El cura de ojos azules y cabello rubio había nacido y se había formado en la ciudad alemana de Colonia, lo cual pone en una misma mesa a cuatro personas junto a las sierras de los Comechingones que han participado en la misa en tres gigantescas catedrales de ciudades que han tenido gran protagonismo en la mal llamada Edad Media. Colonia ciudad arzobispal católica en una Alemania luego protestante mantuvo los estudios teológicos a gran altura. Y esta altura tiene un nombre: Mathias Joseph Scheeben, fundamento de los personajes que en esta historia se mueven. Este “raro teólogo”, como decía el filósofo harto de la ontología de la Escuela , murió enseñando teología en el seminario de Colonia y de esa pura elaboración moderna de la tradición patrística y tomásica surge la frescura del padre Mateo, su fe viva y alegre que tanto alimentó, primero a Tobías y luego a los esposos enraizados en esa despejada tierra, donde habitara el poeta Agüero y por donde en su mocedad, según dicen, iba en carreta con Leopoldo Lugones por esos caminos de campo puro.
Ellos estaban alrededor de esa mesa y fueron arrancados del gran mundo y puestos juntos en la intimidad de esa sala parroquial en un rincón de la tierra por el simple llamado del ser…personas ( pertenecientes al ser y no al sistema de los entes, para decirlo en palabras del filósofo coetáneo de ellos) estaban allí llenos de una plenitud que el médico griego que inventó la Navidad llama: llenos del Espíritu Santo, lo que acaece a todo hombre de buena voluntad.
Si Scheeben fue considerado como muy raro o “místico” por el hecho de exponer desde la fe animada por la caridad LOS MISTERIOS DEL CRISITANISMO, en medio de la más firme ortodoxia ¿qué le quedaría a nuestro cura en un medio campesino? Lo que lo salvaba, es cierto, es la antigüedad ingenua de los paisanos y aún de los más educados por obra del sagrado aislamiento a que los sometía la sierra que medía ciento cincuenta kilómetros de longitud desde Achiras hasta la pampa de Pocho. Sirvió de barrera pues a los pocos habitantes pero a criterio de los allí sentados, era el muro del paraíso en cuyas puertas, como sabemos está el ángel de la espada zigzagueante. Quizás podamos considerar al Morro como aquella puerta celeste del lado sur del valle.
La conversación de rigor giró sobre el viaje que habían tenido los esposos y los motivos que los trajeran a otro mundo.
-Fue el llamado del tío Tobías y con tanta intensidad surgió que por momentos parece sumergirnos en un océano cristalino- dijo Florencio con decisión frente a ese rostro amable que les inspiraba confianza y aumentaba la ebullición de su alma ardiente.
¿Y Ud. joven que se arrancó de la inefable Mallorca, de la que tanto me habló su tío y de la cual tanto he leído, incluyendo, por supuesto a Raimundo Llulio de quien aquí tengo unas obras?
Enrojecieron las mejillas de Flora y brillando sus ojos azules como el mar de aquella maravillosa isla se limitó a decir a modo de confesión: No soy yo, no somos nosotros los que hemos desgarrado esa pertenencia sino una suavísima mano la que nos religó y nos trajo a esa casa que hoy conocí y de la cual nunca podré salir…y balbuceando emocionada fue interrumpida por Tobías:
¡Caramba que interrogas a los muchachos como un director de escuela! Le dijo con la confianza de algunos años de amistad con el cura –fui yo quien los atraje con mis cartas por lo que tú sabes: mi urgencia por ingresar en mi ermita para lo que tanto me he preparado contigo, pues.
El cura sonrió buscando la confianza de los jóvenes que recién conocía y ya los adoptaba como discípulos, por esa manía que tienen los maestros, sobre todo cuando no tienen candidatos a mano.
¡Enhorabuena! –dijo, han llegado a tiempo para probar el locro que prepara mi cocinera si consienten en quedarse a comer, porque ya tendrán tiempo de probar los asados lugareños llegando a semejante estancia…y el frío lo vuelve perfecto.
¡Sea así! Dijo Tobías sin consultar a sus sobrinos que estaban visiblemente encantados y admirados de lo que iba sucediendo. Entonces el cura se puso de pie , dio las órdenes pertinentes y los llevó a recorrer el lugar, incluyendo la iglesita colonial que parecía un tapiz bordado sobre la sierra. Cada momento el color se hacía mas intenso, como el de la alhucema y los iba envolviendo sutilmente con un abrazo inefable.
El almuerzo, el primero de muchos que iban a tener con el cura ( en la casa de la Bendición , la mayor parte de las veces) transcurrió con la armonía de las personas de la misma índole, como movimientos de un mismo concierto que lleva a cabo la misma idea musical.
El cura que llevaba el tesoro de la fe en su corazón y brotaba de su boca más dulce que la miel como aquel Néstor homérico, probó el arraigo en la fe de los jóvenes y encontró la formación de sus escuelas de origen como un excelente terreno donde sembrar ¡No podía, no debía no le era posible dejar de ofrendarles el sistema de los misterios del cristianismo! Porque si bien era pura fe animada por la caridad eran también razón transparente. Eran como sus sierras de alhucema.
En esa cocina que daba al jardín detrás del templo desde donde se veían calles que subían a la sierra esas primeras palabras les supieron a gloria a los firmes jóvenes. Sin embargo ocultando su gozo de momento se refirió Flora al locro:
¡Es tal como me los describía mi tío en sus seductoras cartas! El cumplido exaltó a la experimentada cocinera parroquial y le dijo:
¡Dios la bendiga, joven Flora, en esta tierra que nos cobija! Siempre será bienvenida aquí por lo bonito de sus ojos y la bondad de su carácter. Porque buena soy también para descubrir las buenas personas como para elegir los ingredientes de una comida- El elogio cayó muy bien en la mesa porque fue muy sincero y espontáneo de parte de una criolla frente a una extranjera que pronto sería considerada tan propia como el algarrobo tricentenario de la plaza.
El viaje de vuelta a su casa los ubicó en su cocina entre las dos sierras donde bastante tuvieron de qué hablar Florencio y Flora, la nueva azucena del valle.
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