¿Qué has visto?, preguntó Flora mirándolo a los ojos con ansiedad
Un mundo de vacas, caballos libres y miles de pájaros posesores, en la mansedumbre, de los campos. Inclusive en una solitaria aguada bebía una yegua toda manchada con su potrillito blanco. Un espectáculo donde pareciera no haber nada de extraordinario sino el hecho de que representa perfectamente el paraíso descripto por el poeta bíblico. Los otros animales sin duda se escondían aunque es el camino usual de don Rosendo, un hombre en algún sentido originario. No tiene afán de “conocer mundo, así como sus caballos que parecen nacidos de la tierra como hijos de Poseidón” dijo enfáticamente Florencio.
“¿No leímos en el viaje aquello de “vaca que cambia querencia se atrasa en la parición”? dijo Flora
“Se llama querencia al lugar donde se habita y ciertos animales lo representan y algunos hombres que vivieron siempre ajenos al ímpetu las ciudades, cuyo querer es cambiar incesantemente” sentenció Florencio
¡Hay un misterio en todo esto! Dos tipos de hombre: el tradicional y el hombre que vemos emerger en las ciudades porteñas! ¿Es para elegir?” se preguntaba Flora sinceramente.
“No creo que haya elección: la sociedad humana es un torrente y los hombres parecen gotas de ese torrente que se funden con estruendo creciente. Su esencia no entra en cuestión porque los así llamados accidentes son lo que predomina: el cambio infinito, la dispersión sin fin” se lamentó Florencio
¿Y entonces nosotros, nos salimos de torrente?” se admiró Flora
“A nosotros nos ha traído un destino que tiene que ver con nuestra tierra de tantos monasterios cuyo destino permanece oculto. No es solo el oriente el así llamado quietista. Nosotros en Europa hemos iniciado desde su origen una relación real con Dios quien se ha acercado máximamente: se hizo hombre y cabeza de la Iglesia y en su cuerpo nosotros somos orantes o bien operantes o bien coadyuvantes. En ella vivimos ya la vida eterna en el tiempo litúrgico. Nuestro futuro es cierto: Aquel que ya poseemos, el cual sacramentado nos lleva a las moradas del Padre celestial.”
“¿Pienso bien si digo entonces que el futuro es su Hoy desarrollado en nuestra vida con el alimento de su cuerpo?, dijo la del linaje de Llul.
“Sin duda no debemos esperar a otro, como decía mi maestro, el padre Juan Ramón que esto enseñaba en clases y sermones, todo lo demás es cuestión de detalle: los accidentes inherentes a nuestra condición material: cualidad, cantidad, relación, lugar, estado etc.”; muy urgentes pero accidentales para la sustancia que en nuestro caso es la persona, lo que somos cada uno de nosotros en nosotros mismos. Es bastante fácil ver que el impulso del mundo se ocupa de la satisfacción de las necesidades pero al mismo tiempo parece ir en detrimento del misterio revelado de la persona, en beneficio de una liberación comandada por las ciencias de la experiencia inmediata”, dijo Florencio, recordando a su maestro del colegio que más lo influenció. No debemos dejar la joya y quedarnos con el envoltorio”.
“Y de allí se induce a una creciente carencia de vida interior. Cada vez más un Ramón Llul es de un pasado pisado” dijo con pena Flora
“Y aún será pisoteado cuando las técnicas se expandan dándoles a los hombres todas las incitaciones a la distracción posibles e inimaginables. Las ciudades crecerán por eso mismo y la exterioridad de los accidentes o de las necesidades corporales irá en aumento. “Amonestado por ti entré en mi interior y vi una luz inconmutable, muy otra cosa que toda luz creada…¡oh cara eternidad! ¡oh eterna caridad: tú eres mi Dios! escribió Agustín en mi clásico preferido, las Confesiones.” decía Florencio siguiendo con su línea.
“¿Nosotros dos somos tan raros?” y se estremeció Flora con su conclusión.
“Nosotros fuimos llamados –si ha de creerse en el Evangelio- a habitar, trabajando entre personas bien como pensamos en Jesús en Nazaret, lejos de las multitudes y de la vida política” justificó Florencio.
“¡Ah entre los pocos que nos rodean y están arraigados! Recuerdo las palabras: “siervo bueno has sido fiel en lo poco pasa al gozo de tu Señor” agregó Flora.
“Y nos precedió el destino –tan común en otras épocas- del tío Tobías. Ahora cada vez parece más raro lo que antes era admirado por los que no se sentían capaces: la contemplación. Las temporas de la Iglesia atraviesan nuestra historia y son su columna vertebral. Aquí se vive la Pascua que es el paso a la eternidad y la Navidad que es el ingreso en el tiempo de la eternidad. No inventamos nada: en todos los monasterios se ha vivido junto con las horas de San Benito por casi dos mil años” dijo Florencio con la convicción que tiene la vida joven cuando cree algo aunque sea tan opuesto al común sentir de las gentes ya alucinadas por el así llamado progreso indefinido.
“Pero dejemos a quien nos puso en la existencia que lleve adelante sus designios insondables por las creaturas: dio la orden de marcha al decir: “Creced, henchid el mundo y multiplicaos” y antes: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza y varón y mujer los creó”. Miles de porqués no podremos explicar pero sí el nuestro: estamos aquí y echaremos raíces junto a nuestro algarrobo porque amamos al amor que nos hizo varón y mujer a imagen trinitaria (como comunión de personas), ahora para alabarlo entre sus creaturas, luego cara a cara” dijo consolándose Florencio.
Conversación programática tuvieron y Florencio recién se daba cuenta de algunos cambios que había en su cocina. Las novedades que Flora había colocado en las paredes eran regalos especiales de sus padres, implementos que habían sido de su familia y ahora lucían tan lejos de las cocinas mallorquinas. Debía acostumbrarse Flora a esa sensación de lejanía que la ponía perpleja; debía vivir la cercanía cuando es Él quien los une y quien los deleita en la memoria.
Lo que va separando a las personas es la diversidad de las cosas que borra esa condición de cercanía, es decir el pecado como conversión hacia las creaturas. Aquí las personas no estaban giradas sino a una misma Persona: la que los hacía amarse y amarlo sin apoyo en las cosas efímeras tras las cuales corren las personas que no se conocen a sí mismas como tales. De ahí el: “dejad las cosas y seguidme”. Él: primero, porque es el principio de nuestra persona y por Él amamos infinitamente, es decir no por las cosas finitas y perecederas. Así era la doctrina aprendida en Palma medieval.
Flora espontáneamente vivía esto con sus padres, lo que no era tan claro en el caso de Florencio o por lo menos tan intenso: sus padres eran más mundanos o amigos de las cosas.
Ellos gastaron lo que quedaba de luz en esta larguísima meditación, no común en jóvenes pero sí explicable en los que han concurrido a escuelas humanísticas verdaderas en el ejercicio del espíritu.
Ahora el sol de invierno se hundía en las sierras chicas y dejaba su ardor en las sierras grandes que daba el ritmo de la paz sin obstáculo alguno. Desde su cocina fueron paladeando el lenguaje de la luz dorada, roja, celeste acerado, otra vez rosada, luego morada, azul otra vez y todo los colores juntos, palideciendo hasta la sombra enorme que dejaban esas moles de pétrea antigüedad cuando el cielo mostraba algún lucero en un índigo brillante.
Se imponía un guisito de arroz en la amada cocina a leña que hicieron entre los dos. En ese momento se creían en el paraíso. Y en verdad así estaba deliciosamente escrito:
VARÓN Y MUJER LOS HIZO
A IMAGEN Y SEMEJANZA LOS CREÓ
El quillango los cubrió en otra noche helada y el lenguaje natural y espiritual de los esposos fue todo uno.
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