La tarde avanzaba en los campos dorados donde las vacas pacían como testigos de la pertenencia al sitio. Ellos habían vivido en catedrales, avenidas, teatros, edificios públicos, callejuelas antiguas y sobre todo en agitados puertos del mar mediterráneo pero se miraban atónitos al experimentar lo nuevo: LA PAZ , lo más antiguo de lo antiguo.
Pues las vacas inclinadas sobre los pastos con sus terneros retozando alrededor, vistas desde su cocina bajo el manto impalpable de las sierras los arrasó y en ese súbito vacío los hizo ingresar en la permanencia del tiempo originario. Solos, en su cocina sintieron la cercanía como un descubrimiento de un nuevo ámbito: era lo nuevo dado de nuevo, pues nada más banal para la civilización, que sigue su curso no pensado, que unas vacas comiendo en un campo, es asunto en todo caso, de fondo en un tapiz, un paisaje bucólico, un tema para niños en una composición, un asunto económico. Pero a ellos le había sido “dado” y lo vivían bajo una luz donde el “sol brilla con claridad más nueva”. Algún profesor les había explicado el escudo de Aquiles y eso no era bucólico sino originario.
¡Estaban allí ya en un tiempo no medido! El campo era de ellos (no por la propiedad), las vacas y caballos, las sierras receptoras del cielo, todo era suyo porque ya ellos les pertenecían y bajo esa luz comenzaban a estar en el simple don de la cercanía. Y entonces conversaban como nunca porque sus palabras no denotaban las cosas del esquema de este mundo que va pasando sino las de la tierra donde hay movimiento como el del escudo de Aquiles, movimiento en el interior del TELOS o meta, un movimiento alrededor del ser en lo simple que está en el arraigo. Lo estaba experimentando ella en puro sentimiento y dijo:
¡Mira aquel ternerito cómo busca a su madre y como retozan con sus caras blancas aquellos más grandes! Un acontecimiento sin duda que no podría interesar a crónica alguna llena de páginas con batallas o con noticias siempre iguales que nada tendrían que consignar ante el hecho de la admiración de Flora. Sin embargo había historia.
Mañana comenzaré a enterarme acerca de estas vacas y del lugar donde tan felices están, -decía él. Me parecen un vivo cuadro pintado por algún ángel donde la paleta del pintor mezcla sus colores en la sierra.
¿Has hablado con Tobías de tus planes?, pregunto ella con admiración.
¿Cuándo hubiera podido hacerlo? Ahora ya se escapó a su ermita. Mañana a primera hora lo iré a ver allá, dijo con cierta impaciencia.
Ella con entusiasmo manifestó el deseo de conocerla remontando la sonorosa acequia. Al fin y al cabo sólo conocían su casita sobre falda de la loma y lo que alcanzaban a atisbar desde allí, desde su cocina, que sería el sitio permanente del theorema.
El frío comenzaba a apretar, los niños de Bernardo vinieron con dos hatos de leña para reforzar el abstecimiento. Ella les dio unos chocolates que había comprado en el almacén y él encendió primero la cocina económica. Pronto crepitaba la jarilla haciendo que la imaginación los pusiera en un barquito a vapor que navegar en el océano infinito. ¿No es el hogar como un arca sobre la aguas? Eso los juntó más aún. Salió la luna llena por la sierra y el estremecimiento de los jóvenes era máximo. El sol se ponía por las lejanas sierras del oeste y el campo de pronto se oscureció hasta que la luna lo fue bañando de luz feérica. Las madres hacían resonar sus mugidos que se perdían en el monte de jarillas. Ellos extáticos aumentaban su cercanía. Entonces ya avanzada la hora y con visible retraso por el estado de quietud ella dijo:
¿Qué quieres comer?
El frío hacia necesario algo caliente y además se les había pasado la hora del té. Aunque sus horas todavía no estaban establecidas. Hacía días que viajaban y recién ahora inauguraban el hogar.
Te reirás, contesto Florencio, pero lo que me apetece es el pucherito de rabo bien sencillito.
Eso pensé, dijo ella poniendo inmediatamente manos a la obra. Con el fuego a pleno la olla pronto comenzó a bullir y allí fueron los huesos, la cebolla, las papas, las batatas, zanahorias y el zapallo criollo que habían comprado (a excepción del grisáceo zapallo que le había obsequiado la cocinera del cura).
Mientras se cocían al compás de la jarilla Florencio pensó en leer la lectura litúrgica del día sobre la mesa de la cocina para lo cual había encendido una de las lámparas de kerosene y allí se sumergieron en el tiempo ordinario: era la fiesta de Santo Tomás apóstol donde les impresionó en esa fundacional circunstancia la lectura del pasaje de la carta a los Efesios:
YA NO SOIS EXTRANJEROS NI FORASTEROS
SINO CIUDADANOS DEL PUEBLO DE DIOS
Y MIEMBROS DE SU FAMILIA.
ESTÁIS CIMENTADOS SOBRE EL CIMIENTO DE LOS APÓSTOLES
Y PROFETAS Y EL MISMO CRISTO JESÚS ES LA MISMA PIEDRA ANGULAR
POR ÉL TODO EL EDIFICIO QUEDÓ ENSAMBLADO Y SE VA LEVANTANDO
HASTA FORMAR UN TEMPLO CONSAGRADO AL SEÑOR.
POR ÉL TAMBIEN VOSOTROS OS VAIS INTEGRANDO EN LA CONSTRUCCIÓN , PARA SER MORADA DE DIOS EN EL ESPÍRITU.
Sintiéronse ellos consagrados e integrados y vieron que el hogar era una morada de Dios en el Espíritu. Por eso se experimentaron tan juntos y vieron la familia que ya tenían: Tobías, Mateo, los niños y sus padres que desde ahora comenzarían a conocer. La palabra habla…
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