Por intenso que hayan sido los meses vividos por el calendario litúrgico y por la enjundia natural de las estaciones, medido así, por meses, poco había transcurrido.
¡Así sucede cuando no se miden las cosas iguales del mundo y por el contrario uno se introduce en la mismidad de lo mismo! La sensación de profundidad era mucha, como si hubieran caído en la cueva de Montesinos cuando al salir el tiempo era otro.
Los esposos no habían vivido, es verdad, la vida seria del progresismo de la civilización y todavía vivían su juventud que es naturalmente más espesa por la ilusión de un futuro amplio todavía no transitado y que luego defrauda al traspasarlo.
Pero habían caído ya afuera de aquel tiempo menguado del mundo ciudadano donde el único escape de la esclavitud del trabajo, sea alto o bajo, está dado por el entretenimiento o las vacaciones.
Ellos, visto así, vivían de vacaciones en el trabajo y su vida era obedecer al salmo: VACATE ET VIDETE QUONIAM EGO SUM.
Por eso se hallaban ya encarando su primera Pascua, estaban a una luna de la luna de Pascua cuando crucifican a Jesús. Y se hallaban leyendo en sus noches la VIDA DE JESUCRISTO de Ricciotti ya sintiendo a su alrededor los campos maduros del otoño.
No hay modo de encarecer cómo se ponían las praderas con millones de fragantes florecillas entre los montes de jarillas, tuscas, espinillos y algarrobos, entre otros árboles de la gracia creada.
No hay modo de escuchar los miles de sonidos que se despertaban al paso del caballo al ingresar en el interior de aquellos campos ya otoñales que llevaban en su madurez todo el ardor del verano. Habían caído las lluvias principales, se habían llenado las represas, los árboles comenzaban a concentrar su verdor y los pastos inefables arrojaban aromas del olvidado paraíso.
Las vacas, los terneros, los novillos y toros formaban la ciudad de Dios señoreada por las tropillas de caballos de pelajes pintorescos.
Parecía que la cuaresma era una sinfonía de alabanza al redentor del universo en lo poco de quienes esperan el gozo de su Señor.
Florencio había llevado a Flora en su incursión a una parte de la estancia y quedó ella envuelta en mil aromas de hierbas que maduraban recogiendo todos los ramitos que pudo para su cocina, centro del universo.
La vida era más y más ingreso en la espesura del habitar y tenía además la protección de la gracia que en manos del pastor de almas, del terapeuta sacerdotal de aquel privilegiado pueblito, llegaba al mejor cuidado.
Esto era bueno para el cura que maduraba en la cuaresma y para los cuidados por él que incrementaban su fe sin distracciones. No es raro pensarlo ya que los campos siempre han sido bendecidos por las estaciones bellas, en este caso claustrados por las sierras tan nombradas que atesoraban como un escriño delicado lo que emanaban los campos otoñales. Y siempre la liturgia nos agracia de la Navidad a la Pascua con su contenido que nutre el alma y propicia el remanso del Espíritu.
Pascua y resultado del año en la Bendición. Se venderán los animales gordos y grandes en la feria y se envasarán los productos de la granja. Los dulces de ese período no eran tantos pero si fueron los primeros que dieron origen al capital de la cooperativa que estuvo muy activa no dejando pasar fruta alguna. Tenían el producto del trueque para el invierno y las alacenas llenas con el tomate, las chauchas, las aceitunas envasadas, preparándose para los escabeches de pollo y de conejo y de berenjenas y luego para la factura de cerdo.
Lo de antes, lo de siempre pero organizado cooperativamente por la ciencia de Florencio, que recién comenzaba pero como dijimos no lo parecía.
Esto lo decimos con entusiasmo siguiendo a nuestros personajes pero a muchos les parecerá poco y nada.
¿Esta es la anécdota de esta novela?
¡Así sucede cuando no se miden las cosas iguales del mundo y por el contrario uno se introduce en la mismidad de lo mismo! La sensación de profundidad era mucha, como si hubieran caído en la cueva de Montesinos cuando al salir el tiempo era otro.
Los esposos no habían vivido, es verdad, la vida seria del progresismo de la civilización y todavía vivían su juventud que es naturalmente más espesa por la ilusión de un futuro amplio todavía no transitado y que luego defrauda al traspasarlo.
Pero habían caído ya afuera de aquel tiempo menguado del mundo ciudadano donde el único escape de la esclavitud del trabajo, sea alto o bajo, está dado por el entretenimiento o las vacaciones.
Ellos, visto así, vivían de vacaciones en el trabajo y su vida era obedecer al salmo: VACATE ET VIDETE QUONIAM EGO SUM.
Por eso se hallaban ya encarando su primera Pascua, estaban a una luna de la luna de Pascua cuando crucifican a Jesús. Y se hallaban leyendo en sus noches la VIDA DE JESUCRISTO de Ricciotti ya sintiendo a su alrededor los campos maduros del otoño.
No hay modo de encarecer cómo se ponían las praderas con millones de fragantes florecillas entre los montes de jarillas, tuscas, espinillos y algarrobos, entre otros árboles de la gracia creada.
No hay modo de escuchar los miles de sonidos que se despertaban al paso del caballo al ingresar en el interior de aquellos campos ya otoñales que llevaban en su madurez todo el ardor del verano. Habían caído las lluvias principales, se habían llenado las represas, los árboles comenzaban a concentrar su verdor y los pastos inefables arrojaban aromas del olvidado paraíso.
Las vacas, los terneros, los novillos y toros formaban la ciudad de Dios señoreada por las tropillas de caballos de pelajes pintorescos.
Parecía que la cuaresma era una sinfonía de alabanza al redentor del universo en lo poco de quienes esperan el gozo de su Señor.
Florencio había llevado a Flora en su incursión a una parte de la estancia y quedó ella envuelta en mil aromas de hierbas que maduraban recogiendo todos los ramitos que pudo para su cocina, centro del universo.
La vida era más y más ingreso en la espesura del habitar y tenía además la protección de la gracia que en manos del pastor de almas, del terapeuta sacerdotal de aquel privilegiado pueblito, llegaba al mejor cuidado.
Esto era bueno para el cura que maduraba en la cuaresma y para los cuidados por él que incrementaban su fe sin distracciones. No es raro pensarlo ya que los campos siempre han sido bendecidos por las estaciones bellas, en este caso claustrados por las sierras tan nombradas que atesoraban como un escriño delicado lo que emanaban los campos otoñales. Y siempre la liturgia nos agracia de la Navidad a la Pascua con su contenido que nutre el alma y propicia el remanso del Espíritu.
Pascua y resultado del año en la Bendición. Se venderán los animales gordos y grandes en la feria y se envasarán los productos de la granja. Los dulces de ese período no eran tantos pero si fueron los primeros que dieron origen al capital de la cooperativa que estuvo muy activa no dejando pasar fruta alguna. Tenían el producto del trueque para el invierno y las alacenas llenas con el tomate, las chauchas, las aceitunas envasadas, preparándose para los escabeches de pollo y de conejo y de berenjenas y luego para la factura de cerdo.
Lo de antes, lo de siempre pero organizado cooperativamente por la ciencia de Florencio, que recién comenzaba pero como dijimos no lo parecía.
Esto lo decimos con entusiasmo siguiendo a nuestros personajes pero a muchos les parecerá poco y nada.
¿Esta es la anécdota de esta novela?
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