La noche fue helada. Florencio prendió la chimenea que daba a su pieza por medio de una plancha de metal que irradiaba calor y le dejo un tronco de algarrobo seco. Ellos se metieron en la cama debajo de un quillango que había dejado el solícito tío y pasaron la helada de la mejor forma que pueda pensarse en el mundo: con el calor de esposa y esposo que homéricamente estaban en el íntimo acorde de un mismo pensamiento. El acorde es armonía de los sentimientos desde donde el pensar despliega sus alas. Cielo amplio no les faltaba para el vuelo que habían comenzado hace ya dos días e ingresaban en el tiempo pleno.
A la mañana siguiente no muy temprano, cuando el sol había salido por la sierra grande salieron hacia la ermita con grande curiosidad. El aire estaba diáfano y los talas brillaban. El sendero junto a la acequia los invitaba a caminar. Ellos bien abrigados (a la europea) subían alborozados. Sobrepasando el cerco de talas se encontraron con un antiguo alcanfor y unas hileras de álamos al sur de lo que parecía había sido un rancho de adobe y paja y ahora era la ermita de Tobías. Lo había acondicionado a su necesidad. Claro está, delante, al norte, le había colocado una gran ventanal para tener luz (los ranchos solían ser oscuros). Desde allí se veía al tío tomando mate frente a una especie de leccionario. Cuando los vio les abrió la puerta de rústica madera. Se admiraron ante los horcones de coco serrano y pasando junto al añoso y aromático alcanfor ingresaron en un espacio pequeño donde se veía el lecho en la pared sur y el armario, biblioteca en las paredes restantes y en un vértice un bañito elemental. Junto a una mesa de algarrobo cerca de la cocina a leña donde se calentaba la pava les arrimó dos sillas con esterillas, al lado había un pequeño oratorio bajo una cruz de madera. Junto al sencillo ambiente existían dos piezas que hoy obraban de depósitos.
“Este fue el rancho de unos antiguos puesteros en épocas tan distintas que dan escalofríos por la emoción, -les dijo ¡Qué soledades! ¡Qué autonomía que hoy calificarían de atroz aislamiento! Han dejado la bendición para la ermita. Si ellos no fueron contemplativos tenían solamente en claro la historia sagrada. Yo los conocí en su vejez y sonriendo me contaban la Historia Sagrada en cuyas narraciones se distraían porque ella sabía leer mejor que él, pues había llegado hasta sexto grado. Lo demás lo pasaban entre miles de pájaros y mugidos de vacas, graznidos de gansos que se estaban junto a la acequia, patos, cacareos de ponedoras y exclamaciones de pavos. Y por supuesto dos perros que recuerdo se llamaban, graciosamente, “Respeto” y Sacudile, si el primero no lograba la detención del extraño el segundo lo zamarreaba mordiendo los guardamontes, en el mejor de los casos.
¡Entonces sí que no pasaban hambre! Dijo entusiasmada Flora.
¡Ni frío! –contestó indicando con el dedo una pila de cueros de oveja.
Si algo no tenían los hombres antiguos en estas tierras feraces era hambre. Les faltaron medicamentos cuando todavía la medicina era más restringida. Pero les sobraron curanderos que los conducían con la vida sana que llevaban. Y si hacía falta: ¡al médico del pueblo!
No se desconoce que los hombres están más expuestos a los vicios y que el de las campañas es en general el vino. Pero pocos otros se conocen además del desborde de la potencia irascible. El aislamiento y una evangelización básica después del cura Brochero lo explican.
En cuanto a las vituallas hay que saber que participaban de los beneficios de la estancia que siempre tuvo una huerta, un tambito y un maizal. Y de vez en cuando se carneaba un novillito. Nunca faltaba alguien que hiciera factura de cerdo.
¡Lo que les faltaba era lo que nosotros llamamos formación! Pero Martín Fierro alaba la riqueza del gaucho antes que los conchabaran en las guerras. Esto pasó y ha pasado hasta ahora en el mundo pues entra en el capítulo primero de toda historia: el pecado original cuyo efecto primero fue que Caín mató a Abel” ¡Y cómo se sufre en la humanidad todo el tiempo!”.
Olvidó el orador pasarles el mate que recién entonces tomó Flora. Florencio le comunicó la necesidad que tenía de hablar de los temas de la organización de la estancia.
Esto no es moco de pavo- dijo Tobías. Tardaremos varios días en poner en marcha el nuevo régimen. Pero podemos empezar a hablar nosotros desde ahora.
Bueno está, -dijo Flora. Venga luego a almorzar con nosotros y siguen hablando hasta que se cansen aunque juzgo que esto no será fácil. Mientras tanto yo me retiro a preparar todo y a comenzar a ordenar las cosas.
¡Hasta que lleguen las otras! agregaba Florencio refiriéndose al resto de las pertenencias que constaba de libros y del armonio de Flora, la cual ya había salido y empezado a caminar por donde había venido, no más de dos mil quinientos pasos de su casa.
La mañana seguía fría a pesar del sol radiante. Una brisita del sur estremecía las hojas de los talas y el campo libre era abrazado por un cielo brillante e infinito. Su corazón sin embargo era una brasa ardiente y la dicha desbordaba sus ojos. Recordó de pronto a su madre y pensó en escribirle: de la abundancia de su corazón hablaría la boca. Mientras se hiciera el cocido ella escribiría, pues era un ejercicio grato a su corazón en el cual, precisamente su madre mucho había insistido en su niñez y adolescencia. Escribir como se habla siguiendo las reglas de la gramática para terminar hablando como se escribe para deleite de los oídos interiores. Ella sabía esto por la música y el coro: no de cualquier manera sino con buen ritmo y armonía.
Antes de llegar a su casa se encontró con los dos niños de Bernardo y los invitó a su casa. Ellos contentos la acompañaron y le ayudaron a traer y ordenar
la leña, a barrer y después ¡caramelos para elegir! Les hizo muchas preguntas para ir conociéndolo todo. Mientas cortaba la carne, las cebollas había hervido los garbanzos y Danielito le había traído algunas hierbas aromáticas para que eligiera.
Un firme propósito se iba formando en su mente aquella mañana, algo que nunca se contempla por sí mismo mientras se vive: ¡permanecer!
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