Evidentemente a la luz de la lámpara de kerosene o de las velas, cuya artesanía Flora dominaba por tradición, se acostaban temprano, después de la lectura diaria de la misa del día, o sea la liturgia de la palabra, lo que es elemental en la vida de la Iglesia que es el Espíritu Santo cuya operación se concentra en la Eucaristía por cierto, que completa la liturgia de la palabra y sin duda desde que sale el sol hasta al ocaso se verifica en cada meridiano de la tierra y uno la acompaña aunque no está en el templo y Él en realidad acompaña a cada uno según la transubstanciación. Hay que decirlo porque es así aunque no pueda verse ni sentirse. No podía la Palabra volver vacía al Padre: ahora es, eucarísticamente, cabeza de un cuerpo que integra su ser: el ser al cual todos llaman “Dios”: aquí en máxima concreción.
Esto sabían ellos: sabían que no era fe en una idea sino en un misterio real. Y en este orden se comportaban. Tenían un plan, también, de lectura: sentados en la cama: comenzar por Génesis uno y seguir hasta el fina en el Apocalipsis como una novela ¡Los libros se hicieron para leerlos simplemente escuchando al autor!
Pero si miraban por la ventana se sentían como Abraham cuando Yahveh Dios lo sacó afuera y les mostró el cielo, como testimonio de sus herederos: ¡caían sobre ellos las estrellas brillando con una fuerza inusitada por la pureza de ese cielo! No sino parece que las cosas del hombre privan la vista de las de Dios.
Flora vuelta a la protección del quillango de la cama sentía que acompañaban en la vía láctea a las estrellas y que cada una era un hogar como el suyo, peregrinante hacia Dios.
En ese ritmo el alba los sorprendía ya descansados y el día se aprovechaba plenamente. Así ella comenzaba a trajinar alrededor de su casita y en esos días iba a sostener las ollas del ordeñe mientras Amelia y Bernardo ordeñaban dos vacas holando argentinas u overas negras especiales para ello. Ella se traía una olla llena de espuma y la hervía inmediatamente y así comenzaba el proceso con la leche. Más tarde la ponía en la heladera de kerosene e iba juntando la crema hasta que fuera suficiente para la mantequera manual y la transformaba en una manteca especial. Tobías le había explicado todo y aportado los elementos. Los niños revoloteaban a su alrededor sirviendo de eficaz ayuda con la leña y con todos los pasos que daba en la mañana. Más tarde, Daniel y Mónica irían a la escuelita más cercana que estaba a unos cuantos kilómetros( a la hora de la siesta en invierno) y desde ahora Flora les controlaba los deberes. Tenían dos caballitos preciosos con sus aperitos ¡Daba gusto verlos salir bajo ese cielo de cristal siempre soleado! Ella se sentía en el centro de su felicidad, todo le parecía suyo porque sentía su pertenencia a todo ¡Ella que había nacido en aquella ciudad medieval en el mediterráneo!
Florencio esa mañana revisaba otros dos cuadros de campo hacia el oeste, que no había conocido, junto a Bernardo. Allí vio el resto de las vacas que se mantenían bien en el invierno porque estaban bien distribuidas y siempre quedaba pasto seco y aún vivo bajo las tuscas, espinillos, jarillas y piquillines señoreados por algún algarrobo de gran porte donde se protegían del sol en pleno verano. Ellas asomaban sus caras blancas a través del follaje con una mata de pasto en la boca y un gesto de curiosa extrañeza ante su paso, siempre estremecido el corazón, el cual sin duda cumple la función de sensible arpa pulsada por el misterio de la cercanía.
Al salir al claro cada vez la sierra de un azul acerado se hacía sentir como un monumental poema, como los poemas homéricos, finitos, circunscriptos pero inagotables. Entonces recordó el verso 499 del canto primero:
DEL OLIMPO EN LA CUMBRE MÁS ALTA DE MÚLTIPLES RISCOS.
Como veía Bernardo que estaban fijados, el alazán y Florencio, mirando hacia un lugar de la cumbre dijo: “es el Champaquí más accesible por el otro lado ¡Desde allí sí que hay vista! Yo he trabajado allí de jovencito plantando pinos…había que ver esos atardeceres interminables…” y se calló como guardando lo que no podía decir.
Florencio quedó maravillado pensando qué era lo que tanto lo maravillaba conociendo él los Pirineos. Quizás fuera lo virginal de aquellos parajes: como si en lugar de hablar de batallas de caballeros andantes y moros, hablara la tierra misma en contacto con el cielo.
Y Bernardo añadió:” Alguno de estos días lo voy a llevar y nos comemos un cabrito allí arriba…sin movernos con unas papitas fritas…”. Pronunció la primera “a” como “e” sonando pues las papas como pepitas.
Le pareció maravillosa la combinación al joven Florencio de lo sublime con las papas fritas y el tiempo pleno. Bernardo apenas tenía unos añitos más que él y su esposa ya esperaba el tercer hijo. Volvió a sentir esa sensación del futuro sin más que el acontecimiento simple de existir y expandir la existencia en lo mismo.
Entre mugidos inocentes llegaron a las casas y se encontraron los esposos tan entusiasmados por lo que habían vivido esa mañana que se atropellaban en la narración mientras comían una tortilla a la española con huevos caseros que los niños le habían proporcionado y una sopa que sabía al paraíso.
Flora le anunció con una voz de gozo inaudita que a la tarde tendrían visita: venía el cura Mateo y por supuesto Tobías que se arrancaba de su ermita.
Debía por tanto hacer una torta sencilla con los huevos que sobraban de la recolección de la niña Mónica, ya apegada a Flora en el dulce ámbito de su carácter franco y en el elemento de ese espíritu de esplendente horizonte
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