podía cantar con Lope: NO SÉ QUE TIENE LA ALDEA DONDE VIVO Y DONDE MUERO QUE CON VENIR DE MÍ MISMO NO PUEDE VENIR DE MÁS LEJOS.

2 comentarios:

  1. nO SÉ PORQUE PUBLICA TODO SEGUIDO SIN SEPARACIONES DE PUNTO Y APARTE. LOS HE PASADO DE UN ARCHIVO PORQUE NO TENÍA CONEXIÓN.
    TODO SE REMEDIARÁ CUANDO LO ESCRIBA EN PAPEL Y PUEDA AMPLIAR EL TEXTO SEGÚN ADQUIERA CONFIANZA

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