sábado, 1 de marzo de 2014

TANTO MONTA DESATAR COMO CORTAR

Los esposos no veían sino este espectáculo de los doscientos kilómetros de sierras: a la sazón meseta de nubes gigantes del lluvioso verano del valle.
Creían que bien y verdaderamente ellos eran favorecidos con ellas, que existían para ellos. Y así era la verdad pues la belleza es para quien tiene en su espíritu la idea y ve según ella le va significando. Y la idea es patrimonio de la condición originaria del alma según Platón al cual nosotros adscribimos sin dudar, con toda fidelidad al mejor escritor de la historia. ¿O acaso alguien podría retratar a Sócrates mejor y escribir con más sustancia? Esperamos que alguien diga: sí soy yo o es aquel.
Pues bien ellos no refrendaron la huida de Adán y Eva del paraíso. Se ha dicho, Milton por ejemplo, que cabizbajos salieron. Sin embargo Eva tomó una determinación y no se vieron lágrimas de arrepentimiento. Tampoco hoy en día.
 Dios era el objeto de su gozo sin tener que ocuparse de las cosas. Pero cualquiera que observa la realidad de los hombres se da cuenta que están felices con y entre las cosas que son materia de infinita ocupación, donde obtienen gloria unos de otros y aún se solazan en la disputa por ellas sin temer la muerte, salario de su salida.  Platón lo vio en la caverna también.
He aquí que el trato con las personas divinas posesoras del ser simple infinito, perfecto y uno, era una responsabilidad que no quisieron llevar. Y no se dice nada de sus sentimientos pero se pueden deducir por sus acciones, inspiradas por aquel que sí rechazó, como imposible de llevar, la CHARITAS del Dios que se autorreveló en ella, que hace resonar: los últimos serán primeros.
Salieron así a campear por la igualdad entre las cosas lejos de la luz del creador y comenzaron la vida en este mundo, que se puede evaluar como exitosa a la luz del poder técnico alcanzado aunque con la sensación del fracaso humano en cuanto al amor entre los hombres y las explosiones de odio a la vuelta de cada día. 
Pero están ahitos de poder y tras él van sintiéndose señores del bien y del mal ¡Ser su propia medida es lo que anhelaron desde el origen! Así lo vieron los genios que escribieron el Génesis. Quizás pudiera señalárseme un escrito más famoso y abonado. 
Pero no somos todos unos. Algunos no siguen este designio antropológico y social. Algunos quieren abismarse en lo infinito desde el más acá por el camino de lo simple y no sólo no temen estar ante la faz prometida de Dios sino que se colocan en la situación del don del paraíso, es decir del camino del campo en lo siempre mismo.
Florencio y Flora aunque jóvenes no tuvieron asco del paraíso (porque tal fue el caso de Adán y Eva) y permitieron que Dios se acercara a fuer de infinito: cuanto más que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros ¿Qué excusa tendrían para rechazar en el don del Espíritu derramado en los corazones que sella su presencia? 
Además el paraíso es ahora Él y el antiguo quedó en la tierra para que lo habitaran: cielos azules y rojos, montañas celestes y prados floridos, ríos rumorosos, aves compañeras. 
Los hombres prefirieron desde el origen Babel y luego Sodoma. Si hubieron ciudades santas como Jerusalén ni Jesús las estimó y en ella hubo de ser crucificado bajo la anuencia de las masas, hoy votantes ciegos. De hecho la ciudad es el lugar más apartado de la paz. A mayor tamaño menos paz. 
Don Quijote nunca entró en una gran ciudad con excepción de Barcelona, la patria de Florencio. Y fue al final. Durante su transcurrir aventurero el momento más glorioso fue el de la sierra Morena ¡Cómo nos rezamos el millón de avemarías con él en la Peña Pobre! y hablamos de la novela puesta en la cima de la Literatura. Para no mencionar la pureza de los bosques shakespearianos como Arden.
A esto se atenían nuestro personajes españoles, bien educados con la Odisea: Eumeo, el Nérito, Laertes y su huerto fueron sus despertadores.
Ahora los vemos ante las sierras espectaculares como si nada hubieran perdido de la cultura ciudadana refinada de su ciudad como repetimos a cada paso.
Los dioses olímpicos los miraban desde esas enormes nubes, las Musas los apostrofaban con su pureza y armonía ¿Para qué la habían concedido a los mortales sino para su gozo? 
El Espíritu Santo, lo sabían, los había hecho su templo y su intimidad se ampliaba día a día según aquello leído cada vez en San Pablo: el Espíritu sondea la profundidad del hombre y de Dios.
Alguien tiene que aprovechar estas revelaciones y éste era el caso de estos jóvenes intrépidos a quienes no les había temblado el pulso a la hora de tomar la espada cortante de Alejandro Magno. 

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