Todos estos días -desde la última luna llena antes de la de Pascua- se fueron espesando en intenso color de alhucema. Las sierras sin hallar más obstáculo que el verdor de los algarrobos, talas, chañares y quebrachos y de los campos maduros más coloridos emanaban esa luz violácea que todo lo divinizaba.
Cierto que para quienes han navegado alrededor de las islas Baleares no debía haber motivo de sorpresa, como era el caso de los esposos recién llegados.
Pero la intensidad del mismo día vivido era una novedad que los había puesto en un tiempo pleno: el mismo día sin la distracción del paso de los días entre actividades ciudadanas donde lo que vale es un ritmo impuesto desde fuera y donde las personas son menos tomadas en cuenta, por una suerte de planificación enajenante a la cual se van acostumbrando los hombres y a la cual obedecen después con convicción científica.
No así ellos que habían caído en la Bendición por invitación del tío ermitaño quien iba avanzando hacia el día aquel del encuentro con el Señor. Todavía les era útil sin embargo a sus sobrinos con los cuales pasaría la dichosa Pascua bajo la guía del padre MATEO amante de la liturgia.
Él, como hemos visto, pensaba que las prácticas milenarias de la santa madre Iglesia eran el fármaco benefactor para los pueblos que ya se veían acosados desde hace centurias por la cultura moderna, segura de sí misma, en pos de objetivos que por buenos irían destruyendo lo óptimo y único necesario.
No así en su rincón serrano que gozaba de cierto aislamiento y tenía la gracia y el recuerdo del cura Brochero en los paisanos.
El mal apretaba como en todo lugar pero la gracia abundaba por obra de la Iglesia que es Pleroma. Y las mañanas y tardes del paraíso estaban garantizadas por las laderas, cañadas, arroyos que bajaban de las cumbres entre hierbas aromáticas en soledades fecundas para quienes no huyeran de Dios, solo Dios.
Nuestros esposos entonces estaban como en su laboratorio. Si Adán y Eva debieron salir del jardín de Edén y no se escucharon llantos sino los que finge Milton. Ahora rota la cabeza de la serpiente nuestros amados personajes, bajo el torrente de la gracia, "bajo la iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo", navegaban hacia la vida eterna adentrándose en el misterio del hogar.
Su conversación en los cielos bajo la cruz del sur que tenían a la vista en aquel oscuro cielo sin más luz que el farol a kerosene o el de las velas antiguas se acompasaba con el crepitar de campos y montes a la paz consagrados.
Ese acontecer mide pues nuestra narración que tiene en la casita de quienes hacía menos de un año que se habían casado el espectáculo de un milagro de las horas interiores que incrementaban su admiración y estremecimiento.
El momento de cocinar para Flora, el de buscar la leña para Florencio, el de sentarse ambos a la mesa de madera de algarrobo entre sus enseres les parecía un don infinito. El humo azulado de la chimenea subía al cielo y las lucecitas en la noche quizás daban señales al viaje del universo entero como una estrellita solitaria en la inmensidad creciente de su expansión.
Y ellos sabían adonde iban y el viaje sería cada vez más hondo en la soledad dichosa.
Cierto que para quienes han navegado alrededor de las islas Baleares no debía haber motivo de sorpresa, como era el caso de los esposos recién llegados.
Pero la intensidad del mismo día vivido era una novedad que los había puesto en un tiempo pleno: el mismo día sin la distracción del paso de los días entre actividades ciudadanas donde lo que vale es un ritmo impuesto desde fuera y donde las personas son menos tomadas en cuenta, por una suerte de planificación enajenante a la cual se van acostumbrando los hombres y a la cual obedecen después con convicción científica.
No así ellos que habían caído en la Bendición por invitación del tío ermitaño quien iba avanzando hacia el día aquel del encuentro con el Señor. Todavía les era útil sin embargo a sus sobrinos con los cuales pasaría la dichosa Pascua bajo la guía del padre MATEO amante de la liturgia.
Él, como hemos visto, pensaba que las prácticas milenarias de la santa madre Iglesia eran el fármaco benefactor para los pueblos que ya se veían acosados desde hace centurias por la cultura moderna, segura de sí misma, en pos de objetivos que por buenos irían destruyendo lo óptimo y único necesario.
No así en su rincón serrano que gozaba de cierto aislamiento y tenía la gracia y el recuerdo del cura Brochero en los paisanos.
El mal apretaba como en todo lugar pero la gracia abundaba por obra de la Iglesia que es Pleroma. Y las mañanas y tardes del paraíso estaban garantizadas por las laderas, cañadas, arroyos que bajaban de las cumbres entre hierbas aromáticas en soledades fecundas para quienes no huyeran de Dios, solo Dios.
Nuestros esposos entonces estaban como en su laboratorio. Si Adán y Eva debieron salir del jardín de Edén y no se escucharon llantos sino los que finge Milton. Ahora rota la cabeza de la serpiente nuestros amados personajes, bajo el torrente de la gracia, "bajo la iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo", navegaban hacia la vida eterna adentrándose en el misterio del hogar.
Su conversación en los cielos bajo la cruz del sur que tenían a la vista en aquel oscuro cielo sin más luz que el farol a kerosene o el de las velas antiguas se acompasaba con el crepitar de campos y montes a la paz consagrados.
Ese acontecer mide pues nuestra narración que tiene en la casita de quienes hacía menos de un año que se habían casado el espectáculo de un milagro de las horas interiores que incrementaban su admiración y estremecimiento.
El momento de cocinar para Flora, el de buscar la leña para Florencio, el de sentarse ambos a la mesa de madera de algarrobo entre sus enseres les parecía un don infinito. El humo azulado de la chimenea subía al cielo y las lucecitas en la noche quizás daban señales al viaje del universo entero como una estrellita solitaria en la inmensidad creciente de su expansión.
Y ellos sabían adonde iban y el viaje sería cada vez más hondo en la soledad dichosa.
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