sábado, 11 de febrero de 2012

LA CARTA

     El almuerzo fue animado por la parte de la conversación donde se destacaba la voz de Tobías en un discurso más abundante que el cocido de Flora.
¡Ah me recuerdas a tu madre y a la nuestra con este sabor! -dijo Tobías, interrumpiéndose un poco, quizás por nostalgia o por el recuerdo de su esposa. También Flora palideció un tanto al ver el rostro de su madre en la semejanza del tío y se propuso dejarlos hablar e irse a su habitación a escribirle.
   Florencio mientras tanto conteniendo toda tristeza con su firmeza dijo, mientras mojaba el raro, para él, pan casero serrano en la salsa:
Tío aquí tenéis un profesor de ciencias agrarias dispuesto a aprender y a aplicar lo que sabe en esta estancia que habéis llevado adelante tantos años…
Bien, contestó Tobías, pues te diré que aquí tenemos quinientos animales de raza Hereford, predominando las “polled”. Ese plantel que has visto allí han parido adelantadas, no sé si para recibirlos a ustedes. El cuadro donde están lo llamamos “la maternidad”, el campo tiene cuadros alambrados desmontados y otros con monte, unos más espesos que otros…
¡Ah son preciosas esas vacas con esos terneritos cara blanca, -dijo Flora oyendo, desde la pileta donde ya lavaba los platos mientras les hacía un té de poleo (lo había traído Danielito), la virtuosa historia de los antecesores vacunos de pelo blanco. Así les sirvió el té con unos chocolates y se fue a su habitación mientra ellos entraban en tema.
Su habitación con su ropero en la pared  tenía una mesita en la pared frontera, bajo la ventana, desde donde se podían ver las sierras lejanas del oeste y campos abiertos bordeados de monte. Se sentó allí, trayendo papel y pluma, y con raro estremecimiento comenzó a escribir, sin dejar de contemplar por su ventana ese mundo vacío lleno de hierba y árboles habitado por aves y algunas tropillas de caballos de preciados pelajes y vacas inclinadas sobre los entonces secos pastos de diversos tonos de amarillo y blancos penachos. La carta decía así:

Muy querida mamá:
                              Hemos llegado a la Bendición. El tío le ha puesto el nombre justo. Hay aquí un no sé qué que se respira desde que abres la tranquera y ves ese camino que conduce a nuestra casita entre dos campitos alambrados que se llaman  “la maternidad” porque allí tienen las vacas sus terneritos ¡En este caso tienen las caritas blancas y causan ternura! Los mugidos de las madres son nuestro ruido más estruendoso. Pero he aquí que se pierden por los montes de jarillas y algarrobos con sus ecos sincopados. No quiero pecar de ingrata con nuestras montañas, (ya que soy hija de la virgen de Lluc allá arriba y amiga de las gemelas montañas de mi tierra natal) pero estas sierras antiguas me han cautivado. No hay monasterios ni ermitas famosas como allá pero llevándolos yo dentro desde mi infancia me deleito en la iglesita colonial de nuestro pueblito de donde salió un cura alemán amigo del tío que es un pozo de sabiduría.
    Ahora están hablando los dos, Tobías y Florencio en nuestra cocina desde donde veo las vacas de cara blanca entre tres formaciones de sierras azules, muy azules, como nuestro mar. Al oeste la sierra grande que nos está cerca, al este, por el contrario, lejanas y así también al norte, las de Autaltina. El aborigen se ha mezclado con el serrano o simplemente ha desaparecido: no como en otras regiones.
    Por aquí se ve muy poca gente. Tenemos dos  pequeñas familias que trabajan en la estancia. Tienen niños y ya  soy su maestra natural.
    Todo es aquí pequeño en humanidad y grande en naturaleza libre y muy español pues están presentes en su enjundia quienes vinieron en siglos de conquista y colonización de América. Hay santuarios a la Virgen en cada pueblito. En ello me hallo como en casa. No hay dialecto mallorquín. Pero sí habrá empanadas en cuanto consiga los ingredientes.
    Sólo es que me faltas tú, madre querida. Y mi  padre a quien dejé herido como el que ama al amado, con los langores de amor  en el  “libro del amado y del amigo” de nuestro Ramón Llul , quien tan cerca de nuestra casa lo escribió en Palma. Pero ese amor que fue la experiencia y enseñanza de nuestro coterráneo es lo que me hace amarlos y amar lo que hemos recibido del tío y nos une de tal modo que están aquí, junto a mí en cada momento
   ¿Qué nos separa? Mares y extensiones de tierra que he navegado con ansiedad. Cuando nos subimos al tren con camarote pudimos ver otro mar inmenso: la pampa argentina. Cuando se detuvo y me asomé por la puerta del vagón se vino encima toda esa tierra fértil sin límite y me llené de lágrimas de felicidad. Íbamos leyendo con Florencio Don Segundo Sombra para prepararnos. Pero me envolvió súbitamente al respirar hondo, el manto de la pampa, mientras mi vista no hallaba donde detenerse, pasando de un montecito a otro más lejano y pensando que las nubes viajaban al paraíso celestial. A la madrugada me desperté un poco en esa camita y el tren se detuvo un rato en un pueblo de campo. Sentía al jefe de estación trajinar con la luz que se bambolea en su mano y la deliciosa campana que tañen y yo desde el ensueño volví a sentir el hálito de los campos infinitos en una fuga como las que he estudiado.
      Al entrar en este valle, ya de mañana, nos limitaron dos hileras de sierras pampeanas de un color que no alcanzo a clasificar : es  color de la alhucema.
   Pero ya estoy en mi sala y en mi cocina y colocaré las cositas que me diste. Deben saber tú y papá que no están en mi pasado sino que él irrumpe en el presente de tal modo que lo ensancha o alarga como el convoy del tren al cual se le agregara otro vagón. Venimos de un origen y vamos todos a un fin en una misma arca.
   Hablando de llegada del tren: cuando llegamos a la pequeña estación nos sentimos como en aquellas películas del Far West y el tío Tobías como una especie de John Wayne. Andamos en un Ford A que suena como un conjunto de instrumentos antiguos. Íbamos por un camino de tierra estrecho y el monte de jarillas se nos venía encima. Pero ya te dije: ingresar por la tranquera de “la Bendición” fue como entrar en una dimensión nueva. Y no sé más pero lo siento. Estaré en cada cosita contigo porque en realidad no me he ido sino que su mano me ha puesto y Él esta aquí y allí y nos dará el Espíritu que nos acercará más y más.
   Seguiría escribiendo hasta el fin del mundo, ya que a ello la abuela me acostumbró, amiga que fue de doña Emilia Pardo Bazán. Las sierras que tengo a mi espalda me llaman a que las mire en esta hora de la tarde cuando mejor se ponen pues los rayos del sol les dan más de soslayo y voy a controlar la conversación de tu locuaz hermano contemplativo que andará necesitando lo que aquí se toma todo el día: unos mates, que se pasan de mano en mano. La yerba mate es como el té para los europeos.
   Así me despido por un tiempito y otro tiempo y volveré a vosotros como dice nuestro Jesús que los guardará en estos días raros donde vuestra Flora se corrió un poco del espectro. Unos grandes mimos de vuestra hijita a papá en especial que sufre hiperbólicamente mi ausencia. Es presencia  la ausencia, papá”.
   Plegó las hojas y se fue a avivar el fuego mas encontró la tarea hecha y el mate como la pelota de tenis mientras  Florencio trazaba en un papel un gran mapa de la Bendición con diferentes lugares de producción. El tío aportaba su experiencia y la velada se terminaba porque la luz del sol se lo llevaba a su ermita cuando las sierras comenzaban a arder como  “llama de amor viva que tiernamente hiere del alma en el más profundo centro”.

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