El hombre se siente determinado por el tener que hacer cosas. El antiquísimo narrador del Génesis lo atribuye al pecado original cuyo castigo es: “comerás el pan con el sudor de tu frente”. Pero he aquí que el narrador del primer capítulo (que es en realidad posterior) lo adjudica al “henchid el mundo y dominadlo”. El hecho es que la base de ambos es la unión matrimonial de quienes como personas fueron hechos a imagen y semejanza de Dios.
La esencia pues está en la religación del varón con la mujer y lo que pertenece a la esencia es tanto el origen como el fin, la forma como la materia. Este fundamento es el que habíase abierto para nuestros esposos que dormían en una deliciosa cercanía mientras la profundidad de la noche del campo los incluía al ritmo de antaño.
Encima de ellos la vía láctea resplandecía como quien asiente benévola a tal inclusión. La sierra como otra enorme ola oscura mostraba el titilar de lucecitas de algún poblado próximo que por su debilidad hacia más noche la noche. El campo con su inenarrable sinfonía del silencio pleno formaba el coro de pastizales y montecitos de árboles originarios. El aroma que emanaban sólo lo sabe quien lo ha experimentado.
Ya era avanzada la hora y ni una vaca se hacía oír pero era el momento de las lechuzas que traspasaban los aires. ¿Quién perfilaba los matices de todo que no podía calificarse en menos que sublime? Lo infinito y misterioso que suele adjudicarse al espectáculo originario (muchas veces considerado en otros climas escenario del horror) para el narrador que sigue este acontecer de los habitantes de esta estancia no es algo abstruso y desconocido: nos ha sido revelado como efecto de la bondad y la sabiduría cuyas ideas eternas se van plasmando en la creación del habitat humano, que si no es eterno es el “escabel de sus pies”.
Por ello hay seguridad y paz en medio del desorden, porque como dijo Agustín: “Tú haces que lo malo no sea pésimo” y “el desorden en el conjunto se absorbe en el orden” y “para los que se refugian en Ti les muestras que el mal es nada”. Él sostiene todo con su omnipotencia y lo lleva a su fin con su Providencia.
Al narrador en lugar de enhebrar refranes como Sancho Panza le dan ganas d e copiar toda la oración que hay en los Soliloquios acompañando a los personajes de esta rara y verdadera historia. ¡Tanto se le han asentado en su magín todos los dichos agustinianos que a toda hora, vengan o no a cuento, los arroja con ánimo de difundirlos a todo ser inteligente!
Con todo el alma, que no se entremezcla en estos asuntos, (cosa es de la mente) es el diapasón de los sentimientos que vibran con la sutileza de una viola antigua ante el arco dirigido por un ángel inspirado en esta profunda, inmensa, amplísima noche del campo entre las sierras que están hechas del material de los sueños. Sumergidos en ellos dejamos a nuestros héroes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario