lunes, 9 de abril de 2012

EL DOMINGO

La juventud tiene una naturaleza celestial que desarrolla desde la niñez, claramente angelical, entendiendo por ángel al ser puramente espiritual. El niño satisface su cuerpo simplemente con caramelos y su alma con la cercanía de sus padres. Ahora el joven se enfrenta al mundo con esa condición celestial si mantiene la conexión con la fuente inmarcesible de la niñez.
Ahora nuestros recién casados y enraizados en el valle serrano despliegan el misterio de su destino que, sabido por la fe, se llama providencia. Ahora parten hacia una nueva intimidad, otra que la de sus padres y amigos de su primera juventud. Ahora van más adentro en la espesura como poetizó Juan de la Cruz, fundamento efectivo de esta vida familiar que vamos narrando.
 Los individuos se van configurando por sus maestros y por las obras de los filósofos o santos de su preferencia. En este caso de Flora y Florencia sus preferidos indiscutibles era los autores de las obras maestras, así llamadas por la tradición, por ellos nunca objetada en una actitud opuesta a los modernos:  ellos se nutrían en Platón  y no en Bergson y en El Cántico Espiritual con preferencia absoluta. Valga el libre albedrío para que cada uno sea cada uno, como bien se dice en el dicho.
De todas maneras no eran intelectuales que tuvieran que leerlo todo para juzgar con ecuanimidad porque ellos se nutrían de lo que gozaban en espíritu (palabra sospechosa en la modernidad de sus contemporáneos) e iban hacia el habitar, cosa que no era opuesta a algún pensador de su tiempo. Recordaban haber leído aquello de su compatriota don Miguel de Unamuno cuando le preguntaban los neófitos qué debían leer hoy: “leed los diálogos de Platón”, contestaba el autor del Sentimiento Trágico de la vida.
Pero la Providencia les había hecho encontrar al cura de Colonia que profundizaba de un nuevo modo su formación desmintiendo el refrán “Dios los cría y ellos se juntan”. Claramente Dios va poniendo las personas que ayudan a ser lo que uno está destinado a ser y en esto los hombres dicen sí a su previsión, según aquello famoso de la epístola a los Romanos: “a quienes llamó a estos predestinó…”. Ha tenerse en cuenta la pobre función del azar en cierta formación filosófica “continental” como dicen los ingleses.
Y así cuando se levantaron, por ser domingo, hacían  el viajecito al pueblo con Tobías para acudir a la misa oficiada por Mateo: todo un regalo para ellos, que sentían la autoridad de la Iglesia bien representada y sobre todo la amistad que el mismo Jesús había ofrecido a los hombres. Se suele decir (y es falso proverbio) que nada es perfecto en esta vida pero he aquí que Jesús manda a ser perfectos y las virtudes lo hacen posible para Aristóteles, por nombrar sólo a un pensador de la Antigüedad. Además los criadores de caballos y de vacas puras de raza reirían ante este pesimismo válido sólo para “los seres perfectos de la creación” según la versión antropológica relativista¡Los caballos de raza bien cuidada, en  cambio, sí lo son!
Aquí ellos comenzaban a aprovechar la existencia de un maestro, un director espiritual, un santo, cuando tantos lo deja pasar con indiferencia o con ceguera mundanal, donde se descree de la perfección dicha.
Flora dechado de simplicidad no sentía estar sino en un camino normal de acuerdo a su sentimiento que en cuanto se desarrolla sin obstáculos o torcedores resulta ser bello, como lo describe en su Emilio el padre del Estado República y su continuador: Friedrich Schiller. Es verdad que su raíz y atmósfera lluliana le daban un contenido que podríamos denominar “místico” pero ella no lo veía como tal: ella se fascinaba con las cosas originarias (traer las vacas, ordeñar y cosas de este jaez) y sobre todo su impulso confluía en ambientar el hogar y poner el ritmo de la ternura en la intimidad. Casi se diría ( así fue en el curso de los años) que la música fue pasando a segundo plano y aún más abajo. Fue necesaria sin embargo para su familia, conforme se fue ensanchando,  la EURITHMÍA, directa de la música coral y de los conjuntos de flautas dulces (que aquí se unían a instrumentos originarios) y la música para un momento preciso: la liturgia. Pero todavía no le había llegado el armonio que venía en viaje con el cual dulcificaría los días del hogar y en ocasiones litúrgicas determinadas mantendría la tradición bi milenaria de la Iglesia. Pero la música no era ni debía ser el fin último sino el ser humana en su esencia. Así lo iba sintiendo conforme se introducía en el tiempo de su vida.
En cuanto a Florencio aficionado en la poesía clásica a esa EURYTHMÍA, no podría cultivarla sino ocasionalmente dada sus tareas rurales complejas. Pero tenía un amigo que mantendría vivo el cultivo del griego: el lenguaje eufónico por excelencia y de las más variadas métricas en la poesía. Ese amigo de la patria vasca cercana a su Cataluña no cesaría en su amistad amedrentado por la distancia, la cual era despertadora del género literario , más íntimo, el epistolar.
Hasta al autor de esta historia le parecen fuera de la realidad estas condicionantes pero debe decir que son completamente racionales y en lo que hace a los defectos es conocido el hecho de que los comienzos de un matrimonio pueden ser dulces, mansos y fervorosos. La cuestión está en la permanencia del pacto esponsal, la continuidad de la promesa. Precisamente lo que se puede excogitar de la Misa es que ha sido el medio medicinal y la impetración para salvar lo que fue dado como don: la comunión de las personas en el gran sacramento y para cada uno de los considerados hijos por Dios, es decir los hombres.
Y ellos iban en ese momento con Tobías hacia la Misa, pieza maestra de la historia que la atravesó por dos mil años “desde que sale el sol hasta el ocaso como sacrificio sin mancha”.

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