jueves, 19 de abril de 2012

ASSUMPTA IN GLORIA

Un rato después llegó el padre Mateo y encontró a su amigo y a sus discípulos como si estuvieran en una ermita rezando ¿Saben? tengo una proposición que hacerles- les dijo sin sentarse siquiera. Tengo que ir a ver una familia de un lugar que está sobre el dique. Les he avisado que iría con unos amigos ¿vendrían conmigo?
Ellos se miraron y asintieron saliendo de su concentración. Flora y Florencio se entusiasmaron un tanto ya que iban a pasar por pueblitos serranos y desembocar en un espejo de agua considerable visto en el mapa por ellos al venir.
Se preparó el cura y los invitó a subir al taxi de su amigo el irlandés, cómodo y espacioso. Tomó por el camino de la costa de la sierra. Era casi el mediodía invernal. A pleno sol, aunque sobre la sierra deambulaban algunas nubes de un brillo glorioso. Las sierras mostraban sus lomas, sus laderas y sus cumbres también poseían aquella luz especial y la refractaban de un modo que producía sentimientos tiernos, sublimes, inefables que invitaban a toda meditación.
 Como cae la llovizna en los campos recién sembrados así recibían esta intensa y profunda vida que emanaban sus ya amadas montañas. El cura, tan solemne en la misa, ahora hablaba a todo vapor con Tobías y  Dermy, que así se llamaba el conductor irlandés.
 Flora, curiosa, admiraba a su paso la sencillez de los ranchitos escasos que veía a su paso: corrales con algún animal, pozos con roldana,  vados de prodigiosas piedras y sobre todo: la montaña que se venía al encuentro, como cada vez, en impalpable sueño de añil,  resonando en el alma maravillas ignotas que en realidad eran promesas, anticipaciones de quien había pasado “por estos sotos con presura y yéndolas mirando vestidas las dejó de su hermosura”. Nunca en sus almas dejaba de despertarse el Cántico y siempre las montañas quedaban balbuciendo lo que el Amado regala a quienes aman su palabra.
No había para ello otro secreto sino la infinitud de lo que ya habían recibido y que era ya vida eterna, ellos y el  cosmos entero. Belleza, bondad, verdad son palabras que suelen aplicarse como predicados en este caso a las cosas. Mas era Él mismo, su Persona la que hacia resonar en la intimidad más gozosa la propia enjundia, el secreto de la criatura olvidado en aquel jardín de Edén: la persona que es cada uno.
El Chevrolet pasaba un pueblito por el costado de su plaza donde bastantes carros ligeros (el sulky) estaban estacionados y se veía alguna gente. Todo sabía al ritmo de antaño. Se quedaron prendados de aquel pueblito cuyas siete lomas habían visto desde el llano brillando como diamantes. Pensaron visitar la sierra por ese lado algún día de estos.
Saliendo, por un camino serpenteante,   pudieron ver el bajo del valle cuyos secos pastizales brillaban  hasta perderse, alternados con el monte de jarillas y algarrobos, en las sierras chicas. Pasaron por otras pequeñas poblaciones hasta llegar a la Iglesia al pie del Champaquí. Allí Mateo les dio todas las noticias del viejo templo con el mecanismo de las campanas que tocaban a sus horas. El hálito del cerro a la sazón lleno de nubes los envolvió y se lanzaron luego por una recta que parecía alejarse de la sierra para luego torcer hacia ella y subir por el asfalto que los llevaría al dique. En un momento, pasando por otro pueblo, andando en subida, entraron por un caminito de tierra que llevaba a un campito que daba al borde del lago. Atravesaron un montecito de talas, chañares y algarrobos y llegaron a una amplia casa donde los moradores asaban carne en un grande asador desde donde el humo que en línea recta subía dejaba un aroma, poderoso a esas horas para sentir agrado sumo: más para quienes venían viajando y habían salido hace muchas horas de su hogar con un parco desayuno.
Fueron recibidos como se recibe en una casa a un cura amigo: con todos los honores. Había una galería en la casa cerrada con vidriera que miraba al lago donde una mesa vieron tendida con todo lo necesario para el almuerzo que los esperaba. Alegría, presentaciones, preguntas narraciones pertinentes, establecieron jalones entre los trozos de carne asada y las ensaladas variadas con los que fueron agasajados los visitantes. Conversaciones (mujeres con mujeres y varones con varones) siguieron tras el postre, que consistió en una torta de chocolate preferida por el padre Mateo (la selva negra) y luego, mientras Mateo quedaba en alguna función espiritual y Tobías dormía una siestita, Flora y Florencio fueron invitados a recorrer el campito y su salida al lago, donde hasta subieron a un bote desde donde se encontraron entre lomas y agua frente al azul morado de la sierra.
 Ellos por cierto estaban acostumbrados a insuperables vistas. Tratándose de montaña y agua nada como Mallorca  y el divino Mediterráneo.
 Pero ellos sentían una rarísima emoción por hallarse en un ámbito propio adonde han sido traídos por un llamado, una vocación a aquella vida nueva de la cual habla con entusiasmo celestial el atribulado Apóstol. Vida sacramental en el arraigo de una tierra originaria. Otras familias que eran consideradas por ellos como un suerte de bienaventurados ya que la luz que los hacia ver la suponían común a cada uno de los que habitaban esas tierras serranas.
 Y también sentían pudor por aquella tranquilidad de Dios que todo lo tranquiliza, como dice San Bernardo. Precisamente el secreto de aquel llamado era la madre de Jesús que había ascendido a la gloria en la ASUNCIÓN. El claro que dejara era adonde ellos se habían amparado con toda credulidad. Creían que nadie que se acogía a su serenidad era defraudado. La deleitosa vida en el misterio junto a aquella que sería llamada bienaventurada de generación en generación. Habían sido admitidos en la serenidad.
La vuelta a la parroquia del padre Mateo desandando el camino tomó sierra y cielo bajo otro espesor de azules y de violetas y en otra perspectiva de visión. Iban así de gozo en gozo y  esa hora del domingo dejaba sentir su paz. En ella llegaron a su casa y Tobías a su ermita donde oraciones en el secreto le aguardaban.
Flora y Florencio otra vez encontraron los fuegos encendidos por Amelia y los niños que vibraban ante la presencia de los cálidos y entusiastas esposos, diferentes a toda persona conocida por ellos hasta allí.
Ellos  cansados por el día vivido se sumergieron en su panorámica cocina con el sol ya hundido en las sierras que resaltaban sobre el rosado del cielo con el violeta de los lirios, licuados en una sutil ola eterna.
Lista la tetera y unos panecillos dulces sobre la mesa se imponía la conversación.
“Plenitud de vivencias signos de lo mismo” dijo Florencio crípticamente.
“Gracia sobre gracia, como dijo el himno de San Juan”, contestó Flora con exactitud.
“¿Qué te pareció, viendo parte por parte, la Misa?”, preguntó él.
“Respuesta cantada: summa cum laude”, dijo ella., “la sorpresa del viaje al dique fue el regalo de nuestro nuevo maestro que en todo piensa”.
“¡Qué visión amplia que adquirimos hoy del valle: fue exquisita!” dijo él.
“La familia aquella frente al lago, la forma en que viven, la casa, todo era cálido y admirable, una especie de paradigma para nosotros”, afirmó ella con entusiasmo.
“Son cosas que después nunca se olvidan, parecieran encuentros para siempre, no sometidos al devenir”, dijo él otra vez en un concepto complejo.
“¡Cómo me interrogaban las dos mujeres y cuantos consejos e ideas me dieron en tan corto tiempo!” decía la mujercita, novel esposa.
“Vi que te llevaron adentro y te mostraron todo”, dijo él, curioso.
“Sí, los detalles del arreglo de la casa y especialmente de la cocina me fascinaron: me hicieron recordar a mis parientes de Alcúdia”-decía Flora.
“Yo me asomé pero a mí me mostraron los galpones y corrales”, decía Florencio.
“Bueno, tenemos días para revelar las fotos de nuestra memoria, ahora cabe recogernos a nuestra pieza y seguir con nuestra lectura hasta quedar cerquita del sueño” dijo ella levantando la mesa y dejando la tetera y la taza de su esposo.
“En eso estaba pensando ya mientras el Ford de Tobías enderezaba para “la Bendición” confesó Florencio.
“Nada hay como la casita de uno: cuando se va deja la mitad del alma”, afirmaba la nueva ama de casa.
Luego se retiraron a su tibia pieza donde siguieron leyendo bien abrigaditos la Historia de Abraham como quien viera una entretenida película en el cine. Seguro que la simplicidad del patriarca confirmaba su inmersión en el hogar y en un presente infinito.
La cercanía de los esposos les parecía un milagro de dicha que experimentaban con agradecimiento y estupor ¡Con qué poco el hombre y la mujer eran ricos! El calor que se daban debajo de aquel quillango, el tiempo que los envolvía, la promesa que se  habían hecho para toda la vida…Eso sí bajo aquella protección de la mujer dueña de la intimidad y la mansedumbre cuyo ascenso a los cielos en cuerpo y alma había sido declarado no hacía muchos años. Assumpta in gloria.

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