lunes, 23 de abril de 2012

EL ARROZ Y EL EJERCICIO DEL FIN ÚLTIMO

Los años jóvenes de aquellos esposos los tomaron  en vuelo no hacia las estrellas sino con ellas mismas,  con la visual de la vía láctea que se presentaba por su ventana cada vez que abrían un ojo ya que brillaba sin impedimentos en el despejo del cielo de antaño. Y así sería a lo largo de sus vidas que más y más avanzarían en el habitar del ser cuando precisamente el pensador lo estaría pensando como lo lleno y al mismo tiempo vacío. Esto acontecía en los Alpes en el momento de la aceleración de una cultura atontada para lo sagrado.
El sol apareció  pintando el contorno de las sierras y anunciaba el nuevo día, según Homero ¿Más será en verdad nuevo o el repaso del mismo día? Como el amor de Romeo y Julieta al durar un día se hizo eterno en su indestructible religación deja presumir que el alargamiento del tiempo nada hubiera añadido de nuevo sino lo que era desde el principio. El tiempo es pues misión y destino tal como ellos lo estaban experimentando, es lo que tienen que ser y eso incluye el hacer, como las patas del ciempiés salen de su cuerpo para otorgarle un movimiento lento y absolutamente seguro. No podemos pensar que la filosofía había licuado de la mente de ellos la firmeza y seguridad del entendimiento común que sólo verifica puntos que se excluyen en el tiempo y cosas nuevas que se hacen en vista de ¡conseguir medios y más medios que valen como fines sin fin! Pero si decimos que la Sofía de la filo-sofía está más cerca que las cosas y en los hombres de buena voluntad destila su jugo natural saludable como el de las frutas entonces se vuelve posible, necesaria y aún exigible.
Ellos pues se levantaron con la claridad, no porque nada los apurara sino porque sin luz eléctrica la noche los recoge rápidamente en el sueño, descontando la parca lectura a la luz de vela o lámpara, y entonces la aurora los despierta al compás de sus crecientes emanaciones de luz ¡Y había mucho que hacer!
En primer lugar buscar las vacas lecheras, luego ordeñarlas: eso era sagrado como la misa de la mañana. Por eso recordándola ellos rezaron laudes sentados en su mesa de amplia visual y luego el desayuno comentado y explicado como las lecciones de un libro de exégesis.
Abrigados emprendieron la tarea seguidos por los niños que en realidad eran los baquianos. No se podía sino alabar, después de los laudes, ese sol que salía por la sierra y avanzaba como un aluvión dorado por los campos y los senderos de los montes iluminando las sierras fronteras que llameaban en su quietud como anunciando una teofanía ¡Era el hoy donde Dios llamaba a lo simple y al fervor de los pequeños!
 La protesta de las vacas era graciosa, ante el próximo encuentro de los terneros que mugían demandando y concluía en una frenética succión le la leche que enseguida llenaba los tarros con espuma caliente. Los esposos llevaron su pequeño tarro con orgullo y los niños el suyo más grande. Pronto estaba hirviéndose en la cocina con gran cuidado. Flora seguía sus tareas en la casa mientras Florencio salió a encontrarse con Bernardo que le comunicó el estado de la hacienda que él tenía a cargo. No era una época de mucho trabajo El invierno era sano para los animales que no obstante eran diariamente controlados en las aguadas.
Se pusieron en la futura huerta y Florencio quiso comenzar un cantero donde asombró con el manejo diestro de la pala de corazón. Bernardo lo seguía a su lado y fueron dejando los terrones removidos que luego deshicieron con el azadón y alisaron con el rastrillo. Era de pequeñas medidas pues serviría como comienzo para el perejil de invierno. Lo dejaron así rastrillado y luego preguntó Florencio dónde podían conseguir ramas de morera y fueron caminando hacia unos árboles que se veían desnudos donde cortaron con una podadera  y lleváronlas al cantero donde las igualaron y las enterraron en forma de arco sobre la superficie rastrillada. Bernardo a la indicación del catalán serrano vino con una regadera rebosante de agua de la acequia próxima y roció discretamente la tierra removida. Entonces Florencio metió la mano en el bolsillo y sacó unas semillas que trajo de su Barcelona y dándole un poco a Bernardo, las esparcieron delicadamente sobre la superficie raspada por el rastrillo donde luego le arrojaron tierra hecha polvo con las manos más estiércol también pulverizado. Florencio volvió con una tela muy delgada que le colocó encima de los arcos, afirmada con unos brochecitos de madera y quedó listo ante el asombro de Bernardo que comprobó la pericia del profesor de Granja de la escuela que le había dado la parte práctica de la enseñanza. Quedó listo pero no sin colocar algunas ramas de árboles del monte con espinas para protegerla de la curiosidad de los perros ya que no estaba concluido el cerco.
Satisfechos de su obra hablaron un poco de las tareas de la tarde y cada uno se retiró a su casa. Florencio encontró a Flora ayudando a los deberes de los niños a quienes alentaba a que amaran el estudio con toda energía. Pensaba que era poca toda atención que se les brindara a esa edad tierna ante la incertidumbre que provoca el camino del hombre que tiene el libre albedrío para inclinarse hacia lo bueno, lo excelente, lo malo y aún la desgracia de lo inicuo.
 Enseñanza con alegría de palabras, de operaciones con números, del primer poema.
A ella le quedaba todavía la educación musical para el aliento espiritual de todos los niños que vendrían. Se fueron a la llegada del esposo quien echaba leña que había entrado a la cocina y examinaba el panorama culinario. La huerta le había dado hambre o bien, lo que es más probable el anhelo de la felicidad  de la comida hecha por su esposa en su propia cocina lo hacía interesarse completamente como si en ello estuviera el fin último de la vida.
Los aspectos de este acontecimiento eran como caras de un diamante muy estimado. “Allí donde tienes tu tesoro allí está tu corazón”. El joven en su propio hogar con la dulzura modesta de Flora,  su propio arroz con ingredientes elegidos, el frío, la cocina a leña, el campo con las vacas pampas inclinadas sobre el pasto, el cielo siempre despejado del valle, el aire transparente y seco, el dibujo ideal de sus sierras, la tierra trabajada por su manos: todo esto era despertador de la vida significada por el hambre.
Y así fue  que comieron   el fantástico arroz  sin prisas y acompasándose a un ritmo donde lo que llamamos tiempo no padecía torcedores y fluía manso y lo que llamamos vicios o desmesuras que lesionan el fin o bien, apetecido por la voluntad,  conocido por la inteligencia y sabido por la fe, no aparecían porque existían las virtudes de antaño tan reales como los inocuos valores de hogaño.

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