Las características de cada hombre pueden estar determinadas por el lugar y tiempo histórico pero su persona está resguardada por el responsable de la misma: la Persona a cuya imagen ha sido hecha. Me refiero al Padre y al Hijo que envían al Espíritu Santo a resaltar la persona que es cada uno, que se sabe como única. Saber esto y no haberlo dejado olvidado al compás de las épocas liberadoras hace que los personajes no naufraguen en una nube de rasgos psicosociales que provocan descripciones prolijas. Saber esto es fundamental para justificar como un hombre como el Dr.Carlos Boniface se haya venido (según el criterio de los más) a "enterrarse" en un pueblito serrano. Es que las personas cuando por un destino providencial se hallan en un despejo y lo conservan buscan estarse a sus solas para profundizar este hecho que experimentan.
Percibía Carlos durante sus estudios que si bien la belleza de los mismos lo hacía dependiente del centro de estudios la experiencia que iba haciendo de su persona al mediar la segunda década de su vida valía más que la ciencia bien que las condiciones inmediatas de la humanidad requerían el auxilio de la medicina.
Había leído sin embargo aquel cuento del viejo Miseria en don Segundo Sombra y comprendido la ironía de un mundo sin abogados ni médicos, encerrados los demonios en una tabaquera.
También había tomado contacto con Platón a través del maestro francés que llegó a conocer y leyó aquello de la ciudad de los cerdos de la República donde se dice algo semejante: con una vida diametralmente opuesta a la de las ciudades (en aquel entonces Atenas) no se enfermarían ni física ni moralmente los hombres. Así la ciencia (lo había distinguido Aristotéles) es un accidente y la persona la sustancia primera según supo primero San Agustín.
Es por ello que él se vino aquí tan joven pero no sin haber exprimido a sus profesores en teoría y práctica de la medicina. Se trajo una considerable biblioteca que por distintos medios había venido a sus manos y se suscribió a revistas médicas, dispuesto él mismo a observar y sacar conclusiones en sus pacientes. Por lo demás a cincuenta kilómetros estaba el hospital regional y a doscientos la capital de provincia y las comunicaciones eran fluidas ya en esos tiempos. Su vocación por la naturaleza lo hacía inclinarse a las plantas y a la ciencias biológicas y tenía su pequeño laboratorio no considerando que el hombre fuera algo aparte de la naturaleza y veía que la medicina se iba haciendo algo del gran mundo que se encerraba y se sumía en la técnica. Él informado formaría sin embargo el criterio médico.
Su tiempo estaba colmado. Pero lo que le daba el pueblito recostado sobre la profunda sierra era el ritmo como medida del movimiento. Como le decía el padre Mateo: no es lo mismo recitar el padrenuestro como lo hacen las rezadoras del rosario por las tardes antes de la misa que salir a caminar por senderos perdidos y decir "Padre" y diez minutos después decir "nuestro" y así sucesivamente hasta que perseverando en ello al cabo de las horas poder espaciarlo más y más: P a d r e.........n u e s t r o.......P A D R E................
Así Dios como "quien es" se viene encima mío. Al fin y al cabo espaciando tanto la sucesión del así llamado "tiempo" se asoma por allí lo eterno y quedo fijado en mi Padre eterno ya que soy hijo suyo.
Sí que la llegada a estas sierras impalpables lo habían confirmado al encontrarse con tal sacerdote. La Providencia tiene dispuesto tales encuentros como buenos dones que un Padre sabe dar a sus hijos antes que se lo pidan.
Él, por lo tanto, no corría hacia las metas que no se sabe quien pone a los hombres. La meta hacia adonde debía correr, es verdad, se le fue aclarando en el contacto con el teólogo alemán y esta meta más nos detiene pues se acerca ella misma en la medida en que uno espacia el tiempo sucesivo.
Carlos se decía como el literato, su vecino: "tengo todo el tiempo del mundo". Eso suele decirse así pero debería decirse: " el tiempo de la tierra". Y así era porque hacia abajo estaban los campos del valle, pastos y montes de inestimables y entrañables algarrobos , talas y chañares que emanaban paz sobre la villa en un verde tierno que se azulaba hacia el poniente y hacia arriba...estaba la inagotable belleza de la montaña donde Dios se hace encontradizo ya que es signo suyo.
El tiempo allí por esto si corre vuelve sobre sí. Boniface trasponía a su estancia cabe las sierras violáceas aquello de Platón en el Timeo:
EL TIEMPO ES LA IMAGEN MÓVIL DE LA ETERNIDAD
Si la belleza lo envolvía su persona en la modestia de su vida resplandecía.
Percibía Carlos durante sus estudios que si bien la belleza de los mismos lo hacía dependiente del centro de estudios la experiencia que iba haciendo de su persona al mediar la segunda década de su vida valía más que la ciencia bien que las condiciones inmediatas de la humanidad requerían el auxilio de la medicina.
Había leído sin embargo aquel cuento del viejo Miseria en don Segundo Sombra y comprendido la ironía de un mundo sin abogados ni médicos, encerrados los demonios en una tabaquera.
También había tomado contacto con Platón a través del maestro francés que llegó a conocer y leyó aquello de la ciudad de los cerdos de la República donde se dice algo semejante: con una vida diametralmente opuesta a la de las ciudades (en aquel entonces Atenas) no se enfermarían ni física ni moralmente los hombres. Así la ciencia (lo había distinguido Aristotéles) es un accidente y la persona la sustancia primera según supo primero San Agustín.
Es por ello que él se vino aquí tan joven pero no sin haber exprimido a sus profesores en teoría y práctica de la medicina. Se trajo una considerable biblioteca que por distintos medios había venido a sus manos y se suscribió a revistas médicas, dispuesto él mismo a observar y sacar conclusiones en sus pacientes. Por lo demás a cincuenta kilómetros estaba el hospital regional y a doscientos la capital de provincia y las comunicaciones eran fluidas ya en esos tiempos. Su vocación por la naturaleza lo hacía inclinarse a las plantas y a la ciencias biológicas y tenía su pequeño laboratorio no considerando que el hombre fuera algo aparte de la naturaleza y veía que la medicina se iba haciendo algo del gran mundo que se encerraba y se sumía en la técnica. Él informado formaría sin embargo el criterio médico.
Su tiempo estaba colmado. Pero lo que le daba el pueblito recostado sobre la profunda sierra era el ritmo como medida del movimiento. Como le decía el padre Mateo: no es lo mismo recitar el padrenuestro como lo hacen las rezadoras del rosario por las tardes antes de la misa que salir a caminar por senderos perdidos y decir "Padre" y diez minutos después decir "nuestro" y así sucesivamente hasta que perseverando en ello al cabo de las horas poder espaciarlo más y más: P a d r e.........n u e s t r o.......P A D R E................
Así Dios como "quien es" se viene encima mío. Al fin y al cabo espaciando tanto la sucesión del así llamado "tiempo" se asoma por allí lo eterno y quedo fijado en mi Padre eterno ya que soy hijo suyo.
Sí que la llegada a estas sierras impalpables lo habían confirmado al encontrarse con tal sacerdote. La Providencia tiene dispuesto tales encuentros como buenos dones que un Padre sabe dar a sus hijos antes que se lo pidan.
Él, por lo tanto, no corría hacia las metas que no se sabe quien pone a los hombres. La meta hacia adonde debía correr, es verdad, se le fue aclarando en el contacto con el teólogo alemán y esta meta más nos detiene pues se acerca ella misma en la medida en que uno espacia el tiempo sucesivo.
Carlos se decía como el literato, su vecino: "tengo todo el tiempo del mundo". Eso suele decirse así pero debería decirse: " el tiempo de la tierra". Y así era porque hacia abajo estaban los campos del valle, pastos y montes de inestimables y entrañables algarrobos , talas y chañares que emanaban paz sobre la villa en un verde tierno que se azulaba hacia el poniente y hacia arriba...estaba la inagotable belleza de la montaña donde Dios se hace encontradizo ya que es signo suyo.
El tiempo allí por esto si corre vuelve sobre sí. Boniface trasponía a su estancia cabe las sierras violáceas aquello de Platón en el Timeo:
EL TIEMPO ES LA IMAGEN MÓVIL DE LA ETERNIDAD
Si la belleza lo envolvía su persona en la modestia de su vida resplandecía.